¿Qué dice la juventud?

Adrián Iglesias García

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                                     Font: LaTercera

La misma semana que se cumplía un año desde que el Gobierno decretó el Estado de Alarma por el que se pudo iniciar el confinamiento que nos tendría más de tres meses en nuestras casas, fue presentado el Informe Juventud en España 2020 del INJUVE [1]. Esta radiografía general del estado de la juventud en nuestro país ofrece resultados cuanto menos pesimistas y marca una tendencia que la pandemia ha agudizado de forma tremenda, los y las jóvenes lo tenemos extremadamente difícil.

 

Las personas que tenemos ahora entre 16 y 29 años no hemos vivido otra cosa que crisis económica y precariedad laboral. La historia reciente del mundo y de España es bien conocida por todos, en el año 2008 estalla una crisis económica provocada por la especulación financiera que se haría eco a nivel global y que acabaría dinamitando todos las dimensiones sociales. En nuestro caso, supuso nada más y nada menos que el resquebrajamiento del sistema político naciente del 78 a consecuencia de las movilizaciones populares más relevantes de las últimas décadas como el 15M o las mareas por la sanidad, el movimiento antidesahucios o la defensa de la educación pública.

 

Sin embargo, pese a las luchas de aquellos y aquellas que en su momento veían truncadas sus expectativas vitales, en especial la juventud que ocupó las plazas el 15 de mayo de 2011, lo que se nos contó como un momento excepcional de recesión económica fue en realidad el fundamento para la enésima contrarreforma neoliberal de recortes en recursos públicos y derechos sociales y laborales. Casi 10 años más tarde la situación es, en muchos sentidos, peor. En otras palabras, una auténtica “década perdida” de una generación que encara la segunda gran crisis económica cuando aún no habíamos superado la anterior.

 

Si bien es cierto que la precariedad laboral era ya un elemento cotidiano, la crisis provocada por el COVID-19 no ha hecho más que profundizar. En este sentido, el paro juvenil en España es el más alto de toda la zona euro, alcanzando cifras históricas del 40%. De las personas jóvenes que pueden trabajar, más de la mitad tienen un empleo tienen contratos temporales y, además, casi un tercio puede trabajar como mucho a tiempo parcial, y digo como mucho porque un 40% querría poder trabajar más horas de las que trabaja, y no precisamente por amor al trabajo, si no por los escasos ingresos que pueden obtenerse de un contrato a tiempo parcial.

 

Otra de las cuestiones fundamentales que caracterizan la mala situación de nuestra generación es el acceso a la vivienda. La emancipación es algo que muchos no pueden ni siquiera plantearse, a causa de unos alquileres abusivos que a lo sumo te permiten pagar por una habitación en un piso compartido. Si antes de la pandemia sólo la mitad de las y los jóvenes podían plantearse dejar de vivir en casa de sus padres, en el año 2020 esa cifra se encuentra escasamente por encima del 30%. 

 

La escasez de ingresos ligada a la inestabilidad laboral y la subida exponencial del precio de los alquileres es el motivo por el cual 3 de cada 4 jóvenes no puede emanciparse. Si para la mayoría de la población adulta el alquiler puede suponer hasta el 40% de los ingresos, 11 puntos más que hace 5 años según el estudio Relación de salarios y vivienda en alquiler [2]. Otro estudio más reciente de CCOO [3] revela que casi la mitad de los hogares que viven de alquiler destinan al pago del piso más de un 30% de los ingresos, lo que supone un sobreesfuerzo económico. Para la juventud los datos son mucho más devastadores, y es que en muchas ocasiones puede ser el doble o el triple del sueldo.

 

Esta simple enunciación de datos recogidos por el INJUVE puede servirnos para hacernos una idea de la situación por la que está pasando la juventud en España. La falta de certezas, de expectativas y de horizontes vitales nos mantienen en una situación de bloqueo existencial, aferrados en muchos casos, como apuntaba Daniel V. Guisado [4], a una rutina como forma de escape, en tanto que a mayor tiempo libre más se sucede esa sensación de angustia del pasado (qué debería haber hecho mejor), del presente (no estoy siendo «productivo») y del futuro (no sé qué será de mí). Según un estudio del CSIC [5] sobre el estado de ánimo, los jóvenes son la generación más afectada por la “fatiga pandémica”, ya que dos tercios no pueden afirmar que su situación sea buena. En la misma encuesta, a medida que el rango de edad es mayor el estado de ánimo mejora notablemente, siendo de 10 puntos superior en las generaciones de 30 a 44 y de más de 65 años.

