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Economía colaborativa: ¿Herramienta de emancipación o nueva forma de acumulación capitalista?

Adrián Iglesias García

La economía colaborativa surge en el periodo de crisis económica del año 2008 como alternativa tanto de consumo, como del intercambio y la producción que se venían dando hasta el momento. Impulsada por las innovaciones tecnológicas y comunicativas, basa su modelo de negocio en las plataformas on-line, las cuales permiten conectar de forma rápida y sencilla a los usuarios, que tienen como objetivo intercambiar, prestar o alquilar bienes o servicios infrautilizados. Plataformas como AirBnb, Uber o Deliveroo se enmarcan, cada una es su respectivo mercado, como adalides de este nuevo tipo de economía.

El caso que nos ocupa es el de Airbnb, fundada en 2008. Actualmente ofrece alrededor de 2 millones de alojamientos en más de 30.000 ciudades diferentes. Esta empresa opera en España desde el año 2009, ofreciendo alrededor de 150.000 alojamientos al año, el 70% de ellos en los núcleos de las grandes ciudades[1]. Se calcula que durante un año puede gestionar alrededor de 4 millones de euros, de los que declara como beneficios poco menos de 200.000 euros. De la misma manera que otras plataformas, el beneficio se basa en el cobro de comisiones. En este caso la compañía cobra al propietario o anfitrión un 3% de comisión y a los inquilinos entre un 6 y un 12%, dependiendo de la duración de la estancia[2].

El modelo de funcionamiento de Airbnb es sumamente sencillo, se trata de poner en contacto a propietarios de alojamientos con potenciales usuarios mediante una app. El arrendatario paga la cantidad establecida al sitio web y desde aquí se transmite el pago al propietario, extrayendo un porcentaje de cada operación. El quid de la cuestión, un modelo de negocio de «la renta sobre la renta» en palabras de Formenti[3]. Airbnb, como las demás grandes plataformas, rompe con una lógica de acumulación presente desde el fordismo, basada en el beneficio de la explotación directa de la fuerza de trabajo mediante la implicación interna en el proceso de producción. Esta manera de obtener ingresos de bienes, inmobiliarios en este caso, que no son de la propiedad de la empresa que gestiona el negocio, es lo que se llama capitalismo de rentas. Uber, otra de las plataformas más de moda, que ofrecen un servicio de chófer con vehículo, no tiene ningún coche en propiedad. Airbnb ofrece millones de habitaciones en todo el mundo y no posee ninguna de ellas. En otros términos, otras plataformas como Alibaba, de venta de productos, es el comercio online más potente y no tiene productos en su inventario. Por su parte, Facebook es la red social con más usuarios del mundo y no produce ningún tipo de contenido. 

Se configura así un modo de acumulación capitalista que tiene como características principales la no posesión de los medios de producción, que ya no se da en un espacio cerrado y definido como podía ser la fábrica. Además, la distinción entre tiempo de trabajo y de no trabajo se difuminan hasta no percibirse, y se convierte en generador de una nueva racionalidad neoliberal que se ve a sí misma como una empresa que ha de estar permanentemente en búsqueda de la productividad. Pese a que se presentan como aliadas de los intereses populares, proclamándose herederas de las formas clásicas de cooperativismo basadas en la solidaridad y en los vínculos comunitarios, no pasan de ser un efecto disciplinario cuyo objetivo es imponer y normalizar las medidas de recorte social que exige el mercado. Aún más, se postulan como gestoras de nuevos mercados en los que se mercantilizan las prácticas que antes se daban de manera informal en el ámbito local. En otras palabras, de lo que se trata es de rentabilizar lo que se consideran recursos y bienes infrautilizados y ociosos. 

El elemento principal que explica el desarrollo de este modelo es la escalabilidad de las plataformas digitales. La escalabilidad consiste en una operación económica sencilla[4]: una vez desarrollada la infraestructura, el coste marginal de cada nuevo usuario o transacción tiende a cero, por lo que el volumen de negocio se puede incrementar manteniendo estables los costes de servicio. Así, en algunas de estas empresas la ratio de trabajadores por usuario puede ser superior a 1/100.000 y la productividad por trabajador puede estar por encima del millón de dólares anual. Esta es la particularidad que promete una alta rentabilidad para los inversores y, en términos materialistas, puede afirmarse que las corporaciones digitales son el último recurso de los capitales financieros, incorporando nuevos recursos al sistema de mercado para que el proceso de acumulación del capital pueda continuar. Tal es su eficacia, que el fenómeno genera de manera sistemática que unas pocas plataformas gestionen la mayor parte de las transacciones comerciales, monopolizando el modelo y dejando fuera a las más pequeñas. Según sharing España, el lobby que aglutina todas las plataformas del territorio español, esta herramienta permite a la población obtener ingresos extra introduciendo en el mercado bienes ociosos o en desuso, generando impactos sociales y medioambientales positivos. El hecho de que el bien del que quiera extraerse valor se encuentre en la situación e infrautilización es la premisa fundamental para que pueda considerarse dentro de la economía colaborativa.

