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La cuestión turística en las Islas Baleares. Una aproximación sociológica (Parte II)

Nadal Perales Oliver

Recuperar la visión de conjunto

“Entre tanto debe excusársenos a los que no aceptamos esta etapa muy primitiva del perfeccionamiento humano como el tipo definitivo del mismo, por ser escépticos con respecto a la clase de progreso económico que excita las congratulaciones de los políticos ordinarios: el aumento puro y simple de la producción y de la acumulación.”

 J. Stuart Mill

     Los intentos por contabilizar la renta nacional son posteriores a la revolución marginalista (el predominio de la escuela clásica en el pensamiento económico) y significaron la consolidación de la ciencia económica como reina de las ciencias sociales. Esta revolución implicó que a partir de la década de 1870 la ciencia económica, construida sobre la base del monismo motivacional (el egoísmo como motor de la conducta humana) y la teoría de la utilidad marginal, se alzara como la ciencia social más parsimoniosa y capaz de dar cuenta del funcionamiento del mundo social (imperialismo económico de la ciencia económica). Fruto de ello se fueron desarrollando indicadores para medir el desarrollo económico y social de una sociedad concreta, excluyendo de su análisis el medioambiente y el entorno en el que estas son posibles. En 1940, John Maynard Keynes (1883-1946) realizó uno de los primeros trabajos sobre la contabilización de la renta nacional, conocido con el nombre de Cómo pagar la guerra.  En 1950, la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica) supeditaba la ayuda que los Estados recibían a través del Plan Marshall a la elaboración de distintos cálculos de la riqueza, convirtiéndose así en una herramienta del capitalismo para la domesticación y el control de los Estados. Desde entonces y desde que, a finales de la década de los setenta, el Sistema Europeo de Cuentas Económicas Integradas (SEC) de la Comunidad Económica Europea (CEE) alcanza el estatus de norma jurídica (SEC-79) y uniformiza a sus integrantes, estos instrumentos económicos se han identificado con conceptos como crecimiento y progreso, y han guiado la política de la mayoría de los estados capitalistas, conformando todo un marco de referencia al servicio de la dominación capitalista. 

     De entre muchos de los conceptos que pueden ser de utilidad, el concepto sostenibilidad, así como los indicadores que se derivan de él, sirven como contrapunto a la lógica del desarrollo y fueron introducidos en las ciencias sociales por autores como John Stuart Mill (1806-1873). Esta noción se ha ido elaborando y sofisticando en el último siglo en el marco de una filosofía crítica de la economía, con nombres propios como el de José Manuel Naredo (1942). Mientras que desarrollo alude a un proceso lineal, de cada vez mayor crecimiento económico y de explotación de la naturaleza, el concepto sostenibilidad apunta a una realidad bien distinta. La categoría sostenibilidad, que proviene de las ciencias de la vida y la ecología, sigue una lógica circular e incluyente y representa la tendencia de los ecosistemas al equilibrio dinámico y a la interdependencia. Desde esta perspectiva desarrollo y crecimiento dejan de ser sinónimos, así como el crecimiento económico dejaría de ser el objetivo de la sostenibilidad. La sostenibilidad pone el acento en un tipo de desarrollo mucho más abierto y ambicioso que el simple crecimiento económico. Hoy día, el término sostenible se ha popularizado, tras la aparición en 1987 del Informe de la ONU sobre Nuestro futuro común como “aquel desarrollo que satisface nuestras necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas”. Esta definición apuesta por la sostenibilidad débil, aquella que mantiene la obligación de las generaciones presentes de comportarse de manera que las generaciones futuras tengan opción a vivir, al menos, tan bien como las actuales. No obstante, desde 1987 dicho concepto ha sufrido un proceso de trivialización y se ha vaciado de contenido, viéndose reducido a la retórica de la sostenibilidad (Murray, 2012). Es por ello por lo que autores como Naredo hablan de la sostenibilidad fuerte como escenario deseable a nivel internacional: la reorientación de la tecnología, la reestructuración del sistema económico y la gestión ambiental serían los tres ejes de la filosofía de la sostenibilidad. Además, parece que dichos ejes pasan, inevitablemente, por incentivar el papel de la proximidad en el ciclo producción-consumo.