 

Esto último me resulta útil para introducir un tema muy relevante en estos tiempos, la manera en que la crisis ha agudizado, aún más, una brecha generacional cada vez más profunda. Desde posiciones más o menos acomodadas, se nos reprocha que hemos vivido entre algodones, que otras generaciones no han disfrutado de un nivel económico y un bienestar social comparable al de los nacidos a partir de los 90, y si bien puede ser, en parte, verdad, quedarse ahí supone una miopía inconmensurable por parte de quien hace el análisis. Decía el politólogo Pablo Simón [6]  -quien se ha encargado de dirigir el estudio del INJUVE- respondiendo al tan manido argumento típico de cualquiera que haya sido joven hace 20 o 30 años de que “en sus tiempos estaban peor” que la cuestión que lleva a la juventud actual a la desidia no es el hecho de que se tenga un nivel de vida menor, ya que en términos absolutos este podría haber incrementado en relación al nivel de vida de las personas que fueron jóvenes en ese momento, si no que la juventud actual crece con una total ausencia de certezas, abrumada por la precariedad y sin poder plantearse elaborar un plan de vida, a largo plazo, ya sea formar una familia, comprarse una casa o simplemente poder aspirar a tener un sueldo digno y un cierto grado de estabilidad. En este sentido, la cuestión de la juventud se trata, como todo, de manera muy sesgada en los grandes medios de comunicación. Como apuntaba Cristina Barrial [7], “cada vez que alguien habla de los jóvenes, escribe sobre los jóvenes, piensa sobre los jóvenes, me digo: de qué jóvenes hablas, sobre qué jóvenes escribes, en qué jóvenes estás pensando exactamente.” Y es que, más allá de estereotipos, las clases dirigentes de este país, políticas y mediáticas, parecen estar un mundos paralelos al de nuestra generación.

 

Tanto es así, que el autodenominado Gobierno Más Progresista de la Historia, entre otras muchas medidas que se vienen reclamando desde hace mucho tiempo y que ayudarían en buena medida a mejorar la situación general de la sociedad y de la juventud en particular, se ha mostrado incapaz de, por ejemplo, regular el precio de los alquileres, medida que podría permitir que podamos emanciparnos sin tener que elegir entre destinar todo nuestro sueldo a pagar el alquiler -si llega- o compartir habitación hasta ni se sabe cuando. Cuando, según el estudio del INJUVE, casi la mitad de las y los jóvenes que no tienen empleo no ven probable encontrar uno a corto plazo y casi el 70% considera va a vivir peor que sus generaciones pasadas, no pueden ser una sorpresa los episodios de violencia que se han visto las últimas semanas. En definitiva, las expectativas de poder tener una trayectoria vital más o menos estable que sí tenían las generaciones anteriores a la nuestra saltó por los aires hace más de 10 años y la crisis del COVID-19 no ha hecho sino poner aún más en relieve esta cuestión. Como he señalado arriba, si bien es cierto que nuestra generación es económicamente más afortunada, es en términos de expectativas y certezas donde se encuentra el principal problema. Asumir que no hay una posibilidad de mejora en el horizonte, que por más que estudiemos no conseguiremos sueldos dignos y estabilidad nos de forma cada vez más aplastante a una absoluta frustración.

 

Para concluir, me gustaría apuntar dos cuestiones que, a mi entender, son clave para entender nuestra generación. A pesar de la más que evidente sensación de angustia generalizada, la juventud española se muestra en un 75% favorable a la igualdad de género, cifra que en la población general desciende más de 20 puntos, y hasta un 90% de las mujeres se consideran feministas. Además, el feminismo es la principal causa para la movilización de nuestra generación. Somos una generación más comprometida con la igualdad. La segunda cuestión tiene que ver con la dimensión ecologista. Esta es la segunda causa por la que las y los jóvenes más nos hemos movilizado. La mitad de los jóvenes, según el informe, siente una preocupación máxima por el medio ambiente y aquí se observa también una gran brecha generacional, en tanto que el porcentaje de adultos preocupados por esta cuestión no llega al 20%. Nos preocupa el trabajo, la vivienda y la igualdad, nuestro interés en política es el doble, literalmente, de la cifra de la década anterior. Somos una generación que, a pesar de todas las trabas, está preocupada por asegurar que el planeta sea un lugar en el que se pueda vivir, y participa activamente para conseguirlo. 

Notas:

 

[1] http://www.injuve.es/sites/default/files/adjuntos/2021/03/informe_juventud_espana_2020.pdf

 

[2] https://www.expansion.com/economia/2020/07/14/5f0d7263e5fdead0078b4585.html

[3] https://www.eleconomista.es/construccion-inmobiliario/noticias/10665129/07/20/Los-sueldos-no-suben-igual-que-la-vivienda-los-espanoles-pasan-de-destinar-el-28-al-40-de-su-salario-al-alquiler-en-solo-cinco-anos-.html

 

[4] https://twitter.com/DanielYya/status/1359208047290294279?s=20

 

[5] https://www.iesa.csic.es/wp-content/uploads/2021/02/Informe-ESPACOV-II-.pdf

 

[6] https://twitter.com/cristinabarrial/status/1366116713184583684?s=20

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Adrián Iglesias García

Politòleg per la UV. Membre del consell editorial d'Agon