Construiré mil ponts mil vegades

Marta Guillén

Rafa Molina, valenciaplaza.com

El sábado pasado algunos amigos y conocidos de la Vega Baja se manifestaron en Orihuela contra la Ley de Pluringüismo. Otros decidieron abstenerse de participar en la manifestación, conocedores de que la voluntad última de los organizadores era confrontar con el actual Consell, y la ley una excusa con todos los ingredientes para ello. Pero incluso quienes ni siquiera conocían la convocatoria son conscientes de que existe un “sentido común” en la comarca de renuncia a la lengua valenciana, por considerarla ajena y lejana a la Vega Baja. Tristemente, la manifestación estuvo más relacionada con este problema que con la ley en sí misma. Es hora de superar las reacciones viscerales y poner el foco en plantear soluciones para este desapego si queremos un País Valencià inclusivo y diverso. Un país que construya mil puentes, mil veces.

 

Atendiendo de forma exclusiva a la Ley de Pluringüismo y su concreción técnica, se encuentran fácilmente motivos más que suficientes para generar reticencias. Su implantación se ha planteado de forma precipitada, sin dotar a los centros ni a los docentes de los recursos necesarios para desarrollarse con eficacia, tanto en el caso del valenciano como en el del inglés. La falta de recursos es mayor en las zonas castellanoparlantes y eso alimenta las protestas. Es cierto que, tras muchas presiones, la Conselleria de Educación ya se ha comprometido a que la implantación de la ley sea progresiva, algo que facilita mucho su gestión. Pero los meses de incertidumbre han sido un error político grave, y en nuestra comarca, el daño ya está hecho. En una cuestión tan extraordinariamente sensible como esta, el diálogo con la comunidad educativa de la Vega Baja tendría que haberse producido de forma previa (y no posterior) a la aplicación de la ley. El miedo a la hostilidad ha reducido al mínimo la comunicación entre la Conselleria y los centros educativos, y la falta de información ha dado alas a la derecha para exagerar las consecuencias de la ley y para convocar -vía FAPA- la manifestación, que responde claramente a motivaciones partidistas.

 

Sin embargo, no podemos cometer el error de pensar que la movilización del pasado sábado es exclusivamente partidista. Me avergüenzan algunos de los mensajes que se lanzaron, pero estoy convencida de que el sentimiento de abandono y de desapego de la gente de la Vega Baja es transversal a todas las ideologías. Es evidente que no todo el mundo lo vive y lo siente de la misma forma, pero sí que compartimos una idea fundamental: la Vega Baja es una singularidad en el País Valencià. Hablamos castellano, pero esto no tiene -o no tendría- por qué colisionar con los derechos de los valencianoparlantes. El problema no es la gente de la Vega Baja, sino la política lingüística que ha desarrollado el Consell durante 40 años (prácticamente ninguna) aderezada con el arte del PP para la confrontación.                  

 

Durante décadas, la política ligüísitica se ha reducido al derecho a la exención, mientras se aumentaban progresivamente los requisitos lingüísticos a los profesionales, lo que no ha hecho más que ampliar la brecha entre nuestra comarca y el resto. Y lo que es peor, se han puesto en marcha cero medidas destinadas a incentivar la curiosidad y el cariño por una lengua que no es propia de la Vega Baja, pero sí culturalmente próxima y además, bastante práctica. Esta falta de medidas no es sólo el producto de errores acumulados, sino que forma parte de la estrategia de división de una derecha que ha hecho muy bien su trabajo en términos identitarios, capitaneando una guerra cultural que ha derivado en una desafección hacia el valenciano -y, a veces, lo valenciano- enquistada y transversal. Un problema político serio que no se va a resolver con medidas administrativas, sino con tiempo, empatía y diálogo.

 

En los últimos años se ha insistido en la necesidad de aumentar los conocimientos técnicos y la competencia lingüística de los territorios valencianoparlantes. En mi opinión, tratar de generalizar el cariño y el respeto por el valenciano y combatir la sensación de "imposición" es tan importante (o más) que el dominio de la lengua. Es más, creo que sin cariño y sin respeto, difícilmente se va a conseguir que la gente castellanoparlante la use.

 

En lugar de cariño (o simplemente curiosidad), el sentimiento que realmente refleja la relación de la gente de la Vega Baja con el valenciano es la resignación. Ni siquiera el rechazo. El rechazo es la construcción de confrontación de la derecha que se asume cuando no hay alternativa. Pero lo que la gente siente es resignación, como con tantas otras decisiones centralistas que no se entienden. De hecho, me atrevo a afirmar que la inmensa mayoría no se manifiesta a la ofensiva sino a la defensiva. No se rechaza el aprendizaje de la lengua, sino las condiciones en las que se plantea. Así, se reivindica el reconocimiento de las dificultades añadidas que implica el aprendizaje del valenciano para los castellanoparlantes; y que ese aprendizaje no se puede dar de la misma forma en todos los territorios valencianos.

 

Quizás ya sea tarde, pero medidas como la formación de profesionales en su horario laboral, la eliminación de la exención con la posibilidad de que no haga media en Bachillerato o la obtención de un título que internamente dé acceso a la función pública podrían haber facilitado el proceso. No son medidas inventadas, se han aplicado en otras autonomías como Euskadi o Illes Balears. Analizar las experiencias de normalización lingüística de otros territorios es imprescindible, y ahora que los porcentajes de exención en Primaria y la ESO están en mínimos históricos estamos en condiciones de llevar a cabo esas medidas, no de meter con calzador asignaturas en valenciano para exentos y no exentos. No podemos empezar la casa por el tejado.
 

La Ley de Pluringüismo tiene que tratar de forma distinta a la Vega Baja, porque nuestra historia lingüística es diferente a la del resto de comarcas. El problema del diálogo y el reconocimiento de la diversidad es que complejiza y ralentiza la aplicación de medidas y la obtención de resultados políticos. Pese a ello, creo que no se puede obviar la realidad de una comarca (la tercera más poblada del País Valencià, por cierto). Todo ello me lleva a una reflexión identitaria: ¿existe un valencianismo suficientemente fuerte y desacomplejado como para asumir que el País Valencià es diverso lingüística y culturalmente, y que la cultura Vega Baja también es valenciana? Y, por otro lado, ¿somos capaces en la Vega Baja de definir y articular nuestra identidad de forma genuina y no por oposición a lo valenciano? Estoy convencida de que sí: tenemos patrimonio, cultura e historia de sobra para hacerlo. Ese es el reto que tenemos por delante.

Marta Guillén es profesora de secundaria y forma parte de Cambiemos Orihuela

 

Twitter: @_marguillen

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