Cuando el adversario te marca los pasos.

La ofensiva cultural de la derecha en medio de la crisis de la Covid-19

Adrián Iglesias García

Durante estas semanas hemos sido testigos de cómo la derecha está tratado de instrumentalizar la crisis del coronavirus, con el objetivo de obstruir y desestabilizar al gobierno, a través de una estrategia de acoso y derrribo más propia de golpistas que de fuerzas políticas que se digan democráticas. Sin embargo, esto no es algo nuevo, y es que es sabido que la derecha en España no se ha caracterizado nunca por poseer actitudes políticas elegantes y cordiales. Mucho menos cuando se ven en la tesitura de llevar a cabo la labor de oposición, fundamental para el desarrollo de una democracia parlamentaria, siendo en esta situación cuando demuestran mayores niveles, si cabe, de deslealtad, indecencia y grosería. 

 

Desde que Pedro Sánchez fue investido como presidente y, con más intensidad, desde que se conformó el gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, son habituales los discursos desarrollados por las fuerzas políticas de la derecha que advierten sobre los graves peligros que esta coalición supone para la estabilidad financiera o sobre el riesgo que constituye para la unidad de España. Además, se ha insistido en la idea de presentar a los partidos que integraron el bloque de la investidura como antiespaña, proetarras, enemigos de la patria y las libertades, separatistas, chavistas y populistas –en el sentido más peyorativo del término. Tras la declaración del Estado de Alarma a consecuencia de la pandemia, estos discursos se han quedado cortos al lado de las duras estrategias comunicativas que la derecha está llevando a cabo durante esta crisis. Tanto es así que, si bien la magnitud de la crisis sanitaria que golpea estos días nuestra sociedad no tiene precedentes, la actitud de la oposición, lejos de sus homólogos europeos, ha sufrido una escalada significativa en términos de agresividad discursiva, disparando los niveles de polarización política.

 

Es una constante escuchar en palabras de Abascal apodar al presidente Sánchez como sepulturero, mientras pide la intervención de los militares en los servicios esenciales del Estado, a la vez que desde el Partido Popular se pone en duda la preservación de la propiedad privada por parte de un gobierno al que no dudan en referirse como socialcomunista. No obstante, creo que estas declaraciones incendiarias y salvajes –campaña de manipulación, bots mediante– no deben sorprender a nadie, al menos a nadie con experiencia en política como lo son las y los miembros del gobierno, porque tienen que ver con comportamientos que se entienden como parte del ADN de una derecha que no sabe perder, que se cree dueña patrimonial de las instituciones, de manera que, cuando se ve obligada a ceder poder, aunque sea una mínima porción, se comporta como el niño al que le han quitado un juguete que consideraba de su propiedad exclusiva. Hablaba Roy Cobby, unos días atrás, de la estrategia conservadora como una guerra psicológica, una oposición fallida en tanto que no proyectan ningún tipo de alternativa posible que ofrezca una solución a la crisis y, sobre todo, que sea capaz de evitar acontecimientos del mismo tipo en el futuro, y que revela que su caduca doctrina económica es un peligro.

 

A pesar de esto, la derecha está consiguiendo imponer su marco, es decir, introducir con éxito en la agenda mediática y también política el relato de que las medidas del gobierno son extremadamente radicales. De esta manera, solo con quedarse quieto, puede parecer que, asumiendo este marco, el gobierno se sitúa en una posición profundamente transformadora. En este sentido, ocurre que se esta caracterizando la propia acción política del ejecutivo como mucho más progresista de lo que realmente es, en relación con el alcance real de unas medidas tibias, y en muchas ocasiones insuficientes, que se están tomando durante el Estado de Alarma para hacer frente a la crisis de la Covid-19. Mediante esta estrategia, el adversario consigue encorsetar la acción política del gobierno, en tanto que este asume los límites que la oposición misma acota de lo que es o no posible realizar, de qué medidas o reformas son viables. 

 

El problema fundamental se encuentra en que el discurso reaccionario siempre va a desarrollarse en base al mismo patrón, independientemente de la profundidad, en términos de bienestar social y ampliación de derechos y libertades, de las políticas que se apliquen. Por esto, es inútil que se haga política pensando en la manera en la que va a reaccionar una derecha instalada en una estrategia destructiva, con en el uso masivo de bulos y campañas de desinformación como arma política para desestabilizar al gobierno. Sin embargo, cuando me refiero a que desde la coalición de gobierno se parte de la aceptación de ese marco no quiero decir que el marco se considere, desde el propio ejecutivo, como un límite externamente impuesto a través del cual se justifiquen las escasas medidas en materia de protección social. De manera contraria, es precisamente el hecho de proyectar cada avance, aunque sea insuficiente, como un logro ideal, definitivo, donde se encuentra el error. Y es evidente que las victorias políticas, por mínimas que sean, deben ser comunicadas, pero la gestión que se está haciendo de la crisis deja mucho que desear, sobre todo si atendemos a las medidas desarrolladas por otros gobiernos, en muchos casos a priori más conservadores que el nuestro. Así, sucede que mientras inevitablemente se alimenta la vocería ultraderechista, la población a la que se pretende dirigir el "escudo social" queda desprovista económicamente debido al corto alcance de las políticas sociales.