     El uso y la difusión de indicadores económicos que se ubiquen fuera del marco de la teoría económica neoclásica y de su reduccionismo monetario, como bien son el metabolismo socioeconómico y la huella ecológica, sientan las bases para una concepción más abierta y precisa sobre el mundo social en el que habitamos. Estos indicadores alternativos forman parte de los indicadores de sostenibilidad (fuerte), en un intento para medir tanto el bienestar como la economía de las sociedades actuales, contemplando también los costes ambientales (para los indicadores débiles, expresados monetariamente). Los indicadores de sostenibilidad fuerte, a diferencia de los indicadores de sostenibilidad débil, cuestionan el modelo de sociedad en el que se integra una economía, así como el origen de los conflictos en la interacción entre sociedad y entorno. Por otra parte, apuestan por el pluralismo científico al considerar a los sistemas económicos como abiertos por la interrelación entre los distintos sistemas que conforman nuestro entorno, y atendiendo principalmente a los límites biofísicos de la economía. Estos indicadores permiten explicar partes esenciales del capitalismo y su funcionamiento alejándose del reduccionismo y del fuerte componente normativo que contienen los sistemas de contabilidad nacional, tales como el PIB u otros indicadores orientados a contabilizar la riqueza nacional (Murray, 2012). Estos indicadores, menos reduccionistas y con aspiraciones a medir y referirse al funcionamiento de la economía y de la sociedad en su conjunto, como los indicadores de sostenibilidad que se expondrán a continuación, resultan indispensables para construir un contrarrelato hegemónico que permita avanzar hacia modelos de sociedad más justas, sostenibles, menos dependientes del carbono y donde los individuos puedan elegir libremente su proyecto de vida. Esta urgencia radica en la necesidad de justificar y legitimar numérica y económicamente aquellos proyectos políticos que quieran actuar y llevarse a cabo en un contexto de crisis del modelo neoliberal, donde toda justificación es, en último término, monetaria.

     Fueron ya Marx y Engels, en un contexto en el que las ciencias naturales avanzaron notablemente en su conocimiento de la realidad, los primeros en apuntar las relaciones existentes entre el individuo y la naturaleza, así como entre la sociedad y aquella: todos los modos de producción de la historia se han servido de materiales que extraen de la naturaleza para, a través del trabajo y otros procesos materiales, transformarlos en útiles para la sociedad humana. Posteriormente, sin embargo, las ciencias sociales han tenido cierta tendencia a marginar esta cuestión en sus análisis y diagnósticos. Aun así, algunos intentos como el del sociólogo Herbert Spencer (1820-1903), quien establecía que el progreso social se vinculaba a la cantidad de energía disponible de forma tal que las diferencias culturales derivan de la posibilidad de desarrollo que se experimenta al gozar de un excedente energético, sentaron otros precedentes en esta dirección. En la actualidad, la cuestión del metabolismo social parece haber cuajado en la obra de algunos estudiosos del turismo como Iván Murray. El concepto de metabolismo socioeconómico ha sido conceptualizado y (re)inventado hasta que Marina Fisher-Kowalski publicó en 1997 un capítulo en su obra Handbook of Environmental Sociology en el que presentó el concepto como una nueva forma de profundizar en el estudio tanto de los diferentes modos de producción, como del consumo de las diferentes civilizaciones a lo largo de la historia. Detrás de esta aproximación socioeconómica subyace la idea de que la economía y el medioambiente están en constante interrelación, pues la primera sólo puede tener lugar dentro de la Biosfera. Como nueva forma de analizar los flujos de materiales, el concepto alude al proceso constituido por inputs (materias primas) y outputs biofísicos que se resumen en los materiales y energía que se extraen del medio, procesados a través de la sociedad y que son devueltos al medio en forma de residuos y/o emisiones contaminantes (Iván Murray, 2012).  Los recursos naturales, materias primas u outputs (agua, aire, recursos bióticos y recursos abióticos) que provienen de los sistemas naturales son transformados por las economías en bienes y/o servicios que son devueltos a la biosfera en forma de residuos y emisiones (outputs). La metodología del metabolismo socioeconómico, que permite tratar un sistema económico -local o global- o, más generalmente, a una unidad de organización social en términos de ecosistema y su metabolismo, sirve como alternativa a los indicadores estándares elaborados por la teoría económica ortodoxa para medir y contabilizar la evolución de la economía, los cuales tienden a olvidar -deliberadamente- las implicaciones ecológicas de todos estos procesos económicos.

