Crisis sobrevenida o gestores ineptos

Morante Milenial & Orti Ortiz

                                                                  Il·lustració per Albert Ripoll Olarte 

L'article que us portem hui, forma part d'una col·laboració a penes iniciada entre els així autoreconeguts com Dos Precaris i Agon, que així comença a perfilar el seu paper obert a la "confederació de projectes culturals" que indica el seu "qui som?". Confederació que ja s'ha anat plasmant amb diverses col·laboracions en distints llocs, com amb els companys catalans de Debats pel Demà o amb les amigues republicanes de Sin Permiso. En aquest cas, al projecte de Orti Orti & Morante Milenial, un podcast al voltant de diverses temàtiques d'actualitat polític-filosòfica que pretén fer reflexionar a la nostra generació de la precarietat i la falta d'horitzons vitals que pateix, ja hem participat alguns membres d'Agon. En aquesta ocasió, els toca a ells vindre al nostre format. Morante Milenial és eivissenc i politòleg (UPF), ha estat assessor de comunicació i redactor de discursos en diferents partits polítics. Màster en Estudis del Discurs (UPF) i màster en Comunicació política i institucional (UPF) i Orti Orti és sociòleg per la Universitat de Barcelona, les seues línies d'interés copen el camp de la sociologia del treball i el temps. Màster en Estudis del Discurs (UPF) i màster en Transformacions socials i innovació (UB)

Según Plutarco[1], el agnóstico Pericles[2] discutió durante un día entero con Protágoras[3] a propósito de la muerte del atleta Epitimio de Farsalia. Ambos se preguntaban, sin considerar siquiera a dioses o conjuros, a quién culpar: si a la jabalina que lo hirió, a la persona que la lanzó o a los coordinadores del certamen por organizar el evento (Blatt, 2018). Esta discusión entre filósofos, ejemplificadora de la evaluación posterior de lo sucedido para entender lo que nos rodea, poder prever qué ocurrirá y, por sobre todo lo demás, generar certezas que nos faciliten el presente, no dista demasiado del debate en el que se encuentran los medios de comunicación de masas, las deidades intelectuales o los líderes de opinión cuando se produce un acontecimiento que sacude la estabilidad de los países desarrollados (salvando las increíbles distancias que existen entre un filósofo y un medio de comunicación de masas en tanto que actor en un debate público o un gurú mediático). Las estanterías de las bibliotecas y de las librerías están llenas de literatura que aborda las causas y las razones, la evolución y el desarrollo, así como los benefactores y los malhechores de aquellos eventos más relevantes; pero no sólo. Las redes sociales están repletas de post e hilos explicativos donde se presentan las particularidades de los hechos, y los mass media copan sus páginas con información concreta con el fin de dar respuesta a lo acaecido, o de vender más (sobre todo esto segundo). 

Lo siguiente es relevante al respecto: el 14 de septiembre de 2018 la corporación BBC[4] publicaba un vídeo con el siguiente título: ¿Quién tuvo la culpa de la crisis financiera de 2008? Con una duración de 2,27 minutos, el vídeo explora los motivos que provocaron el colapso financiero en el año 2008. Con Neil Sidwell y su canción Tom tom de fondo, el medio ilustra lo ocurrido. A lo largo de los 136.2 segundos, la BBC nos muestra lo que ha pasado a lo largo de toda la década e intenta dotar de rostro a los posibles culpables de la crisis. Tristemente, el carácter recreativo que envuelve el vídeo hace de él un mal ejemplo de resumen donde buscar respuestas. Su falta de voluntad para abordar la magnitud del asunto convierte a la cinta en un transcurrir de música, imágenes y frases que no dan respuesta ni sentido a la pregunta del título. Su falta de concreción hace que el espectador no comprenda si al final la culpa la tiene Carlos por comprarse una casa y no poder pagarla, los bancos como Lehman Brothers por prestar crédito sin apenas condicionalidades o Alan Greenspan por mantener los intereses bajos. El vídeo exhorta al espectador a convertirse, al mismo tiempo, en Pericles y Protágoras.

