La cuestión turística en las Islas Baleares. Una aproximación sociológica (Parte I)

Nadal Perales Oliver

Introducción

     En su tesis doctoral Geografies del capitalisme balear (2012), Iván Murraydisecciona de forma reveladora el corazón del organismo social balear: la producción y la actividad turísticas. Con ella, el geógrafo balear sentó un precedente en la academia balear y nacional en lo que se refiere a estudios críticos de una realidad socioeconómica (y uno de los motores económicos nacionales y regionales) que tradicionalmente han gozado de mayor blindaje intelectual y político. De la actividad turística se puede escuchar que es beneficiosa al promover el contacto entre culturas, que es una de las actividades que mayor PIB y puestos de empleo aportan en el planeta, o que ayuda a reactivar zonas sumidas en la inopia social. Este trabajo se adscribe en el conjunto de aquellas investigaciones que pretenden desmenuzar ese talismán intocable que, hasta hace relativamente poco, era el turismo. Esta comprensión sagrada es producto, fundamentalmente, de la extensión de un relato acrítico que entiende que las islas habían vivido en la oscuridad hasta que la dictadura franquista trajo la luz con los turistas. El propósito de este trabajo es abrir nuevos cauces, a partir del análisis de algunos de los ejes que conforman dicha actividad,  por los que la sociedad balear pueda decidir qué futuro quiere. 

     En 1891 Miquel dels Sants Oliver (1864-1920), hijo del propietario del periódico mallorquín La almudaina, publicaba una serie de artículos bajo el título “Desde la terraza” en los que señalaba las potencialidades turísticas de la isla como yacimiento de riqueza. Poco más de 100 años más tarde (en julio de 1993), Dionys Jobst, diputado cristiano-social del Bundestag, proponía convertir Mallorca en el land (Estado federal) número 17 de Alemania, dada la riqueza que los ciudadanos alemanes dejaban en ella. Esa indecente propuesta remarca la necesidad decimonónica de que alguien hubiera preguntado a Miquel dels Sants Oliver: ¿qué tipo de riqueza y riqueza para quién? Más allá del sarcasmo, parece que estos son los riesgos a los que una población se expone si decide confiar su futuro a la mercantilización de su tierra: sobrevivir sin soberanía ni identidad. Tal como Durkheim argumentaba, en nuestras sociedades existen hechos sociales que las ciencias sociales son capaces de examinar a la luz de criterios confiables, entre los cuales se puede incluir el turismo. Por ello sorprende la escasez de teoría crítica que, al menos en el Estado español, ha habido hasta hace pocos años en torno a este fenómeno. El turismo, así como un fenómeno que puede comprenderse desde varias de las distintas parcelas del conocimiento, es un hecho social cuyas repercusiones penetran en diversas esferas de la sociedad moderna. La industria turística actúa como cristalización de la acumulación por desposesión capitalista: impactos ambientales, mercantilización y privatización de espacios naturales, de espacios urbanos (vivienda) y, a nivel general, produce una transformación casi completa de la fisonomía de los sistemas urbanos de las sociedades avanzadas. El auge de esta industria fue posible básicamente a partir de la relativa democratización, fruto de las mejoras en las condiciones de vida que propulsaron los pactos sociales de postguerra (siempre a costa de renunciar al control de los medios de producción), que experimentó dicha actividad después de la II Guerra Mundial. 

 

El turismo como sistema de producción capitalista en la sociedad post-industrial

     La extensión del tiempo libre derivado del tiempo de trabajo remunerado a partir de aquel momento del siglo XX fue la condición que posibilitó la aparición y consolidación del turismo de masas en las sociedades capitalistas. No obstante, los orígenes del turismo como fenómeno social se remontan a la génesis de las primeras civilizaciones humanas. Ya en época de la Grecia Clásica, algunos escritos de Píndaro, poeta del siglo -VI, relatan los desplazamientos de miles de personas a la ciudad de Olimpia para disfrutar de los Juegos Olímpicos. Son muchas las modalidades de viaje que existieron (desde los viajes por motivos de salud como las escapadas de guerreros romanos a aguas termales hasta las peregrinaciones católicas medievales) hasta que en 1841 Thomas Cook organiza el primer viaje planificado de la historia y, diez años más tarde, crea la primera agencia de viajes del mundo. Parece evidente que originalmente la actividad turística y los viajes, si no eran actividades forzadas por las circunstancias de cualquier índole, estuvieron vinculados a los segmentos sociales más privilegiados.

