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Entrevista a José Luis Villacañas

«Los españoles, durante muchísimo tiempo, han vinculado el sentido de la libertad, que es esencial en el republicanismo, a sus propios fueros»

José Luis Villacañas es, más que un filósofo, una referencia imprescindible para cualquiera que esté interesado en la política y en la historia de España. Ha declarado públicamente sus sensibilidades políticas, escribe en el Levante, ha entrado de lleno en el debate acerca de ese concepto maldito que es el 'populismo' y, recientemente, publicaba 'Imperiofilia y el populismo nacional-católico', haciendo justicia con la historia de España y con las apología imperiales. Esta entrevista se estructura a partir de tres ejes: historia de España, republicanismo y País Valencià. Villacañas nos habla de su particular visión del siglo XIX español, de la biopolítica del franquismo, de las particularidades del republicanismo español y del valencianismo político así como su capacidad para constituir un proyecto nacional-popular.

Entrevista realizada a cargo de Xavier Granell

Pregunta: La primera pregunta es, ¿qué significa entender el siglo XIX español como revolución pasiva?

Respuesta: Debemos hablar del siglo XIX español como un siglo muy largo, de guerras civiles, de una presencia muy importante del ejército, que acaba con la guerra civil en 1939. Esta es mi visión de las cosas. Durante el siglo XIX, la burguesía, a partir de 1835, conecta de otra manera con las élites monárquicas centrales y está en condiciones de impulsar, sin refrendo popular y sin un movimiento popular fuerte, determinadas medidas que pueden llevar consigo la aparición de una burguesía moderna y capitalista. Es una revolución pasiva porque esas medidas que nos permiten avanzar hacia una sociedad civil estrictamente moderna, con contradicciones de clase crecientes, son tomadas del poder no revolucionariamente. La burguesía no tiene poder revolucionario en España como para imponer un proceso constituyente, pero las élites que maneja la monarquía están igualmente arruinadas, fiscalmente destruidas y si no generan algún tipo de riqueza estrictamente capitalista, no van a poder mantenerse en el poder central: esto es la crisis de Hacienda de Fernando VII a finales de su reinado y la emergencia de toda una serie de cartas otorgadas. La carta otorgada es una especie de constitución otorgada, como el Privilegio Real de 1835, medidas que van permitiendo garantizar determinadas conquistas burguesas sin potencia revolucionaria.

El momento fundamental de esta revolución pasiva del siglo XIX, lo que permite lo que podemos llamar una acumulación originaria específicamente española, es la desamortización. La desamortización de Mendizábal del año 1835-1836, no hay que olvidar que es una medida ampliamente apoyada por Inglaterra y por Francia, esto es, que la pretensión de generar aquí un mercado libre ya es una pretensión europea. Y lo que determina esta revolución pasiva inicial, que genera una acumulación, es la salida a la venta de todas las tierras que poseían las órdenes religiosas.

Sin embargo, hay que moderar y matizar la idea de revolución pasiva porque las elites que van a tener que ceder, elites centrales, cortesanas, monárquicas y también las religiosas, son de tal poder, que la cesión de este tipo de medidas de liberalización de mercado de tierras se la cobran con otra serie de compensaciones. Por eso hablamos de una lenta revolución pasiva, porque es enormemente gradual, y justamente la compensación que se le tiene que dar a las órdenes religiosas aspira a que nunca exista un movimiento revolucionario y a que nunca exista un movimiento constituyente, porque hay que darle la educación de todos los españoles a cambio de que ellas pongan en el mercado las tierras muertas, amortizadas, que tienen en su poder. Por lo tanto, esa lentísima revolución pasiva está llena de dos obstáculos, de dos elementos de ralentización permanente. Uno es la ortodoxia católica, obviamente, y otro en el derecho histórico, que sigue siendo un hierro metido en la rueda de la revolución pasiva. ¿Cuándo se ultima la revolución pasiva? Con Franco. Franco es el final de la revolución pasiva, que indica la destrucción de las estructuras tradicionales, por supuesto con compensaciones a las órdenes religiosas, pero, finalmente, cuando Franco despliega todo su potencial económico, las concesiones religiosas se dan cuenta que esto está afectando de manera muy seria a sus posiciones y él lo que hace es que la iglesia, al final de Franco, no sea una iglesia muy franquista. Pero en cierto modo es Franco quien ultima la revolución pasiva porque destruye todas las estructuras tradicionales que impedían una entrada de España en el capitalismo moderno.

