© 2020 Agón, Cuestiones políticas

Pensando el fin de ciclo a través de la plurinacionalidad: España y el problema federal

Per Xavier Calafat Martínez

 

Algunas notas introductorias del fin de ciclo

 

Y sucedió. Nos vemos abocados a unas nuevas elecciones con la mayoría de los efectivos con que contamos en retirada, desorientación, cierre de filas dogmático por no hablar de abierto enfrentamiento entre todos aquellos que militan en eso que en Argentina llaman el campo popular, y aquí, como un indicio de la grave crisis identitaria y de programa que sufrimos, no sabemos ni cómo llamar a todo aquel que apuesta por la transformación social.

La situación no puede ser más dramática, después de un vigoroso ciclo de movilización popular como el que hacía décadas que no se veía en esta orilla del Mediterráneo, una rápida organización de una novedosa fuerza política, que fue capaz de obtener los mejores resultados para una fuerza abiertamente transformadora y progresista en la historia de nuestra democracia, y la derrota del gobierno conservador de Mariano Rajoy. Ahora ha llegado el invierno.

Los dos ciclos que se interconectaron, el ciclo de movilizaciones populares (2011-2014) y el ciclo de “batalla institucional” (2014-2019) han sido derrotados. Xavier Domènech (2014: 30-31) resumía bien la derrota movimentista al explicar cómo a pesar del relativo éxito de la PAH o las Mareas ciudadanas, estas chocaban contra un sistema político cerrado a sus demandas y con poca capacidad ni siquiera de integrar algunas en forma de revolución pasiva (en términos gramscianos).

Por tanto, se debía dar «el paso a la acción política más directa en el intento de asaltar unas instituciones que en la dialéctica entre movimientos sociales y sistema político ya no daban ningún tipo de respuesta» (Domenech, 2014: 31). 

Pero si la dinámica movimentista parecía estar agotada, la vía de conseguir poder institucional no ha ofrecido mejores perspectivas de acción para los movimientos sociales. Dado que son los propios partidos políticos como Podemos o las fuerzas del cambio como Compromís o MES, los que muestran la problemática del acceso al poder por parte de actores políticos no convencionales, han entrado en una dinámica de cooptación por parte del sistema político que pretendían cambiar.

Sin embargo, hemos vivido algunos fogonazos de movilización que merece la pena señalar: los pensionistas en lucha en plenas negociaciones de los presupuestos generales, la gente de Murcia en una heroica lucha consiguiendo el soterramiento de las vías del AVE, Galicia defendiendo la poca industria que queda y sus puestos de trabajo y, a pesar de todo y las contradicciones a las que se enfrenta, el movimiento nacional catalán siendo capaz en pleno rebufo de las movilizaciones de sacar gente a la calle y mantener un pulso con el Estado. Y, por supuesto, el movimiento feminista y ecologista, por nombrar algunas de las más importantes.

¿Qué tienen en común estas luchas? Déjenme aventurar una hipótesis: las periferias del Estado han llevado la voz cantante y han demostrado que es en estas donde se encuentra el mejor material social para enfrentarse al Régimen del 78. Y esto no es casual. Por los lares de este campo popular a construir resuena mucho la siguiente idea: todo impulso transformador y democratizador ha tomado siempre un cariz descentralizante, e incluso federal, mientras que todo impulso reaccionario y desdemocratizador ha tomado un cariz centralizador. 

Es por esto que si cabe hablar de la construcción nacional-popular de España, debemos entender que esta se ha dado fundamentalmente en las “otras” naciones del Estado Español, frente a la construcción autoritaria y unitaria del nacionalismo español.

De hecho, la cuestión a la que nos enfrentamos hoy es de nuevo una centralización autoritaria basada en una lógica permanente de universalización del 155, es decir, de pérdida de libertades y derechos en todos los lados del Estado.

En este breve artículo intentaré apuntar las claves que debemos resolver para afrontar el momento político actual, que, al entender de este autor, están profundamente vinculadas con la cuestión nacional y su resolución en forma confederal.