Sin embargo, un reciente estudio de la Universitat de València[5] ha revelado que, en la práctica, buena parte de los usuarios que operan a través de la plataforma Airbnb en la ciudad de València no se rigen por este principio colaborativo. De hecho, de un total de 6.552 anuncios publicados, apenas la mitad son de anfitriones diferentes, esto supone que existen usuarios que ofrecen más de un alojamiento, situación que invalida el precepto del bien infrautilizado. A pesar de que estos 2.858 usuarios que publican un solo anuncio suponen el 74,4% del total de anfitriones, no alcanzan el 44% de la oferta total de la ciudad. Esto implica que los multigestores –usuarios con 2 o más anuncios–, que pueden ser inmobiliarias, empresas especializadas o grandes propietarios, controlan 6 de cada 10 alojamientos que se ofertan en la plataforma, aunque constituyan una reducida parte del total de los anfitriones (25,6%). Si prestamos atención a los anunciantes con 3 o más alojamientos, la cifra es más desorbitada, ya que tan solo son 1 de cada 10 anfitriones y sin embargo gestionan el 41,1% de la oferta.

Las consecuencias directas no son desdeñables para la propia convivencia en la ciudad, y pese a no estar todavía en valores absolutos al nivel de las cifras que se dan en ciudades como Barcelona o Madrid, en valores relativos y porcentuales sí se observa una tendencia similar. Además, la vinculación de este modelo de negocio con una supuesta economía colaborativa es pura ficción. Más allá de convertir la propia ciudad en un mero parque temático para visitantes con más o menos nivel adquisitivo, las consecuencias directas se traducen en expulsiones de los vecinos a causa de la burbuja del alquiler –los precios han subido un 48% desde 2014[6]– generada por la turistificación (la mitad de los alojamientos anunciados son turísticos) y la gentrificación de los barrios. Cabe decir que, pese a los efectos adversos de la gentrificación, la sustitución de capas sociales más bajas que habitaban los barrios por las venideras, más altas, no supone, como sí ocurre con la turistificación, un descenso de población. Muchas de las viviendas existentes en el mercado de la vivienda residencial son retiradas al convertise en alojamiento vacacional.

Diferentes asociaciones de vecinos de la ciudad han puesto en tela de juicio este fenómeno, y acusan al “efecto Airbnb”[7] del crecimiento exponencial de los precios del alquiler. Esta situación obliga a muchas personas a abandonar sus barrios y desplazarse a zonas periféricas más asequibles. Un alto índice de responsabilidad corresponde a la obsoleta regulación del alquiler vacacional y a una falta de normativa urbanística actualizada a las necesidades sociales. Este hecho provoca que sea muy fácil convertir una vivienda de alquiler residencial en vacacional, generando un aumento de los precios y, por tanto, el desplazamiento de los vecinos, los llamados desahucios invisibles.

En estos términos, los tipos de desplazamientos en los que pueden darse a causa de estos procesos según Cócola-Gant[8] son el desplazamiento directo y el desplazamiento por exclusión. En primer lugar, menciona el desplazamiento directo haciendo referencia a que este no se produce únicamente por el caso de los apartamentos turísticos. El autor pone como ejemplo el caso de la apertura de un hotel que lleva a cabo un proceso de rehabilitación de un bloque de viviendas que aún permanecen habitadas. En el caso de los apartamentos turísticos, puede darse que se ofrezcan compensaciones económicas, rescisiones de contratos o incluso degradación y acoso deliberados. En contadas ocasiones, cuando los inversores se hacen con un porcentaje de las viviendas, aprueban desembolsos comunitarios que los vecinos no pueden asumir, viéndose obligados a vender por un precio sumamente inferior.