     El turismo como producto de la sociedad urbana e industrial (Hobsbawm, 2011) empezó a tomar forma a mediados del siglo XX, cuando el capitalismo industrial dio origen a dos modalidades de viaje de placer directamente relacionadas con la pertenencia a una clase social determinada: el turismo para el conjunto de las clases trabajadoras y las vacaciones de verano para la burguesía. El turismo es, entonces, una actividad que debe ser tenida en cuenta en el marco de todo un conjunto de transformaciones (sociales, políticas, económicas) que conformaron la industrialización. Sobre los principios de bienestar y contención del conflicto social que dominaron buena parte de la agenda política mundial tras la firma de los pactos sociales de postguerra, el turismo experimentó un desarrollo masivo durante la década de los cincuenta y principios de los sesenta. Esta es la misma época en la que algunos autores como Daniel Bell marcan el tránsito de la sociedad industrial capitalista a una sociedad postindustrial (Bell, 2006).

     Una sociedad postindustrial puede dibujarse, entonces, en torno a la primacía de los servicios por encima de los bienes en el modo de producción. En este tipo de sociedad la fuerza de trabajo deja de ser el elemento central y exclusivo del proceso productivo, aunque siga siendo un elemento nuclear. Esta fuerza de trabajo convive ahora con otros factores como la información, en muchas ocasiones recogida gracias a la energía “industrial”, tal y como ocurre con los sistemas de transporte (aéreo, marítimo o terrestre) que hacen posible la actividad turística, una actividad basada en los servicios. Para comprender la palabra servicios cabe distinguir, dice Bell, diferentes etapas en la transformación de la sociedad industrial en postindustrial. En primer lugar, se desarrollan los servicios de transporte como auxiliares para el desarrollo de la industria. Posteriormente, el desarrollo de la población erigido sobre el consumo masivo de bienes comporta un incremento en la distribución de bienes, las finanzas, inmuebles y seguros. Por último, el crecimiento de la renta nacional que experimentan las sociedades industriales implica que la proporción de dinero que la población gasta en comida comienza a disminuir y empieza a invertirse en bienes duraderos (casas, automóviles, etc.). Además, dicha proporción de dinero empieza a invertirse en ocio, placer y diversiones; en el esparcimiento humano, en definitiva.  Es así como comienza a desarrollarse un sector terciario que se orienta a los servicios personales y no ya a la producción y la transformación de bienes, centrado en el “juego entre personas”. Nace así la industria del entretenimiento y, con ella, empiezan a expandirse los horizontes y los gustos de la población, así como aparecen nuevas necesidades derivadas de la irrupción y consolidación de la sociedad del consumo: deportes, restaurantes, viajes, autoservicios, medios de comunicación de masas, etc. 

     El turismo ha pasado, así, de ser concebido como una industria inocua y benigna a ser tratado como uno de los principales vectores que configuran la panorámica de lo que algunos autores han dado en llamar “modernidad tardía”. En algunas regiones del planeta, por ejemplo en el Caribe (Blàzquez, 2016), ha tomado la forma de uno de los principales motores que transforman la apariencia de ciudades y regiones enteras. No obstante, parece que la escasa soberanía que conservan las diversas instancias políticas del planeta es insuficiente para poner freno a una de las actividades económicas más relevantes en el circuito y flujo de capital global. Tal y como se conoce hoy día, el turismo global es un engranaje esencial del funcionamiento del capitalismo avanzado: según datos de la Organización Mundial del Turismo, en 2017  el peso del turismo en la economía mundial (conformada, principalmente, por economías de mercado)  alcanzó el 10,4% del PIB mundial, superando al crecimiento de la economía mundial por más de un lustro y situándose entre las principales actividades económicas a escala planetaria .Según esta misma fuente, para más del 80% de los países, el turismo es una de las actividades que más peso aportan a las exportaciones y una de las principales fuentes de divisas. Por otra parte, gracias a los datos ofrecidos por el Banco Mundial, es bien conocido que empresas turísticas como Royal Caribbean Cruises, Priceline Group o aerolíneas como Delta Airlines (algunas de las mayores compañías turísticas) son corporaciones globales  cuyo valor bursátil asciende, de forma conjunta, a los 110.000 millones de dólares, evidenciando las conexiones del mundo financiero y el capital turístico como vía de acumulación de capital. 