La revolución nacional española en perspectiva

 

Para entender a lo que nos referimos haremos un breve recorrido por el S.XIX español y lo que a nuestro entender fue el movimiento, ideología y propuesta política más importante y que aún sigue resonando en la actualidad. Me refiero, como no, al federalismo, que lejos de ser ese movimiento inmaduro, inconsciente o incluso “pequeño-burgués” según algunas escuelas marxistas, se trata del árbol que dará cobijo y fomentará las demás propuestas políticas transformadoras españolas que surjan posteriormente.

Retroceder hasta el siglo XIX no es capricho propio o por necesidad de encontrar ahí al primer federalismo. Sino porque es en ese siglo XIX donde están los orígenes del Estado moderno y de los primeros pasos del capitalismo hispano. Es más, en este siglo nos encontramos con el fenómeno más claro de construcción nacional de España, como bien ha afirmado Alba Rico (2017) recordando que «España no nace en enero de 1492, cuando los Reyes Católicos unifican territorialmente los “reinos” peninsulares, sino el 2 de mayo de 1808, cuando los “reinos” se quedan de pronto sin reyes». Hablamos, como no puede ser de otra manera, de la Guerra del Francés, la guerra contra la invasión napoleónica, donde las masas asumieron la defensa de la patria en peligro. Es el nacimiento de la nación española. El que las masas llevaran crucifijo y no el gorro frigio no quita el potencial revolucionario que se desató en ese momento.

En la Francia revolucionaria y su vigoroso movimiento popular de los sans-culottes (como bien han explicado la gente del Movimiento por la Reconstitución) «centro político estatal y vanguardia social coinciden». Así, observamos a París como la sede de la revolución y sus periferias como la sede la reacción (Ciudad vs Campo). Por el contrario, en España, el campo es la sede donde se expande la Revolución, y es Madrid la ciudad a sitiar y conquistar para la causa revolucionaria (Campo vs Ciudad). Solo en unas condiciones así nuestro pueblo pudo inventar la famosa guerrilla. El histórico carácter agrario de nuestro país provocaba que la mayoría de población se acumulara en regiones periféricas (1), contrastando de nuevo con el carácter urbano de la France.

Y aquí debemos detenernos, porque este fenómeno se vincula con el surgimiento de las Juntas y su carácter absolutamente descentralizado. Las Juntas fueron los órganos que encauzaron el potente movimiento de masas y, lo más importante, en sus inicios fueron creados y gestionados por las propias masas. Esta tradición juntista no cesará de volver a lo largo de nuestra historia, desde la Gloriosa hasta el 36, siempre en el mismo contexto de deslegitimación y desaparición del Estado. 

Las Juntas se establecieron en todas las provincias españolas, teniendo su primer centro de unificación en Cádiz. Estas reunieron a toda una variedad de estamentos generando, por así decirlo, un bloque histórico anti-francés: desde absolutistas partidarios de Fernando VII a liberales radicales, de campesinos a nobles e intelectuales. Pero la peculiaridad de este bloque fue su carácter descentralizador, tal cosa se comprueba fácilmente al profundizar un poco en el fenómeno y observar como las Juntas se constituyeron como supremas y soberanas en cada uno de sus territorios, y que los focos revolucionarios estuvieran en ciudades como Cádiz y posteriormente en Barcelona.

Es decir, a pesar de la ausencia de una teoría republicana y federal, el carácter propio del movimiento nacional fue imprimiendo un sentido federal y republicano a la idea de la nación.

La  pronta restauración y el consiguiente fracaso de la Constitución de 1812 provocó un cierre autoritario y la llegada al poder de Fernando VII. Y aquí vemos que el nacimiento del Estado moderno español se hace contra la revolución, y no desde ella, como había sucedido en Francia. Esta particularidad de la revolución nacional española, a parte de los factores que ya hemos explicado, se debe primordialmente a la propia historia imperial que situó en el centro de Castilla el núcleo político del Estado y expulsó hacia su periferia al eje de desarrollo social más avanzado. 