Aclaremos qué nos quiere transmitir exactamente el medio de comunicación de masas y quizá lo más importante: por qué. El universo narrativo que muestra la cinta nos impele a considerar que al fin al cabo nadie tiene la culpa y que el advenimiento de la crisis es el resultado de un devenir congénito, inevitable. Ése es el regusto que deja el vídeo y el mensaje que proyecta la BBC. Si al final no queda claro quién es el responsable, quizá es que todos los son un poco y en la misma medida. Quizá es que los más afectados por las consecuencias de la crisis se lo merecen y quizá la crisis es inevitable y hasta cierto punto positiva, pues la disonancia cognitiva nos lleva a pensar que lo ocurrido es lo correcto y que este mundo, a lo mejor es el mejor de los posibles, como nos diría el bueno de Pangloss (Voltarie, 1759). Las crisis económicas (y por tanto también políticas y sociales, que no necesariamente al revés) no son una suerte de ley natural inevitable, de aparición cíclica cual Uróboros, que aparezcan porque el capitalismo es así. Tampoco su gravedad, sus consecuencias y su naturaleza atienden a la espontaneidad propia de la esencia del sistema económico, político y social del momento. Son mitigables o incluso evitables y tienen razón de ser; otra cosa es que no entendamos cuál es esta razón, al menos en profundidad. Inferir por ello que su aparición y consiguiente desarrollo es un designio casi divino, o hacerlo por el simple hecho de que así viene siendo en los últimos dos siglos de capitalismo, es entender mal el orden de los acontecimientos. Las crisis económicas atienden a desequilibrios entre las predicciones futuras, la evolución en la credibilidad de éstas y la realidad efectiva del presente; además del egoísmo y el desconocimiento. Es cierto que así como la confianza en el futuro es necesaria para que efectivamente haya futuro, los errores en las predicciones son inevitables, pero no todos llevan a una crisis económica tal que merezca el sustantivo de crisis; tan solo las que responden a la injusticia y a la estupidez de una parte importante de la oligarquía para con el resto de su sociedad. Por otro lado, tampoco es cierto que las crisis respondan a razones oscuras de una minoría todo poderosa con oscuros objetivos conspiranoides, como la ignorancia podría llevarnos a pensar. Son consecuencia, como decimos, de la ineptitud, del descontrol consecuente, del exceso de confianza y la injusticia consecuencia del egoísmo desmesurado. 

La oligarquía dirigente nunca considerará una crisis como una opción beneficiosa a priori, pues su objetivo es mantenerse, no alterar el statu quo. Es lógico, da igual lo que diga Hollywood. Y no hay que olvidar que su capacidad de planificación, desarrollo y control de los acontecimientos, aunque mucho mayor que el de la inmensa mayoría de la sociedad, no deja de ser ridícula en comparación con lo que denominamos azar, que no es más que la aglutinación de todos esos elementos detonantes e influyentes que desconocemos. Así pues, ¿quién o quiénes son los responsables de las crisis económicas? ¿Son inevitables o no? ¿Son provocadas o no? Lo inescrutable del futuro y la desigualdad de poder hacen gran parte de la respuesta, a nuestro modo de ver. Por lo que las crisis, lo que también podríamos denominar como cambios insospechados, son inevitables, imprevisibles y forman parte del corriente desarrollo de las cosas. Pero las crisis destructoras que en ocasiones devienen en beneficios para unos pocos y pobreza y desesperación para muchos, y en otras en consecuencias nefastas para todos, son evitables. Más aún en un mundo interconectado y con una capacidad de absorción informativa brutal, ¿o justo por eso es más difícil evitarlas?