Evolución y cifras del turismo de masas. Breve recorrido histórico por España y las Islas Baleares

     A nivel conceptual, la industria turística ha sido siempre un sistema de producción internacional, ya que se basa en la movilidad de las personas de sus lugares de origen a los destinos turísticos. No obstante, algunos autores como Ioannides y Debbage (1998) consideran que, para un análisis más preciso del fenómeno, resulta útil distinguir dos etapas del turismo de masas: el turismo de masas dentro del régimen industrial-fordista, que entra en crisis en 1970 como resultado de la crisis del petróleo y, por otro lado, el turismo de masas dentro del régimen post-fordista (propio de las sociedades post-industriales). Estas últimas empiezan a dinamitarse de la mano de los gobiernos de Thatcher y Reagan durante la década de los ochenta y culminan con la globalización capitalista. Sin embargo, cabe admitir que previamente a esta distinción el turismo nace como expresión de la sociedad del consumo y la opulencia (hasta la década de los cincuenta el turismo era elitista), anticipada en el siglo XIX en Inglaterra y en Estados Unidos desde los felices años veinte. El término sociedad del consumo, ya descrito en 1899 por Thorstein Veblen en su obra La teoría de la clase ociosa, hace referencia a la primacía del consumo como principal forma de integración y diferenciación sociales como consecuencia de la producción masiva de bienes propia del modelo fordista. La aplicación del consumo turístico como distinción social resulta en la aparición y distinción entre conceptos como “turismo de sol y playa”, caracterizado históricamente por sus bajos precios, o “turismo de calidad”.

     Durante el régimen de producción industrial-fordista (aproximadamente hasta la década de los setenta), el turismo se basaba en paquetes de viaje estandardizados (principalmente bajo la lógica del turismo de sol y playa en España y otros destinos mediterráneos como Grecia e Italia) pensados para un público masivo, al contrario del tipo de turismo elitista que existió con anterioridad. Posteriormente, en un proceso análogo a las lógicas de individualización y personalización que algunos autores como Bauman o Lipovetsky detectan desde principios de la década de los setenta, el turismo dentro de la globalización capitalista de las últimas décadas se caracteriza por un diseño personalizado y flexible donde los turistas determinan qué, dónde y cuándo desean consumir un determinado producto turístico. Esto fue posible, entre otras causas, gracias a la considerable reducción de los precios de los pasajes que muchas aerolíneas efectuaron durante la era del petróleo barato (aproximadamente desde 1980 hasta 2004). La cifra de turistas internacionales que ofrece el Banco Mundial justifica dicha distinción: si en 1995 la cifra apenas alcanzaba los 524 millones de turistas, en 2017 las llegadas de turistas internacionales (visitantes que pernoctan lejos de su lugar de residencia) alcanzaron un total de 1235 millones en 2016. Este incremento está en la línea de la previsión a largo plazo de la OMT para el período 2010-2020, con un 3,8% de crecimiento anual.

     España y las Islas Baleares, como parte de Occidente y del sur de Europa, están sometidas a dinámicas que tienen que ver con el régimen de acumulación capitalista concreto de cada momento, el cual determina la dirección y evolución del turismo en ese periodo. Con los pactos sociales de postguerra, Occidente entra en una etapa que algunos han bautizado como “la edad de oro del capitalismo”. Durante esta época empiezan a perfilarse las relaciones del turismo mundial, en las que unos países forman parte de los países emisores y otros, como el Estado español, conforman la “periferia soleada de Europa” que tendría que absorber dicha masa de turistas. En esta coyuntura se produce un excepcional boom turístico que desde el régimen franquista se califica como “milagro español”. Dicho boom solo fue posible después de que el régimen franquista fuera aceptado y reconocido por la comunidad internacional a raíz del tratado que Estados Unidos firmó con España en 1953. Ello significó la incorporación española a la ONU en 1955 y la normalización de las relaciones internacionales con el régimen franquista, incluidas las comerciales. Ya en 1951, Franco creó el Ministerio de Información y Turismo con el objetivo de vender una buena imagen del territorio español como destino turístico ideal, lo que quedaría demostrado ya pocos años después.

     Desde entonces el Estado español fue convirtiéndose en uno de los destinos más elegidos entre los trabajadores europeos para pasar las vacaciones estivales: era barato, seguro, próximo a Europa y con un clima y unas playas muy aptos para practicar este tipo de actividad. El régimen franquista vio una oportunidad perfecta para recibir el dinero necesario para alcanzar otros objetivos económicos, como el desarrollo de instalaciones industriales relevantes que condujeran a la industrialización del país. Aun así, la llegada de viajeros internacionales (pues pocos nacionales podían permitirse el lujo de viajar dadas las condiciones de vida) estuvo y ha estado siempre sometida a los vaivenes políticos y sociales del resto del mundo y a la coyuntura del régimen de acumulación capitalista. Según datos de la tesis doctoral de Iván Murray (2012), si en 1950 apenas llegaba medio millón de turistas, en 1970 la cifra aumentó y se multiplicó por más de 40 hasta alcanzar los 21, 2 millones de turistas, beneficiándose de este modo de los treinta años gloriosos del capitalismo (con un crecimiento anual del 39,09%).