La producción de espacios turísticos

     Considerar la cuestión ambiental en el análisis del turismo como actividad socioeconómica es de suma importancia. Ello se debe a que  la base sobre la que se desarrolla la actividad (económica) turística son los bienes comunes, sobre todo en aquellos destinos que, como las islas Baleares, dicha actividad se construye sobre espacios y tierras naturales como la costa (el modelo de “turismo de sol y playa”).En el imaginario colectivo balear (con las consabidas peculiaridades entre islas), existe cierta tendencia a atribuir al turismo el progreso, la modernización y la evolución histórica como región. Aunque el desarrollo de la actividad turística a lo largo del siglo XX sirve para interpretar la transformación social y cultural que han vivido las islas, el archipiélago entró al siglo XX incorporado de lleno en la división internacional del trabajo como un espacio periférico dedicado a la exportación: zapatos, bisutería y productos de la agroindustria. Las iniciativas empresariales, políticas y culturales eran de gran calado y estaban ya inmersas indiscutiblemente en la historia del capitalismo contemporáneo y de la modernidad occidental. La realidad es que para algunos sectores es imprescindible tener el pasado de su favor para seguir justificando el presente. La especialización turística balear, el monocultivo turístico, no se construyó sobre un folio en blanco, sino que se forjó a partir de mordaces procesos desposesión y privatización de espacios naturales (entre los que la costa es su principal víctima), como bien ocurre con otras tantas regiones del capitalismo histórico mundial. 

     La noción “acumulación por desposesión” (Harvey, 2004) se utiliza para describir un proceso propio del capitalismo que ha venido extendiéndose desde la década de los setenta en buena parte del globo y que responde a la necesidad que tiene el capitalismo de crear nuevos espacios para los mercados de su naturaleza. Este es un elemento clave para entender tanto los primeros procesos de desposesión y privatización masivas en los albores del capitalismo que Marx reunió bajo el concepto de “acumulación originaria”, así como los procesos económicos actuales. Estos últimos se iniciaron durante la década de los setenta cuando el régimen de acumulación (que consiste en la reinversión de la ganancia generada en el proceso productivo, lo que la convierte en un elemento distintivo del capitalismo) fordista se estaba agotando y este requería de nuevas formas de acumulación, en este caso por “desposesión”. La caída del Muro de Berlín a finales de 1989 aceleró la expansión de estas nuevas dinámicas capitalistas que han dado en llamarse “neoliberalismo”.

     Los defensores de la ideología neoliberal presuponen que los mercados abiertos, competitivos y sin regulación alguna (sin interferencias estatales), representan el mecanismo más adecuado para el crecimiento económico. Sin embargo, la llamada “desregulación” económica fue, en realidad, un régimen re-articulador, una re-regulación económica resultado de la intervención estatal sobre los mercados. Frente a la capciosa dicotomía Estado-mercado, cabe señalar que los mercados siempre están constituidos políticamente y son el producto de marcos institucionales concretos que, por ejemplo, permiten la privatización de terreno público en favor de la construcción de grandes infraestructuras hoteleras y turísticas. Esta concreta constitución de los mercados permitió que el sistema financiero alcanzara el estatus de principal sector de actividad redistributiva gracias al fraude, la apropiación y la especulación. Asimismo, favoreció la promoción de las acciones bursátiles y la apropiación de bienes comunes como la tierra y el agua en favor de la expansión urbanística, o de activos anteriormente controlados por el Estado, como por ejemplo el sistema sanitario y el educativo. Las tierras comunes y los espacios públicos se ven reducidos y mercantilizados a través de mecanismos políticos que permiten la apropiación privada. 