La siguiente pregunta trata, precisamente, del golpe de Estado del 36 y el franquismo. Esta escisión que tú marcas entre sistema político y realidad social, que tiene que ver con lo que denominas una nación existencial no dotada de poder constituyente, que es lo que acabas de explicar, enlaza con una visión que tienen los conservadores  españoles con respecto al pueblo, que no es sino una visión existencial del pueblo católico. ¿Esto es lo que explica el cierre autoritario que produce el franquismo, que trata de «corregir» o «arrancar» las «impurezas» que había en el pueblo español y que no encajaban dentro de su visión de pueblo?

El franquismo se dota de una biopolítica, qué duda cabe. La eugenesia de Vallejo Nágera y de López-Ibor, es una eugenesia mimética, con matices de la eugenesia nazi, solo que tiene diferentes objetos. Entre los teóricos eugenésicos del franquismo, sí que consideran que los comunistas y los anarquistas son “enquistaciones” del pueblo español, probablemente de procedencia más semita, pero en cierto modo que no constituyen racialmente el pueblo español; de ahí que la guerra civil sí que tiene una dimensión de limpieza étnica, sí que tiene una dimensión de genocidio si se quiere, puesto que se tiene que depurar al pueblo no católico, aquel que no coincide con la esencia específica del pueblo español. Todo esto coincide con las características propias de una dictadura que no constituye una organización tan cerrada como la organización nazi y por supuesto con muchas excepciones y con muchas deficiencias. Pero que en determinado momento esas teorías han sido apoyadas por el régimen apenas cabe duda y, por lo tanto, yo creo que el franquismo sí que vive de un imaginario todavía cristianoviejo, de lo que es «el español de verdad», y sí que vive de que «el español de verdad» es el que es capaz de asumir unas estructuras tradicionalistas de obediencia, de haber sido educado en la docilidad de la educación católica. Por supuesto, la paradoja es que con el curso del franquismo toda esa tradición católica del pueblo español, que ha pasado a los iconos del franquismo de un modo permanente: el sagrado corazón, la virgen del pilar etc., acaban muriendo en manos de una sociedad secularizada, acostumbrada al capitalismo etc. Pero el imaginario especifico de Franco, no hay que olvidarlo nunca, es el imaginario de Fernando el Católico, por eso es un imaginario imperial, pero también es un imaginario inquisitorial y es un imaginario del papel de la relación de la Iglesia y el Estado. El nacionalcatolicismo, que en el fondo fue definido antes del Opus Dei por la Asociación Nacional de Propagandistas, ese movimiento del Cardenal Herrera, tienen comunicados de sus juntas directivas en las que reconoce perfectamente la ortodoxia del régimen de Franco, en la medida en que concibe el Estado como un instrumento al servicio de los fines de la Iglesia. Esta idea, que es fácilmente extrapolable a Fernando el Católico e Isabel la Católica, creo que es lo que constituye el imaginario real de Franco, y que por supuesto es aquello que Franco tiene que traicionar de un modo inevitable.

Damos un salto a la Transición y a la Constitución del 78, trayendo una idea de Pi i Margall. Pi i Margall decía que la revolución tenía que ser tanto social como política, y que la reforma de las naciones no había de limitarse únicamente a su organismo sino también a aquello que las constituye esencialmente. Por lo que se refiere a la Constitución del 78, en el plano de las Comunidades Autónomas, es decir, en el plano nacional y administrativo: ¿el régimen autonómico fue una solución administrativa a un problema nacional?

No. Efectivamente está muy bien traído Pi i Margall, porque, por una parte, es un gran historiador, ha hecho posiblemente la primera historia de España con una voluntad científica, meditada; y es un gran teórico político. Entonces creo que es muy fácil considerar a Pi i Margall como un arquetipo del modelo político que yo admiro. Pi i Margall, si leemos Las nacionalidades con toda claridad, nos damos cuenta de los tres niveles en los que él quiere mover la reforma de España. Por una parte, la ciudad, lo que él llama la vida natural, la vida orgánica, que es la estructura en la que crece realmente el mundo de la vida, la estructura en la que los afectos del enraizamiento a la tierra se generan con más intensidad, y él considera que toda reforma política tiene que empezar con una reforma de la ciudad como tal. Pero a la nacionalidad, no al Estado, a la nacionalidad, él no le adscribe una dimensión puramente administrativa, al contrario: adscribe a la nacionalidad el elemento de la historia. La ciudad, elemento de naturaleza; la nacionalidad, elemento de la historia, y por lo tanto de la pertenencia histórica, de la pertenencia de las tradiciones. Esto es muy importante y es lo que permitió a Pi i Margall discutir con otros elementos catalanes, balmistas, y también reivindicaba en cierto modo la tradición como sustancia misma de la nacionalidad catalana.