Según datos de este mismo instituto, la década de los setenta se tradujo en un crecimiento mucho más pausado, aunque igualmente notable, alcanzando los 32, 9 millones de viajeros internacionales. Ello fue fruto de la situación de crisis económica y política global (fruto, a su vez, de la crisis del petróleo), a lo que en el caso del reino de España tuvo que añadirse la muerte del dictador. Fueron años de fuerte inestabilidad política y social que el sector turístico español, en plena efervescencia, supo sortear con soltura. A partir de esta misma década, el peso del sector servicios en el PIB experimenta incrementos constantes: pasa de un 46,2% en 1970 a un 56,5% diez años más tarde. Bajo la égida de la reestructuración política y económica que demandaba la entrada a la Comunidad Económica Europea (posteriormente la UE), en 1989, con Felipe González consolidado en el poder, llegaron 50,9 millones de viajeros internacionales que en 2001 se incrementarían hasta los 76,3 millones, de acuerdo con las series históricas del INE. Tras la caída de Lehman Brothers y la consolidación de la crisis, la tasa de desempleo superó en España el 26% en 2013. Tras este mínimo histórico se crearon más de 1,4 millones de puestos de trabajo, de los que uno de cada cuatro (alrededor del 26%) fueron empleos vinculados al sector turístico, según datos de Turespaña, un organismo público adscrito al Ministerio de turismo. Se convirtió así en el pilar de la recuperación económica, aunque los empleos turísticos presentan otra cara menos visible macroeconómicamente: la precariedad y la estacionalidad. Según la oficina estadística de la UE, el Eurostat, durante 2017 más de uno de cada cuatro trabajadores españoles tenían un contrato temporal, mientras que la media europea no alcanza el 14%. Ya en 2017, el peso del sector servicios en la economía española superaba el 74% y, según datos de la Organización Mundial del turismo, más de 115 millones de viajeros internacionales llegaron a territorio español en 2017. De esta forma, el sector turístico concentra en torno al 14% del PIB y el 13% de la ocupación, reafirmando su calidad de motor de la economía española.

     a) Islas Baleares

     Dentro del Estado español, son unas pocas regiones las que históricamente han absorbido buena parte de la actividad económica vinculada al turismo. El archipiélago balear, formado por las islas de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera, es una de las regiones que desde la segunda mitad del siglo XX ha experimentado más transformaciones fruto de la industrialización turística. Esta se ha convertido en la principal actividad económica que tiene lugar en las islas, ya que alrededor suya se articulan el resto de las actividades económicas. Siguiendo las elaboraciones de Onofre Rullán (1998), la cronología del fenómeno turístico en el archipiélago puede entenderse a partir de tres booms que se relacionan con las diferentes etapas del capitalismo mundial de la segunda mitad del siglo XX. El primer boom viene de la mano del reconocimiento internacional al régimen franquista, allá por la década de los cincuenta, cuando el turismo se convirtió en la vía más importante para conseguir divisas. Según datos del mismo trabajo de Rullán (en el que hace un recorrido histórico del PIB turístico), dicho PIB superaba en aquella época (en la década de los cincuenta y principios de los sesenta) el 55%. Así pues, la dependencia económica y social de dicha actividad ya era patente desde los inicios del fenómeno. De acuerdo con los datos que facilita el IEC (Instituto de Estudios Catalanes), en 1960 las Islas Baleares recibían alrededor de 400000 turistas. 

     El segundo boom coincide con el inicio de la re-regulación neoliberal y comprende desde la crisis del petróleo (1973), año en el que llegaron unos 2,8 millones de turistas (según datos del Instituto de Estudios Catalanes), hasta la caída de la Unión Soviética (1991). Durante este periodo aparecen las principales cadenas hoteleras baleares (Barceló, Meliá, Riu, Iberostar) que preconizaron la internacionalización de Baleares como destino turístico. También aparecen las primeras voces que exigen controlar dicha actividad para la protección del territorio y evitar la destrucción del medioambiente que acompañaba al crecimiento turístico. Frente a la presión constructora derivada de la creación de nuevas plazas turísticas en grandes bloques de apartamentos, en 1973 nace el “Grup d’Ornitologia Balear” (GOB), una organización ecologista cuyos objetivos son la defensa, la divulgación y el estudio del medioambiente de las Islas Baleares. Cuatro años más tarde de su fundación, el GOB ocupaba “Sa Dragonera” -un islote deshabitado situado al suroeste de Mallorca- logrando que, finalmente, se evitara su urbanización. Los datos del IEC confirman que el PIB vinculado a la actividad turística durante esta época rondaba entre el 40% y el 45% del porcentaje total. Ya en 1990, el IEC cifra en unos 5 millones el número de turistas que visitaron las islas.