José Luis Villacañas (2014) ha sabido leer así las consecuencias del establecimiento del Imperio español, de lo que también se extrae que España sea una nación tardía y su Estado se establezca sobre un conjunto multinacional. En la misma línea se sitúa Alba Rico (2017) al decir que «el País Vasco y Catalunya, que no tienen Estado, se construyen como “nación” antes que España, que nace primero como Estado y sólo más tarde como “nación”», es decir, el problema no es que las gentes de las Castillas sean más conservadoras por naturaleza, sino que Castilla fue la primera damnificada por el Imperio y la primera en ser subyugada, tras la derrota de los comuneros. Y podríamos citar al propio Linz (1973), conocido no precisamente por ser un malvado secesionista pero sí una persona lúcida e inteligente, cuando decía que «puede que esas minorías que se identifican con una nación catalana o, especialmente vasca, sean pequeñas, pero demuestran el fracaso de España y sus élites a la hora de construir una nación, sea cual sea el grado de éxito en la construcción del Estado»

Por tanto, la revolución nacional española debía lidiar con dos hechos: (1) que otros territorios incluidos dentro del conjunto multinacional de su antiguo Estado hacía tiempo que ya se habían convertido en naciones y (2) que la construcción nacional, para ser exitosa, se debía vincular con la necesaria transformación social que debía ocurrir, es decir, con la justicia social. Pues como comentaba Clara Ramas (2019) «sin transformación social no hay construcción de patria: el único camino progresista es anudar la nación y el pueblo. Sería el hilo que se retomaría en las Cortes de Cádiz, donde se reunían los hombres más progresistas de España: los que venían de Galicia y Cataluña»

Sin embargo, ninguno de estos hechos fue encauzado. Las Juntas se centralizaron, y a su mando se situaron las antiguas elites absolutistas que ahora buscaban la vuelta del Borbón. La historia que sigue después, ya es ampliamente conocida. España, continuaba por hacer.

A pesar del fracaso histórico que supuso la derrota de la revolución nacional, sus ecos resonaron por medio mundo y condicionó las tentativas revolucionarias del futuro.

A partir de ese momento los campos políticos enfrentados se clarifican mejor, no en vano el signo de distinción de los liberales progresistas (que pasará luego al federalismo) fue la bandera de la autonomía de los Ayuntamientos y la Milicia Nacional, como no es casual que, en la actualidad, las fuerzas del cambio político hayan encontrado sus bastiones en los Ayuntamientos de las grandes ciudades (y sea precisamente en Cádiz donde las fuerzas del cambio político han demostrado una saludable vigorosidad).

El moderantismo, por el contrario, impulsará frente al municipalismo del ala progresista, una Ley de Ayuntamientos que los sometía al aparato burocrático central y frente a la Milicia Nacional progresista, hija de las Juntas y vinculada a la autonomía municipal, la constitución de la Guardia Civil en 1844.

Revisitando el federalismo español

 

Por cuestiones de espacio no podré realizar aquí el necesario repaso histórico del XIX español, necesario para entender el federalismo en su complejidad, movimiento heredero de las largas luchas liberales para asentar una sociedad moderna. Luchas que, a pesar de sus derrotas y escisiones, acabaron por enterrar la antigua sociedad feudal (2). Entierro que fue más bien integración de las viejas élites feudales en la moderna sociedad capitalista. El trienio liberal, los continuos pronunciamientos y las frecuentes escisiones entre liberales, moderados, progresistas, demócratas y republicanos unitarios son los antecedentes naturales del movimiento federal.

En este aparatado nos centraremos en exclusiva en este movimiento y en concreto al que fue su máximo referente, Francesc Pi i Margall, que representa con fidelidad el espíritu de época que se vivió en España en esos tiempos, al pasar su pensamiento por el liberalismo clásico para, como dijo Jaime Pastor (2016), «enriquecerlo con un contenido democrático radical, federalista y social que le fue distanciando de sus orígenes para acercarlo cada vez más a las aspiraciones populares asociadas al socialismo y al anarquismo».