A propósito de la pandemia y las subsiguientes crisis provocadas por la covid-19, Žižek (2020) nos plantea un escenario dicotómico: o cooperación (él utiliza el sustantivo comunismo) o barbarie. El autor considera esta suerte de comunismo como algo imprescindible que de hecho ya es presente, incluso en gobiernos como el de Boris Johnson o Donald Trump, en forma de medidas como la nacionalización (temporal o no) de empresas propias de sectores clave o la planificación estratégica que prioriza elementos como el beneficio social resultante por encima del incremento del beneficio económico directo. Este comunismo es el disfemismo de la solidaridad, vaya. La alternativa a esta solución, nos dice, es la barbarie que en forma de aceptación tácita o explícita del abandono o la muerte de aquellos más débiles, de resignación ante la dinámica de propagación irracional de un virus (que no nos hace la guerra, sólo es), revela nuestra degradación y la decadencia de nuestra sociedad globalizada. Así pues, la primera opción supone la difícil pero única posibilidad para salir de ésta sin que la economía, la política y las sociedades occidentales se vean inmersas en el caos más absoluto. La segunda es este caos más absoluto, que supone la barbarie y la pérdida final de todos aquellos valores que aspiraba a representar la sociedad, la humanidad ilustrada. He aquí la relevancia de la evitabilidad de las crisis destructoras: depende de nosotros, más allá de su incognoscible desarrollo pormenorizado, depende de nuestra voluntad.

Es como poco curioso, incluso gracioso, que Žižek defienda el statu quo occidental (entendiéndolo aquí como el establecimiento actual de las cosas, la distribución contingente de lo hegemónico) a través de lo que denomina comunismo. El comunismo salvará las democracias liberales, según el esloveno. Ahora bien, ¿cómo se implementa este comunismo (cooperación colectiva) en los medios de comunicación de masas? Žižek nos dice que:

«Los medios de comunicación recalcan de manera excesiva nuestra responsabilidad personal. […] El prestar tanta atención a la responsabilidad individual, algo necesario hasta cierto punto, funciona como ideología en el momento en que sirve para ocultar cuestiones más importantes: como por ejemplo cambiar todo nuestro sistema económico y social» (Žižek, 2020, p.94)

Es la verdad. La esencia del neoliberalismo, que afirma sonriente que todo es posible, supone que la situación de cada individuo (bienestar, capacidad económica, autonomía laboral, prestigio social, etc.) es responsabilidad absoluta de éste y como consecuencia lo señala culpándolo de sus penurias, desviando la atención de determinantes obvios como son el sistema político, social o económico contingente. Lipovetsky (2000) ya nos advierte de ello en su libro «La era del vacío». La crisis que padece la socialdemocracia camina en paralelo  al movimiento posmoderno basado en la reducción de las rigideces individuales e institucionales. Esto supone la fractura de las relaciones verticales y paternalistas entre el Estado y la sociedad, provocando la pérdida de poder del régimen único. Este cambio axiológico, como digo, posibilita la llegada de la iniciativa, la diversidad y la responsabilidad en los individuos. Hay que tomar en consideración esta última premisa. La crisis del  «Estado-providencial es un medio [para] diseminar y multiplicar las responsabilidades»  (Lipovetsky, 2000, p. 134) sobre los sujetos. Con la aparición de la responsabilidad como sinónimo de unicidad, la responsabilidad se individualiza. La ciudadanía se sumerge entonces en una lógica parcelaria que induce a los sujetos a ostentar un deber frente a lo acontecido. La responsabilidad descansa en cada uno de los miembros de la sociedad ocasionando que los individuos se conviertan en propietarios y amos de su propia obligatoriedad, de su autoexplotación. Sin embargo, todo ello no implica que no sea estúpido culpar a un temporero inmigrante por contraer el coronavirus si las condiciones en las que vive y desarrolla su trabajo son las propias de un sistema que se sirve de la explotación cada vez más explícita y de la desigualdad que genera para seguir adelante. Porque ha de quedar claro que el capitalismo no sólo genera desigualdad, sino que necesita de ésta para seguir creciendo, a diferencia de otros sistemas económicos posibles y más justos. Ésta forma parte de su idiosincrasia y es indispensable para su existencia. Negar esto es negar una evidencia. De la misma manera, negar que la lógica neoliberal del cambio (que se fundamenta en el acto individual) es anti probabilística, también es negar una evidencia.