La historia, por supuesto, es decisiva para la organización de la nacionalidad, porque fundamentalmente la historia es siempre la huella de instituciones políticas, instituciones políticas propias. Y algo que le interesaba mucho a Pi i Margall porque, en el fondo, mostraba su organicidad con la ciudad, que era el derecho familiar, por ejemplo, que es donde constituye la dimensión de las familias que constituyen una ciudad (el derecho administrativo propio, el derecho comercial propio, el derecho hereditario). Desde este punto de vista, el nivel de pertenencia a la nacionalidad es un nivel de pertenencia histórico y es un nivel de pertenencia político, especifico, porque constituye la huella, y a veces es el elemento de participación política que ha definido lo que significa ser ciudadano. Por supuesto él era muy sensible a lo que había significado las nacionalidades de la Corona de Aragón, nacionalidades que habían logrado tener instituciones en el espíritu de la tradición europea romanista, instituciones corporativas, electivas, de pertenencia republicana. Por lo tanto, es muy difícil en España generar un espíritu republicano sin la nacionalidad, para mí imposible. Desde el Estado central, que es la tercera instancia de Pi i Margall, es muy difícil generar republicanismo, porque el Estado central, para Pi i Margall era la dimensión de la evolución racional de la vida histórica. Es decir, el Estado es necesario porque si quieres hacer un tren, no puedes pararlo en Tarragona, o si quieres hacer un corte eléctrico, etc.; el Estado tiene una dimensión racional, y no podemos desvalorar la dimensión racional de las cosas. Pero lo que no tiene el Estado, al menos el que se ha generado en España, es esa dimensión afectiva histórica de pertenencia, porque además sus elites, sabiendo que la pertenencia estaba en otro sitio, se han comportado como élites superestructurales y, por lo general, como élites autoritarias y violentas. Con lo que se ha producido algo que a mi modo de ver es muy importante, que es que el Estado no ha sido capaz de generar fidelidad ni pertenencia de una manera intima. El Estado no ha producido nación. Y por eso yo defino a España como una nación tardía. Es el fruto de la racionalización de la vida colectiva, pero una racionalización de la vida colectiva sin vínculos afectivos genera el síndrome de la nación tardía, que es una nación insegura, porque la razón no hay que olvidarla, pero no genera certeza. La razón genera argumento, pero no genera certeza. Entonces es muy difícil desde ese punto de vista generar un republicanismo desde la esfera del Estado.

Pasamos al segundo punto. Hay un elemento característico del republicanismo español, al menos que es hegemónico en el republicanismo español, que es el federalismo. ¿Cuál es el vínculo entre el republicanismo y el federalismo español?

El que estamos hablando. Aquí conviene no hacer distingos, o no demasiados, entre Castilla y Aragón. Porque en cierto modo los españoles, durante muchísimo tiempo, han vinculado el sentido de la libertad, que es esencial en el republicanismo, a sus propios fueros. En Castilla existían en los fueros de la ciudad, los fueros de la localidad. Y por eso existe ese chovinismo en la cultura castellana, ese chovinismo de ciudad, donde la ciudad es lo que te da la vida, lo que te permite reconocerte en tus libertades, que a veces no son políticas, pero que, sí son vitales, que son cotidianas que son administrativas etc. La diferencia fundamental entre ese republicanismo de la ciudad, que genera algo muy importante a lo largo de todo el siglo XVII, historias locales. España no tiene una historia general, a parte de la de Mariana que se acaba en los reyes católicos, pero luego todo está ocupado por una inmensa cantidad de historias locales, porque las minorías dirigentes de las ciudades, las oligarquías con sus ayudantes, con sus clientelas, se autoafirman con la historia local. La diferencia fundamental entre la Corona de Aragón y la de Castilla, es que no ha habido nada en la Corona de Castilla que vincule a las ciudades excepto el Rey. Fallaba el Rey, y lo más que llegaban a hacer eran alianzas y hermandades, pero nada constituía un cuerpo de reino que vinculara a todas las ciudades, y de ahí la dificultad de haber tenido cortes castellanas como dios manda. Las Cortes servían para jurar al rey, pagar impuestos al modo musulmán y poco más. La diferencia es que en la corona de Aragón, como ha entrado muy fuerte la noción de corporación, y esta noción es enormemente flexible y articulada, se podía llegar a una ciudad que era una corporación pero que a su vez era parte de otra corporación y por lo tanto han existido las generalidades, que son en el fondo universitas, el común que une a toda una serie de comunes a su vez, y esto ha dado instituciones supralocales. Desde ese punto de vista es obvio que cuando se ejerce una mínima memoria histórica, València quiere tener su Generalitat, y Cataluña también, y Zaragoza también, porque efectivamente han tenido un vínculo común, han tenido instituciones que han ordenado todo esto, han generado elites de naturaleza supralocal. Han elaborado una libertad más compleja que la libertad urbana: una libertad parlamentaria o cuasi parlamentaria. Han logrado una libertad que se estructura como capacidad legislativa, como capacidad de representación de una colectividad supralocal, y por lo tanto pueden hacer política con un espíritu común que va más allá del espíritu de la localidad.