 

Frente a las tímidas medidas aprobadas, muchos actores del campo progresista se han orientado hacia el apoyo crítico por la manera en la que esta gestionando el gobierno esta situación. Esquerra Republicana de Catalunya, EH Bildu, el Bloque Nacionalista Galego o Más País son algunas de las fuerzas que –directa o indirectamente– auparon a Sánchez y que ahora evidencian la falta de determinación de la acción del gobierno de coalición en la respuesta a la crisis sanitaria y económica desde una perspectiva social. Y es que, como se señalaba arriba, algunos gobiernos neoliberales como el de Emmanuel Macron en Francia o Justin Trudeau en Canadá adelantan por la izquierda en términos de medidas de protección social al Gobierno más progresista de la Historia, sin hablar de la actuación del gobierno italiano o el portugués. Precisamente este artículo se publica la semana en la que se ha retomado la actividad en sectores no esenciales,  muestra de la incapacidad del gobierno para anteponer la salud y el bienestar del pueblo español a los resultados macroeconómicos, con una decisión que pone en riesgo a las y los trabajadores y puede provocar un aumento en la tasa de contagios. A la vez que Sánchez habla de que la salida de esta crisis abre un nuevo paradigma, en el que, como se persevera en cada intervención pública de cualquier miembro del gobierno, no se va a dejar a nadie atrás, la restringida ambición de las políticas aplicadas se hace evidente. Las medidas aprobadas en materia hipotecaria no pasan de ser moratorias al pago y las ayudas respecto al alquiler excluyen a un volumen considerable de ciudadanos por los estrechos requisitos que han de cumplirse, como también ocurre en el caso de la renta de emergencia que resultaba, en última instancia, una suerte de subsidio condicionado y que, por el momento, no se va a poner en marcha.

 

Otro asunto en el que se ponen de manifiesto las limitaciones autoimpuestas en el gobierno tiene que ver con la negociación en el ámbito europeo. Si bien muchos países del norte de Europa, como Alemania y los Países Bajos, han demostrado una terrible insolidaridad con sus vecinos del sur, la suspensión del límite de déficit público del 3% del PIB ha revelado, una vez más, que las políticas dictadas desde de la UE son, al igual que en cualquier organismo político,  de carácter ideológico y no exclusivamente técnico como se ha venido manteniendo, y que con voluntad política puede abrirse espacio a una redistribución fiscal más justa. En este sentido, gobiernos como el de Conte en Italia o de Sousa en Portugal han mostrado su oposición a una salida similar a la crisis de 2008, rechazando el endeudamiento y apostando por la mutualización de la deuda desde la articulación de una alianza de los países del mediterráneo. La ministra Calviño ha dejado solos a estos países desestimando la creación de eurobonos y ha optado por defender una reducción de los tipos de interés de un posible rescate. A la espera de lo que ocurra en la reunión del eurogrupo que tendrá lugar esta semana, en ningún caso las expectativas son positivas.


En definitiva, admitir que es preferible que frente a esta crisis haya un gobierno como el de la coalición entre PSOE Y UP que uno compuesto por las fuerzas de la derecha no pasa necesariamente por verse obligado a defender todo lo que venga de él, puesto que estaremos asumiendo un marco funcional a los conservadores. No debemos permitir algo parecido a la consigna acuñada por Thacther del There Is No Alternative, pero en versión progresista, porque no es cierto que la única posibilidad frente al caos sea un nosotros como el que estamos viendo, un gobierno incapaz de profundizar en medidas de protección social que aseguren el bienestar de los más vulnerables. Podría parecer que el partido socialista está cómodo en esta postura, en tanto que no hay nada que una más al bloque progresista que la posibilidad de un gobierno de las tres derechas. Sin embargo, realizar una crítica constructiva a la acción de gobierno no significa adherirse al trotskismo suave, y es que parece que todo lo que no implique una defensa incondicional a la gestión del gobierno convierte al que enuncia la crítica en defensor de los planteamientos reaccionarios, y este relato no beneficia a reforzar las condiciones de vida de un pueblo castigado por una catástrofe de estas dimensiones. 

 

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