Y es que, si como dijera Perry Anderson, España no contó nunca con un pensamiento marxista original como si tuvieron Francia o Italia, fue porque el marxismo nunca fue la ideología de las clases subalternas españolas (3), como si llegó a serlo el republicanismo federal o el anarquismo. Pi i Margall es nuestro Gramsci español (4).

Por decirlo así, es Pi i Margall el que sintetiza toda la tradición revolucionaria española y la dota de un contenido novedoso y orgánico. En Pi i Margall culmina toda la anterior tradición progresista que, sin saberlo, había ido definiendo una concreta manera federalizante de llevar acabo sus actuaciones. Es decir, la inmadurez histórica de la formación social española, a la que Villacañas (2019: 212-213) hace referencia en su obra Imperiofilia y el populismo nacional-católico, produjo tal divorcio entre intelectualidad y pueblo que generó una dificultad histórica para generar vínculos sólidos entre esos grupos sociales (un fenómeno que, por cierto, de nuevo se reproduce en la actualidad). Así, entre otras problemáticas sucedió que a pesar de que el federalismo ya existía durante la guerra contra la invasión napoleónica, no será hasta bien entrada la mitad de siglo cuando se teorizará como tal.

El federalismo de Pi i Margall está lejos de ser una mera cuestión sobre la “forma” que debe adoptar el Estado, es una propuesta social y política, no tanto institucional. Está profundamente enraizado con el movimiento obrero y el alumbramiento de una nueva sociedad. El propio Pi i Margall en uno de sus primeros textos, La Reacción y la Revolución (1854), decía que «(…) no sólo es necesario acabar con la actual organización política, sino también con la económica; es indispensable, no ya reformar la nación, sino cambiar la base» (1854:195). 

De esta forma el catalán nos explica que la constitución de una sociedad sin poder es la última de sus aspiraciones revolucionarias y, que, para conseguirlo se debe fragmentar el poder:

El poder, hoy por hoy, debe estar reducido a su menor expresión posible ¿Le da fuerza la centralización? Debo descentralizarlo ¿Se la dan las armas? Debo arrebatárselas ¿Se la dan el principio religioso y la actual organización económica? Debo destruirlo y transformarla. Entre la monarquía y la república, optaré por la república; entre la república unitaria y la federativa, optaré por la federativa; entre la federativa por provincias o por categorías sociales, optaré por la de las categorías. Ya que no pueda prescindir del sistema de votación universalizaré el sufragio; ya que no puedo prescindir de magistraturas supremas, las declararé en cuanto quepa revocables. Dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré y lo iré de seguro destruyendo (Pi i Margall, 1854: 154)

 

Como explicaba Xavier Domènech (2019) en la conferencia impartida durante la primera sesión del curso sobre lo nacional-popular en Catalunya, Pi i Margall partía de la contradicción entre poder y libertad para explicar el resto de contradicciones, lo que le llevaba siempre a optar por la libertad. Así, en la contradicción capital y trabajo, Pi i Margall tomaba partido por el mundo del trabajo, oprimido por el poder del capital; en la contradicción entre Estado y Nación, por la nación oprimida por el poder del Estado; o en la contradicción entre  monarquía y república, por el pueblo que no podía elegir a su jefe de Estado. Por eso, como decía Domènech (2019), el federalismo de Pi i Margall será “un árbol de la libertad” que dará cobijo a las próximas ideologías de las clases subalternas que emergerán con fuerza en el siglo XX. 

Lejos de ser un pensamiento aún inmaduro por la época histórica y fruto de un cierto pequeñoburguesismo, el republicanismo federal de Pi i Margall se configurará como una particularidad española de las ideologías emancipatorias. Desde el anarquismo pasando por los diversos comunismos, Pi i Margall será leído y estudiado para entender las posibilidades de victoria de los subalternos.