     Se puede deducir así que el crecimiento urbanístico es una forma de apropiación del espacio público-común (espacios naturales como el litoral) para favorecer la iniciativa privada, en este caso del sector turístico, profundamente vinculado al sector financiero-inmobiliario (Murray,2012) y con especial relevancia del sector hotelero. La financiarización de la economía es ahora una constante del nuevo tablero capitalista, en donde la revalorización del suelo urbano para inducir usos más rentables (como bien pueden ser hoteles o complejos de apartamentos turísticos) se hace en perjuicio de lo común, siempre bajo la fórmula de concesiones legales. Sus manifestaciones más relevantes consisten en la turistización misma del espacio (ya sea una ciudad o una isla) y la gentrificación de la ciudad. Dichas transformaciones se han consolidado sobre los cambios en el uso del suelo: paisajes naturales, tierras públicas, que dejan paso a grandes construcciones preparadas para albergar a centenares de turistas y un modelo extractivista de recursos (como, por ejemplo, de materiales para la construcción o el agua) que hacen frente a aquella mayor demanda son algunas de las consecuencias de la prominencia de la actividad turística. Estas son el tipo de consecuencias que no se mencionan cuando habitualmente se escucha hablar de la industria turística.

     La turistización balear no sólo afecta a espacios naturales como el litoral costero, con la consiguiente presión sobre los recursos que ello supone. La expansión urbana y la pérdida de paisaje y espacios naturales en la costa mediterránea ha sido fomentada por la especialización turístico-inmobiliaria (López y Rodríguez, 2010). Desde la corriente de la teoría crítica urbana (Brenner, Bianchi), que se orienta a explorar las construcciones ideológicas y los bloques de poder que están detrás de las formas urbanas (Brenner, 2009), la geografía del turismo suele incluirse dentro de los procesos de acumulación de capital. En este sentido, los espacios urbanos en Mallorca y el resto de las Baleares se han volcado en la extracción rentable de beneficios a través de la actividad turística y la consiguiente construcción de edificios hoteleros y, en general, la proliferación no solo de edificios sino también de equipamientos dedicados a la actividad turística. Para entender el funcionamiento de estos espacios urbanos cabe revelar el papel que juega el Estado y los organismos gubernamentales locales, elucidando las relaciones entre estos y los sectores privados locales en la mercantilización de espacios naturales y otros espacios.

     En esta misma dirección, las tesis que el sociólogo francés Henri Lefebvre (1901-1991) expone en su obra La producción del espacio (2013) son realmente apropiadas para entender la producción de los espacios turísticos en las Islas Baleares. Desde una orientación marxista, el autor francés propone entender el espacio (rural, urbano, etc.) como una de las distintas herramientas que tienen las clases dominantes para mantener su hegemonía. El espacio, así, deja de ser concebido como el medio vacío que contiene las relaciones sociales para pasar a entenderse como una de las principales vías que perpetúa las relaciones dominantes-dominados, como una herramienta al servicio del poder y del capital. En España y las Islas Baleares, la producción de espacios turísticos ha servido para consolidar un régimen extractivista (de recursos y personas) que concentra la riqueza en unas pocas manos, entre las que están las del empresariado hotelero y, dentro de este, unas pocas cadenas hoteleras. Históricamente estas cadenas hoteleras1 han venido guardando vínculos muy importantes con otros actores económicos claves en esta producción de espacios turísticos, como las empresas constructoras o las agencias de viaje. Esta estructura dispersa del empresariado hotelero es vital para analizar su repercusión en los procesos de turistización del territorio balear, así como la evolución de la historia balear en las últimas décadas. 