Esto entronca directamente con el desplazamiento por exclusión, es decir, cuando una persona no puede acceder a una vivienda. Este fenómeno afecta a un número de personas superior, aunque es el que menos se percibe. Muchos de los propietarios, frente a los beneficios inmediatos que genera el alquiler turístico, deciden no arrendar la vivienda a los vecinos. Las consecuencias de este tipo de desplazamientos se dibujan a partir de dos fenómenos. En primer lugar, las personas que han sufrido desplazamiento directo carecen de la posibilidad de permanecer en el barrio, viéndose obligadas a moverse hasta zonas periféricas. En segundo lugar, el aumento de los precios en el alquiler sirve como criba para la población con menos ingresos, pudiendo solo acceder a ellos las personas con rentas más altas. 

Porcentaje de alojamientos enteros anunciados en Airbnb frente al total de viviendas de cada sección censal en Valencia.

Fuente: eldiario.es

El método con el que se opera desde esta plataforma guarda ya una relación con la mercantilización de ámbitos no sujetos a la lógica económico. Sin embargo, no es comparable cuando la misma práctica es realizada por un particular o por un profesional, siendo también muy diferentes sus consecuencias sociales, económicas y medioambientales. Como ejemplo práctico, no es lo mismo una persona que decide alquilar su casa cuando se va de vacaciones, ya que esa casa, durante esos días, será un bien infrautilizado. En este caso sí puede sostenerse que tanto el anfitrión, que obtiene un ingreso extra, como el huésped, que consigue alojamiento a un menos precio, se benefician del acuerdo. 

A pesar de esto, los más son los casos de personas que tienen una segunda vivienda y deciden rescindir el contrato de larga duración con sus inquilinos para introducirlo en Airbnb. Esto supone que ese alojamiento deja de ser residencial y pasa a ser turístico. Esto no cumpliría con los principios de la economía colaborativa, al no ser un bien ocioso o temporalmente en desuso. De aquí se desprende la idea de que este tipo de prácticas, mayoritarias en la plataforma, no responden a formas de economía colaborativa, más bien a modos de acumulación tradicionales que desarrollan su actividad por otros medios. Estos usuarios son profesionales, empresas y grandes propietarios que tienen una notable presencia en la plataforma.

Ahora bien, buena parte de los usuarios de la plataforma sí que responden, en principio, a las premisas de la economía colaborativa, y no por ello es necesariamente beneficioso en términos vitales, aunque sea rentable económicamente. Me refiero a las dinámicas de comportamiento que afectan a los ciudadanos que se ven obligados por la escasez de empleo, o la precariedad de este, a recurrir a esta plataforma como modo de obtener ingresos para poder llegar a final de mes, o que simplemente ven una oportunidad de negocio a través de esta plataforma. 

Un estudio de Javier Gil[9] publicado por la "revista de pensament i análisi" trata de combinar el capitalismo de plataformas con la racionalidad neoliberal para dar explicación a la práctica del anfitrión como un sujeto empresarial. En este sentido, afirma que el proceder del usuario que ofrece un alojamiento ya no responde exclusivamente al acondicionamiento de un espacio para el posterior consumo de los huéspedes, si no que ahora debe incorporar elementos afectivos, relacionales y comunicativos propios para darle un valor añadido a la vivienda, así como racionalizar la actividad para reducir los costes y hacer la actividad más rentable. Todo ello para hacer su anuncio más atractivo.

Esto sucede cuando las lógicas del mercado invaden la cotidianidad de las personas, haciendo que la propia vida comience a ordenarse en función de criterios económicos. La razón neoliberal nos viene a decir que en esta sociedad el triunfo individual puede ser alcanzado por todos, solo basta con desearlo. Voluntad y entusiasmo es lo que requiere una plataforma que afirma que "permite a todos los particulares obtener ingresos extras". Aún más, el resultado de este tipo de prácticas pasa por que los anfitriones acaben considerándose personas autónomas y totalmente independientes, presentándose a sí mismas como sujetos capaces de superas situaciones de crisis sin recurrir al Estado ni a políticas sociales tal y como sostienen Laval y Dardot[10]. Esta articulación ideológica del individuo como sujeto autónomo de la sociedad no es algo nuevo en su fundamento, lo que sí lo es es la manera de naturalizarlo. De esta manera, al naturalizar este modo de relacionarse socialmente, se construye una nueva comunidad de sentido desde la premisa del valor de cambio, es decir, se mide la validez de las personas en tanto que más altas sean sus capacidades para asumir la racionalidad neoliberal, para dar lo mejor de ti mismo acorde con postulados financieros.