     El tercer boom se corresponde con los inicios de la globalización capitalista, que pronto vio crecer cierta oposición manifestada en el concepto de desarrollo sostenible, acuñado por vez primera en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro que la ONU celebró en 1992. Con ello empezó a materializarse cierta preocupación en torno a los límites del crecimiento y la necesidad de emprender proyectos económicos, como las actividades turísticas, desde la perspectiva de la sostenibilidad. Durante la década de los noventa el turismo continuó generando riqueza, como bien demuestra que la renta per cápita en el archipiélago en 1993 fuera un 26,3% superior a la del conjunto del Estado y el PIB de los servicios concentrara el 83,77% del total (datos procedentes del INE). Hasta la crisis económica de 2008-2011, cuando el porcentaje de PIB vinculado al turismo cayó hasta el 40%, el PIB turístico se situó siempre por encima del 45%, cifra que ya recuperó en 2016, según el Instituto Balear de Estadística. De acuerdo con las estadísticas del IBESTAT, en 2016 se alcanzaron cifras históricas en cuanto al número de turistas internacionales, cuando poco más más de 13 millones de personas visitaron el archipiélago balear, un 10,81% más que en 2015. 

     Esta cifra aumentó un 6,1% en 2017, con un total de 13.790.968 turistas internacionales. La literatura científica consagrada al estudio del turismo en estas islas no duda en bautizar este nuevo periodo como el cuarto boom, vinculado directamente a la desestacionalización del sector y a la crisis geopolítica que se vive en buena parte del Mediterráneo. Según datos de la Conselleria de Trabajo, desde 2009 el poder adquisitivo de los residentes de las islas ha bajado un 3,4%, empobrecimiento general que contrasta con esos récords sucesivos que han llevado la facturación a máximos y han duplicado el número de turistas en la isla. Todo ello obliga a hablar del modelo balear como el paradigma de monocultivo turístico. Según Turner y Ash (1991), este es un concepto con el que se expresa la posición hegemónica del turismo en una economía, convirtiéndose en el eje que vertebra todas las demás actividades económicas. Este monocultivo ha ido fagocitando otras formas de economía en Baleares como el sector textil o la industria zapatera. Enmarcado de una forma según la cual el turismo se presente como la única vía que tiene la sociedad balear para medrar (teoría del framing de Lakoff), parecen escasos los argumentos en contra de la industria turística. Sobre todo, cuando es esta, además, la que mantiene encendido el motor económico de la sociedad española y balear.

     No obstante, resulta absolutamente señalar que este marco de referencia lleva asociada una noción de desarrollo y crecimiento muy concreta y reduccionista, construida sobre indicadores puramente económicos. Por esta razón es indispensable ampliar los horizontes de análisis y abandonar el reduccionismo de estos y otros indicadores económicos. Ello tiene como objetivo entender que detrás de esas cifras y conceptos se esconde una fuerte carga socio-ecológica en territorio balear, así como poblaciones enteras cuyas vidas no pueden reducirse a datos macroeconómicos. El argumento económico, monetario, mercantil constituye, en última instancia, todo un marco de referencia al servicio de unos intereses particulares. Habitualmente, y muy especialmente en Baleares cuando se habla de turismo, se acepta de forma acrítica que el PIB es un indicador de bienestar social: cuanto más alto, mejor vivirá la gente. Lo cierto es que este y otros sistemas de contabilidad nacional presuponen y fomentan una visión de sistema económico pretendidamente cerrado y equilibrado, aislado del medio en el que este tiene lugar. En este sentido, podría considerarse el turismo como una actividad local exportadora de servicios cuya contribución al PIB la convierte en toda una institución sagrada. Sin embargo, el turismo no debe entenderse como aquellas actividades orientadas a servir a los turistas, sino como un fenómeno estructural: el turismo se convierte en una fuerza urbanizadora y de ella emergen diferentes actividades que configuran el modelo socioeconómico balear (construcción, restauración, transportes, actividades industriales, etc.). Entender el sistema económico como un sistema continuamente interrelacionado con el entorno es una tarea que puede acometerse desde diversas disciplinas y conceptos como el de sostenibilidad fuerte.

La bibliografia d'aquest article està inclosa a la Part II

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