 

Qué hacer. Pretendidas soluciones y soluciones necesarias

     Actualmente, las escasas voces que siguen obcecadas en defender modelos socioeconómicos como el balear corren el riesgo de ser tachadas, como mínimo, de perturbadas y negacionistas. Aunque estas no sean pocas (como, por ejemplo, Habtur, la patronal de alquiler vacacional), existe un amplio consenso que reconoce el problema y son mayores en número las propuestas (muy diversas, puesto que cada una atiende a realidades concretas) que proliferan para poner freno a la insostenibilidad de estos modelos: desde las llamadas al turismo lento, pasando por la zonificación para limitar el alquiler vacacional, hasta aquellas otras que proponen acabar con el “todo incluido”, regular la llegada de turistas promocionando un turismo ‘de calidad’, etc. La información y el diagnóstico que hasta ahora se han expuesto deben servir como instrumentos para valorar minuciosamente las propuestas e iniciativas, para ponderar sus potenciales impactos y beneficios. Es por ello por lo que existe la necesidad de distinguir entre aquellas propuestas confusas que, como se tratará de demostrar, acaban reducidas a simple retórica o entelequias (y que en muchas ocasiones se identifican con aquellas propuestas institucionales), y aquellas otras que tienen como objetivo atajar el problema de raíz. Entre las que se incluyen en el primer grupo se encuentran todas aquellas propuestas destiladas a partir de la noción de desarrollo sostenible, como el turismo sostenible. Estas han desembocado en el uso y abuso del término sostenible como una nueva estrategia, un nuevo nicho de mercado del capitalismo enmarcado bajo la noción de capitalismo verde.

a)  La retórica del desarrollo sostenible

     La construcción y la concepción de desarrollo como crecimiento económico pronto se vieron envueltos en polémicas teóricas y políticas que dieron lugar a enfoques críticos, como el enfoque de la dependencia que surge en América Latina de las tesis guevaristas. Diferentes grupos sociales como partidos políticos, sindicatos, empresas o movimientos sociales también han contribuido a la construcción y la crítica del concepto, así como a su aplicación en el campo de la política. Por otro lado, emergen aproximaciones ambientalistas en un contexto en el que afloran problemas y riesgos ambientales: deforestación, contaminación de mares, ríos y lagos, contaminación acuciante o la desertificación son cuestiones que comienzan a achacarse a un modelo de desarrollo que considera a los recursos naturales como simples medios para el enriquecimiento económico.

     Con el objetivo de contrarrestar estos y otros males ocasionados por el mantra del desarrollo, surge el concepto de desarrollo sostenible a la luz de la Primera Cumbre de la Tierra, celebrada en 1972 en Estocolmo. En ella, según J.M Naredo (2007), se presenta dicho concepto con ambigüedad calculada y, cuando no se utiliza de dicho modo, se opta por la corriente débil de la sostenibilidad. En dicha cumbre participaron más de 100 países y fue el primer precedente de la lucha global contra los problemas ambientales. Fruto de dicha reunión se crea también el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) con el objetivo de señalar la profunda relación entre desarrollo económico, social y medio ambiente. Desde entonces y hasta su apoteosis en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, la aparición y consolidación de enfoques medioambientales en torno al desarrollo crecen exponencialmente. Algunos de los términos que aparecen son el ecodesarrollo, el otro desarrollo y desarrollo sostenible, este último casi omnipresente en el lenguaje científico, periodístico, social y político desde 1992. Es un término que nace del reconocimiento de que existen límites naturales a la expansión de la civilización occidental (que no pueden excederse si se pretende sobrevivir como humanidad), resultado de una toma de conciencia global relativa que pone en entredicho la viabilidad del crecimiento económico como objetivo deseable. No obstante, la etiqueta “sostenible” se ha popularizado y utilizado indiscriminadamente, posibilitando que aquella se convierta en un nuevo nicho de mercado para las lógicas capitalistas.