Lo cierto es que el cambio no empieza en uno. No podemos caer en la trampa y abrazar el relato de un determinado gremio que individualiza las circunstancias del sujeto y, mediante una narrativa refinada, promete que su contexto tiene solución (si él quiere, claro). El cambio real, el palpable, lejos de la metafísica o del concepto de motor o elemento originario, empieza en la necesidad de más de uno y en la voluntad del colectivo. De varios colectivos, diría yo (como es el caso de la crisis por la covid-19), aunque sea dirigido por una minoría dentro de éstos. Otra cosa bien distinta es la interiorización de la necesidad del susodicho cambio en uno, lo que comporta la voluntad de ejecución de ese cambio, o la reflexión de cuál es el último elemento que deviene en cambio, el elemento originario, el punto de inflexión. Pero eso ni de lejos es lo mismo.

Y entonces, ¿a qué se debe que colectivos muy minoritarios puedan llevar a cabo cambios importantes?; ¿cómo es así si el cambio depende de la necesidad del colectivo? Bueno, se debe a una cosa llamada materialismo, que no es mecanicismo, por cierto. Y también a algo que podríamos denominar: necesidad de configuración histórica regida por los criterios económicos de la mayor información posible con el menor esfuerzo. Nuestra conciencia ignora factores relevantes en la configuración de los acontecimientos (materialismo), pero necesita dotar de sentido lo que le rodea (necesidad de configuración histórica). De tal manera, simplifica lo sucedido (criterios económicos) otorgando protagonismo a personajes o colectivos fácilmente identificables que encarnen esos acontecimientos relevantes, para así dotar de un sentido amplio aquello acaecido.

 

Y como decimos, esto no niega que los cambios sean dirigidos por una minoría, tan solo constata que la dirección no es sinónimo de determinación. Esto es fácil de comprobar si advertimos la evaluación neoliberal de la sociedad: si el cambio depende de muchos pero aparenta ejecutarse por pocos, ¿será ésa la razón por la que el neoliberalismo se empeña en culpar a muchos de vagos y fracasados, pero después vitorea a unos pocos de manera individual? Esos prohombres encarnan el punto de inflexión generador de cambio y la masa queda oculta, esperando devenir en uno, no en masa, para poder generar cambio. Y ahí es donde Žižek dice no, la competencia individualista no es el cambio, el cambio es la cooperación colectiva. Y bueno, la verdad es que si lo dice el, que es paradigma de la excentricidad elocuente (lo cual tiene mérito porque supone un oxímoron incuestionable), habrá que creerle.

Notas y bibliografía

Lipovetsky, G. (2000). La era del vacio. Barcelona, España: Editorial Anagrama S.A.

Voltaire (2018). Cándido, o el optimismo. Barcelona, España: UPF Barcelona School of Management.

Žižek, S. (2020). Pandemia. La Covid-19 estremece al mundo. Barcelona, España: Editorial Anagrama S.A.

 

[1] También conocido como Plutarco de Queronea, fue un historiador, biógrafo y filósofo moralista griego.

[2] Fue un importante e influyente abogado, magistrado, general, político y orador ateniense.

[3] Fue un sofista griego. Admirado experto en retórica que recorría el mundo griego cobrando elevadas tarifas por sus conocimientos acerca del correcto uso de las palabras u ortoepía.

[4] Vídeo disponible en: https://es-es.facebook.com/BBCnewsMundo/videos/273745993244789/

Albert Ripoll Olarte

És il·lustrador i dissenyador. Actualment està finalitzant el treball final de grau en el Centre Universitari de Disseny Bau. IG: @albertripollolarte91.

Podeu contactar amb ell a albertripollolarte@gmail.com

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