El federalismo de Pi i Margall, no se vincula solo a la solución democrática de un estado multinacional sino que vincula de abajo hacia arriba, mediante pactos, a los individuos y sus estructuras más cercanas. Siendo así que «a diferencia de la versión tergiversada que en la actualidad y por conveniencia política se tiene del federalismo, el original habla de soberanía absoluta de individuos y municipios, no de estados, en que toda relación se fundamenta en pactos libres, transitorios y revocables en función de las necesidades de los individuos o las colectividades» (Diez, 2016). 

Finalmente, debemos hacer mención a la concepción que tenía Pi i Margall sobre la nación. Pi i Margall parte de las provincias históricas españolas, que según él son los territorios históricos del Estado que antes fueron Reinos. Sin embargo, la suya no es una visión historicista (o no sólo). Se puede afirmar que la suya es una visión mixta, donde se comprende el origen histórico de los pueblos, pero se enfatiza la importancia de la política. ¿Entonces qué tenemos? ¿Una visión romántica alemana o política francesa? Como decíamos, para Pi i Margall ni la historia es buena consejera para determinar que es una nación hoy, ni la simple voluntad de unión política podrá generar pactos duraderos. Su aspiración a federar a toda la humanidad, pero manteniendo las diferencias nacionales le podría situar en la línea de lo que posteriormente defenderán los austromarxistas.

Desgraciadamente, este programa federalizante y popular no pudo llegar a ser implementado. La Primera República española que nació en los estertores del Sexenio Democrático fue incapaz de estabilizarse. El movimiento federal, fruto de su unidad de acción con los grupos anarquistas, se separó cada vez más de la línea oficialista que presidía el propio Pi i Margall. La República fue constantemente amenazada por su izquierda y por su derecha.

Aunque esta época nos deja otra de esas explosiones juntistas de las masas que merece la pena recordar. Como decíamos antes una parte del movimiento federal acabó confluyendo con grupos anarquistas, y así empezó el movimiento cantonal. La experiencia de los cantones demuestra hasta qué punto es cierta nuestra hipótesis, pues el caldo de cultivo radical prendió mecha otra vez en las periferias. En el verano de 1873 se produce una insurrección cantonalista que se extiende principalmente por València, Murcia y Andalucía.

El Comité por la Reconstitución (2018:22) habla de este momento como la culminación de «toda una dinámica histórica que lleva hasta sus últimas consecuencias la lógica progresista  juntista.  Cada  Cantón  se  declara  soberano  e independiente en   espera de un proceso de libre asociación federal que edifique la república de abajo- arriba». 

 

Apuntes para el ciclo por venir

 

Valgan estas breves notas para cerrar este incompleto y matizable artículo, pero que espero sirva a la confederación de proyectos de transformación social y a la comprensión de nuestra propia historia.

Los últimos movimientos en el espacio del cambio político apuntan a que, de nuevo, la lógica centralista se ha roto. como decíamos con Amadeu Mezquida hace unas semanas, la existencia de ese “madridismo político” es un lastre que nos debemos remover de encima. Pareciera que los movimientos de Teresa Rodríguez en Andalucía, el propio enfant terrible de la izquierda española, Íñigo Errejón, y la decisión del valencianismo de concurrir con el propio Iñigo, apuntaban a que Más País podría ser un embrión, un principio, de algo confederal. Sin embargo, la reciente dimisión de la implacable feminista Clara Serra, la renuncia de las Mareas Gallegas a concurrir con Iñigo y también de los Comunes catalanes, obligando así, a Más País a presentar listas en Barcelona, alejan de momento esa posibilidad. 

Volvemos a querer correr y atarnos los zapatos a la vez. Habrá que ver cómo evoluciona este espacio y si en tiempos más calmados se podrá volver a poner sobre la mesa la imprescindible tarea histórica que tenemos por delante.