     Dentro de este nuevo paradigma marcado por la retórica del desarrollo sostenible, la Organización Mundial del Turismo estableció las directrices que debían guiar el desarrollo sostenible del turismo, así como las prácticas que deben ser aplicadas en todos los destinos turísticos. Ello prueba que empieza a crecer una demanda de turismo más respetuoso con el medioambiente, de la que nacen propuestas como las ecotasas para la protección de zonas naturales vulnerables; propuestas relacionadas con un alojamiento local y de cercanía, bajo la etiqueta de comercio justo, que consuma menos recursos energéticos que las grandes infraestructuras hoteleras y, entre muchas otras, aquellas que apuestan por la revalorización de aquellos trabajos relacionados con la actividad turística (las Kellys). La OMT define turismo sostenible como: El turismo que tiene plenamente en cuenta las repercusiones actuales y futuras, económicas, sociales y medioambientales para satisfacer las necesidades de los visitantes, de la industria, del entorno y de las comunidades anfitrionas.  A la luz del informe que la Organización Mundial del Turismo (OMT), el PNUMA y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) realizaron conjuntamente para la segunda Conferencia Internacional sobre Cambio Climático y Turismo en octubre de 2007 resulta contradictorio hablar de turismo sostenible. Esto se debe a que, según el informe de 2007, las emisiones de CO2 procedentes del turismo internacional, incluidos todos los medios de transporte, el alojamiento y otras actividades relacionadas, alcanzaron los 1307 millones de toneladas en 2005, un 4,95% del total mundial. El número total de turistas con el que trabajaba dicho informe era de 846 millones de turistas, mientras que según los datos que la OIT presentó en 2017 la cifra de turistas a nivel mundial en ese año alcanzó los 1235 millones, razón por la cual convendría actualizar el informe realizado en 2007.

     Con motivo de la celebración del Año Internacional del turismo sostenible para el desarrollo, impulsado por la ONU y la OMT el Govern de las Islas Baleares (compuesto por miembros del PSOE y Més) y los Consells insulares crearon el documento Estrategia de Turismo Sostenible para las Islas Baleares 2017-2020 “que tiene como principal finalidad la competitividad sostenible de Islas Baleares”. Según el documento esta debe basarse en “un modelo turístico conforme a los principios generales de la sostenibilidad, el crecimiento económico inclusivo y sostenible; la reducción de la pobreza y la generación de bienestar; el uso eficiente de los recursos, protección ambiental, lucha contra el cambio climático y equilibrio territorial; los valores culturales, diversidad y patrimonio; la comprensión mutua, paz y seguridad”. En una aproximación somera, cualquiera puede atestiguar estrategia del Govern resulta insuficiente para poner freno a la acuciante saturación, la cual conduce al deterioro ecológico y a una presión enorme sobre los recursos. No obstante, es importante reconocer que existe cierta conciencia institucional de la complejidad del asunto (aunque posteriormente no se materialice en acciones concretas). 

b) Una propuesta realista

     La propuesta del Govern, enmarcada bajo el paradigma de desarrollo sostenible, no pone freno a la creciente presión sobre los recursos que trae consigo la llegada masiva de turistas. Por ello, más que ponerle coto y ofrecer soluciones, sigue perpetuando el modelo de monocultivo turístico. Tal vez por todos los ánimos que ha levantado la noción de desarrollo sostenible son este tipo de propuestas las que hoy día gozan de mayor visibilidad social y propaganda. Sin embargo, desde diversas instancias, y muy especialmente desde los movimientos sociales críticos con el turismo, existen otras propuestas y otros conceptos con los que abordar las situaciones de excepción que se están viviendo durante los últimos años en estas islas. La única solución con la que detener el progresivo deterioro ecológico balear pasa por la desturistización de la economía. Esta se cimenta, necesariamente, sobre dos principios básicos: limitar y regular la actividad turística y, por otro lado, diversificar la economía.