El requisito, en definitiva, es subsumir la propia vida a las lógicas mercantiles, ordenar nuestros proyectos vitales entorno al rendimiento económico, adaptándolos a la creación de plusvalor. Decidir cuando irte de vacaciones en función de la demanda, no renovar el contrato a los inquilinos porque sale más rentable alquilar por días o incluso plantearse trasladarse a casa de algún conocido para poder arrendar la propia vivienda. Básicamente, como afirma Gil: "La obtención de beneficios en Airbnb está sujeta a que el anfitrión se constituya en sujeto neoliberal, empresario de sí mismo".

La plataforma de alquiler de alojamientos Airbnb utiliza también un modelo de evaluaciones para sus anfitriones[11]. Con los mismos parámetros que ocurre con las demás compañías, se trata de una rúbrica en la que no solo influye el hecho de que el alojamiento por la que pagas cumpla los requisitos mínimos de habitabilidad. Una vez más se tienen en cuenta aspectos como la posibilidad de una buena conversación con el anfitrión, que este sepa cocinar, que exista la posibilidad que se ocupe de la limpieza, que sea atento, servicial, de buen trato, incluso que conozca los sitios más relevantes de la zona en caso de que queramos realizar una visita turística. En cuanto a esto, como si de un capítulo de la serie distópica Black Mirror se tratara, el ránking que ocupa el usuario viene determinado por aspectos relacionales, comunicativos y afectivos. En Nosedive[12], capítulo de la serie distopía de la productora americana Netflix, la sociedad ha alcanzado un nivel de superficialidad y adicción a las tecnologías que lo que permite a las personas realizar según qué actividades o acceder a según qué servicio depende de la puntuación que las demás personas le otorguen en una red social de uso permanente. En ella, las interacciones personales, las fotos y el aspecto son los elementos base de la rúbrica.

En resumen, en el capitalismo contemporáneo, más que producir cosas, se construyen imaginarios. La explotación pone en el centro el ser, más que el hacer. La relación capital-trabajo, a parte de transformarse bajo otro marco más extenso en el espacio y en el tiempo, lo hace también en la escala de la explotación, donde se vuelve necesario movilizar todas las capacidades intelectuales y físicas. Sucede, además, que se promueve una forma de ser, no solo de hacer, de vivir, de comportarse y de relacionarse. Se desarrolla toda una mentalidad emprendedora, de sujetos que entienden que no necesitan derechos laborales, ni un sistema de pensiones, ni sanidad o educación publicas ya que pueden hacerse con todos esos recursos, por sí mismos, en el mercado. Esto abre la puerta a que los individuos alcancen a negar la interdependencia entre seres humanos, entendiéndola exclusivamente como potencial fuente de beneficios.

 

                                                                                                     

Referencias y notas:

1. https://asiri.esloads/2018/11/Spain-Madrid_ActivityReport-Airbnb.pdf/wp-content/up

2. https://www.elindependiente.com/economia/2017/07/19/airbnb-solo-declara-espana-beneficio-136-700-euros-pleno-boom-del-alquiler-turistico/

3.  Formenti, C., (2016) Economía colaborativa y lucha de clases en Sierra, F., y Maniglio, F., (Coord.) Capitalismo Financiero y Comunicación. Ciespal, Quito, Ecuador.

4. De Rivera, J., Gordo, A., y Cassidy, P. (2017) “La economía colaborativa en la era del capitalismo digital” en Redes, nº15.

5. https://www.uv.es/uvweb/nullca/arees-investigacio/vivenda/informe-efecto-airbnb-ciudad-valencia-1286072510425.html#2.%20Alojamiento%20por%20anfitri%C3%B3n

6.  https://www.eldiario.es/cv/alquileres-vivienda-acumulan-incremento-Valencia_0_853565181.html

7. https://www.hosteltur.com/127190_quien-tiene-la-culpa-de-la-turistificacion.html

8. Cócola Gant, A. (2016) “Alojamiento turístico y desplazamiento de población” en Contested-Cities International Conference. EJE 3. Artículo nº3-504.
9. Gil, J. (2019) “Redistribución económica y precariedad. El caso de los anfitriones de Airbnb.” En Recerca. Revista de Pensament i Anàlisi, 24(1), pp. 92-113.
10. Laval, C., y Dardot, P. (2014) La nueva razón del mundo. Gedisa, Barcelona.

11. https://www.airbnb.es/help/article/13/how-do-reviews-work
12. Schur, M., y Jones, R. (Guionistas) y Wright, J. (Director). (2016). Nosedive [Capítulo de serie de televisión]. En Borg, L., Brooker, C., Hogan, I., Jones, A., y Philips, A. (Productores), Black Mirror. Inglaterra: Netflix

 




 

Politòleg per la UV. Membre del consell editorial d'Agon

Adrián Iglesias García

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