Si queremos llevar adelante una tradición republicana que viva de la libertad pero que viva de la comunidad, y que mantenga unidas esas dos cosas, tenemos que ir a las instituciones que en el fondo fecundaron eso. Es muy importante saber que una libertad solo local no tiene sensibilidad para lo común, pero una libertad supralocal, como es la generalidad, genera inevitablemente un sentido de la libertad común. Y yo creo que el republicanismo tiene que ser las dos cosas, tiene que ser la defensa de la libertad, de la libertad política fundamentalmente, pero también la comprensión de que no hay libertad política si no hay libertad común. Creo que en esto es más inspirador el modelo de la vieja historia catalano-aragonesa-valenciana, que el modelo de la Corona Castellana.

Hay una tendencia, que yo no comparto pero que está muy extendida, que tiende a etiquetar o categorizar el republicanismo, o tradición republicana moderna, como una tradición pequeñoburguesa. Me gustaría que explicaras cuál es el vínculo en España entre el republicanismo y el movimiento obrero o las clases populares.

El republicanismo es una larga tradición de libertad política. En la medida en que tiene un sentido de la res pública, de la universitas, o la generalidad (generalitas), no se puede identificar con un estrato social. Esto se ve muy bien no solo en Maquiavelo, si no en la historia valenciana y en la historia de Cataluña. Cuando la historia de Cataluña colapsa en el siglo XV, colapsa porque hay una lucha horrible entre la Busca y la Biga. La busca es, en términos etimológicos, la esquirla de madera que salta cuando un carpintero está afilando una esquirla. Esto es el equivalente maquiaveliano al popolo minimo, popolo minuto. La Biga es lo que sostiene la madera. Es una lucha entre oligarquía y menestralía. Pero la menestralía no era el pequeño burgués, sino el pueblo trabajador, el pueblo trabajador organizado en gremios, en parroquias, en milicias. No hay que olvidar nunca que el federalismo es capaz de poner en marcha milicias urbanas, pueblo armado. De pequeño burgués nada. En Valencia, sin embargo, esa lucha se da y los menestrales logran hacer una generalidad de menestralías, y logran entrar menestrales en el Consell Secret de la Ciutat. El republicanismo siempre es la comprensión de que tiene que responder al pueblo común, a la res pública, a la totalidad, pero que esto se hace desde diferentes espíritus. Se hace desde el espíritu de grandeza, oligárquico, que cuando vence, efectivamente se convierte en una estructura muy oligárquica, por ejemplo: Barcelona, Venecia etc. Pero cuando vence el pueblo menestral, trabajador y obrero con sus propias milicias, se convierte en algo que exige los derechos del pueblo más humilde, y finalmente acaba, en cierto modo, estableciendo un orden político adecuado a esa representación. Mientras que en regímenes como Venecia al final el Dogo es un consejo menor (o como la Florencia contra la que lucha Maquiavelo que tiene un consejo pequeño), allí donde el pueblo consigue imponer, impone un tipo de representación política en la que quepan todos: el Consejo del Ciento, o aquí en València el consejo amplio en el que están representados todos los gremios y todas las parroquias. O sea que el republicanismo es, justamente por su dimensión de unificación política y al mismo tiempo de enfrentamiento político, de agonismo político, es elástico y depende de la inteligencia que tengan las partes de hacerse con la representación del todo. Pero es una lucha abierta y no está escrito que siempre tengan que ganar las dimensiones oligárquicas. Ahora, cuando esa vida republicana, entregada a su vida histórica, es atravesada por una política de corte, por una política cortesana, como ocurre en España, esas tendencias republicanas se enquistan oligárquicamente, y ese enquistamiento oligárquico deviene clientela de la corte, por lo que la vida republicana estalla por los aires. En cierto modo eso es lo que sucede en València, que hace que el régimen de la Generalitat, el antiguo régimen valenciano, esté muy erosionado con el régimen clientelar de la monarquía, y cuando se le pone fin en 1707, es un régimen muy en decadencia en tanto que institución. Hay elementos como las asambleas de brazo por separado que todavía tienen una huella de ese espíritu parlamentario. Pero por supuesto cuando una monarquía atraviesa ese tipo de instituciones, la monarquía hace estallar los progresos republicanos propiamente dichos. Y sabe conscientemente que son sus enemigos. Por donde ha pasado la casa de Austria ha eliminado las libertades de las ciudades tanto como le haya sido posible, porque sabe que los elementos republicanos son específicamente sus enemigos, son los que van a impedir que su noción de la autoridad se ejerza como autoridad señorial. Desde ese punto de vista, la gran hostilidad está entre Imperio y república.