     La respuesta a las cuestiones de la limitación y regulación pasan por la noción de decrecimiento: decrecer turísticamente para crecer en otros aspectos.  Aunque no existe una definición ampliamente compartida para el término decrecimiento, muchas voces coinciden en que este expresa una aspiración o un marco en el que confluyen una miríada de corrientes de pensamiento, propuestas para la acción e intervenciones socioeconómicas y ecológicas. Como corriente de pensamiento político, dicho concepto se define en oposición al crecimiento como marco de referencia dominante en la economía actual. Este concepto tiene los mismos orígenes que dieron lugar a la noción de desarrollo sostenible. Tal y como se ha comentado hacia el principio de este trabajo, estos orígenes pueden remontarse a todos aquellos críticos con la idea de desarrollo, crecimiento, así como con la sociedad del consumo, principalmente después de la II Guerra Mundial. Aunque el término decrecimiento fue apartado por el de desarrollo sostenible, desde el año 2002 el movimiento por el decrecimiento ha tomado fuerza de nuevo, sobre todo a partir del inicio del coloquio celebrado en el Palacio de la UNESCO de París, organizado por el Programa Gestión de las Transformaciones Sociales de la UNESCO. 

     Sin embargo, para el eco-marxista John Bellamy Foster (2009) el decrecimiento, también en la industria turística, es un "teorema imposible" en el seno de una economía capitalista. Defiende que el capitalismo “requiere un crecimiento continuo para gestionar sus contradicciones internas que, de otro modo, amenazarían su supervivencia”. Dentro de los circuitos económicos globales, el turismo puede ser entendido como una de las principales vías “que mantienen la expansión y la reproducción ampliada del sistema capitalista”. Desde esta perspectiva, un decrecimiento real requeriría desafiar los principios fundamentales de la economía capitalista y trabajar para poner en marcha aquella reestructuración económica que demanda la sostenibilidad fuerte. 

     Aun así, resulta obvia la necesidad de una planificación y un control sobre aquellas actividades que hoy día se hallan completamente vinculadas al crecimiento turístico. Entre estas actividades figuran, básicamente, el caso de los cruceros y el parque automovilístico. Ambos fenómenos (tratados a lo largo de este proyecto) alimentan los niveles de saturación, el monocultivo turístico y tienen consecuencias desastrosas para el medioambiente. Decrecer en estos términos implicaría una fuerte planificación portuaria para reducir el número de cruceros que llegan mensualmente a los puertos baleares, así como limitar el número de cruceros que pueden coincidir en ellos un mismo día; decrecer equivaldría a poner límites al número de coches de alquiler que verano tras verano colapsan las carreteras y fomentar, no sólo mediante la concienciación sino también materialmente, el uso del transporte público entre residentes y turistas. 

     Sin embargo, para abandonar el monocultivo turístico no es suficiente con fijar límites. La desturistización de la economía balear exige su diversificación: decrecer turísticamente para crecer en otros sectores. Es tarea de la sociedad balear presionar desde abajo y abrir cauces a través de los cuales poder decidir esta y muchas otras cuestiones. En este sentido recordar la idea del Adam Smith menos conocido resulta mordaz y de una urgencia acuciante:  la prosperidad no consiste ni en la riqueza económica ni en la abundancia de bienes, sino en la participación popular en los asuntos económicos.

 

Notas y referencias

1. Una cadena hotelera (CCHH) es una empresa que administra a través de una gestión única un gran número de hoteles, hoteles apartamento y/o apartamentos turísticos que pueden estar ubicados en diferentes áreas. Según Hosteltur, en el año 2012 una tercera parte (más de 5 millones) de habitaciones de hotel del mundo estaban controladas por 300 cadenas hoteleras, y 3,9 millones de habitaciones de hotel estaban controlados por las diez principales cadenas hoteleras.

 

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