Mi compatriota mallorquín Antoni Trobat, definía esa tarea como la construcción de un HDP ibérico, haciendo referencia así al partido kurdo-turco como fenómeno que es imprescindible comprender:

El movimiento político kurdo mayoritario en Turquía y en Siria que ha cristalizado después de décadas de resistencia un proyecto novedoso, el confederalismo democrático, basado en el feminismo, el ecologismo y el pluralismo, lo ha hecho, en Turquía, yendo más allá de la propuesta tradicional del kurdismo de izquierdas. Vía el HDP (el Partido Democrático de los Pueblos) ha vehiculado una fuerza política estatal capaz de plantar batalla en todo la República de Turquía: desde los municipios del sudeste más monolíticamente kurdos y comprometidos con el Partido de los Trabajadores del Curdistán —PKK— hasta las aldeas de la Anatolia profunda con hegemonía del islam político o las ricas y kemalistas ciudades de la costa mediterránea. El HDP en Turquía es el partido de los armenios, de los circasianos, de los trans, de los trabajadores explotados, de los funcionarios expedientados y de las feministas (Trobat, ,2018). 

Concluía el periodista mallorquín imaginando que un HDP Ibérico podría ser una buena estrategia, pero «haría falta que convergieran actores como la izquierda vasca, el movimiento nacional gallego y el valencianismo o el mallorquinismo» (Trobat, 2018). 

Referencias y notas:

 

 1. Fenómeno que se sigue produciendo en la actualidad. Frente a la famosa España Vacía (o vaciada) nos encontramos con que el grueso de la población española se acumula en la costa del Mediterráneo. 

 2. Las guerras carlistas no son otra que cosa que ese tira y afloja entre reacción y revolución. Tal y como dijo Marx (1980:149) «la lucha entre los dos regímenes sociales hubo de tomar la forma de pugna de intereses dinásticos opuestos».

 3. De hecho, la primera sección de la I Internacional que se constituye en España estuvo bajo la influencia de los anarquistas.

 4. El marxismo solo asumirá su hegemonía intelectual después de la Guerra Civil del 36 y en concreto durante la Transición, con intelectuales de la talla de Manolo Sacristán o Paco Fernández Buey.

Alba Rico, S. (2017) “2 de Mayo y 15M: la España sin hacer”. CTXT

Comité por la Reconstitución (2018) “El ciclo político de la revolución burguesa española” en Línea Proletaria nº3, pp 19-44 Disponible en http://www.reconstitucion.net/Documentos/LP_3/Linea_Proletaria_N3.pdf

Diez, X. (2016) El pensament polític de Salvador Seguí, Barcelona: Virus

Domenech, X. (2014) Asaltando muros. De movimientos sociales a movimientos sociopolíticos. Iglesia viva: revista de pensamiento cristiano, ISSN 0210-1114, Nº. 259, 2014 págs. 21-34. Disponible en https://iviva.org/revistas/259/259-12-DOMENECH.pdf

.- (2019) Pi i Margall. L'arbre de la llibertat: sobiranies, poder i nacions. Conferencia organizada con motivo del “Curs sobre allò nacional-popular a Catalunya” Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=V2_dR0mWWSs&t=2885s

Linz, J. (1975) “La política en una sociedad multilingüe con una lengua mundial dominante: el caso de España” en Linz, J (2008). Nación, Estado y lengua. Obras escogidas. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales: Madrid

Marx, K. & Engels, F. (1980) La revolución española. Akal: Madrid

Pastor, J. (2016) “Pi y Margall. Una idea democrática, federal y social de España” La Circular

Pi i Margall, F. (1854) La Reacción y la Revolución. Antrophos: Barcelona. 

Ramas, C. (2019) “España no es suya” CTXT

Trobat, A. (2018) “Cap a un HDP ibèric?” El Temps

Villacañas, J. (2014) Historia del poder político en España. RBA Libros

.- (2019) Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Lengua de Trapo: Madrid

Xavier Calafat Martínez

Politòleg per la UV. Membre del consell editorial d'Agon

  • Blanco Icono de Instagram
  • Twitter Icono blanco
  • Blanca Facebook Icono
  • Telegram-White-PNG

ReconÈIXER la tradició 

plurinacional i emancipatÒria

del nostre país 

és la condició de possibilitat

per A poder governar-nos

VOLS PUBLICAR

A AGON?

Publicacions

recomanades