Esas dos almas que comentabas son la diferencia entre republicanismo democrático- plebeyo y republicanismo oligárquico que comentaba Antoni Domènech, ¿no?

Claro, claro.

Pasamos al País Valenciano. Hay algunos intelectuales, seguramente más vinculados a Compromís, a la tradición valencianista, que hablan del paso de un valencianismo político de corte étnico, que sería el valencianismo político fusteriano, a un valencianismo político cívico. ¿Qué potencia democratizadora tiene este valencianismo? ¿Crees que puede ser capaz de vertebrar el conjunto del territorio del País Valenciano?

Yo considero que es un gran avance. Considero ciertamente que el ideario de Joan Fuster en su día fue necesario, no conviene olvidarlo, pero obedece a una situación histórica diferente de la que tenemos. Obedece a una España que no sabía lo que iba a pasar con Franco, que no sabía cuál era la salida de Franco y que, en cierto modo, permitía tener un horizonte verosímil de organización de Països Catalans.

Esto era algo que no solo lo creían los fusterianos o las elites valencianas, lo creía cualquier persona que estuviera implicada en un proceso modernizador para los territorios bajo dominio de Franco. Desde ese punto de vista, el fusterismo entusiasmó a mucha gente que no era étnicamente valenciana, ni tenía el valenciano como idioma, y procedía de la inmigración, pero igual que pasó en Cataluña, se veía que ante una España que no se sabía cómo iba a evolucionar, con una dictadura sine die mantenida, pues si existía la posibilidad de crear un Estado de Paisos Catalans, era más viable que transformar la totalidad del estado español. Eso es un sueño que esta soñado y los últimos que están soñándolo son los independentistas catalanes, ya troceando ese sueño, porque saben que el hecho de que decidan soñarlo solos implica la separación radical de sus viejos amigos, valencianos y mallorquines.

Por lo tanto, yo creo que tenemos que ser muy claros en esta cuestión y decir que en la Europa del futuro hay dos posibilidades: una, que Europa se siga fortaleciendo y dos, que Europa se destruya. Si Europa se destruye, España va a entrar en una fase de democracia ficcional, porque va a estar dominada por el imaginario que estamos viendo emerger estos días con toda la fuerza. Pero si Europa se fortalece no va a permitir secesiones. Si España se libera de la presión europea, se liberará para hacer cualquier barrabasada, y si se mantiene firme en la UE, la UE será la que impedirá que el sueño catalán se pueda realizar. Yo veo que es situación no tiene salida. Por lo tanto, creo que es preciso pensar nuevas formas de entender los sujetos políticos que hace 20 años parecían normales y que ahora no lo son. Además, podemos afirmarlo por la inmigración masiva, uno de los elementos que ha puesto en guardia a los independentistas catalanes y les ha mostrado las medidas de ser un estado propio para contener esos problemas, no hay que olvidar esa cuestión. Yo pienso que todo lo que sea separarse de lo étnico como para configurar el sujeto político me parece un gran paso.

En València, además, no hay forma de reconciliarse con la propia historia, no hay forma de mirar lo que han hecho en cierto momento de la historia los valencianos por imposición de la corte central, sin reconocer su plurietnicidad. Aquí vivían 300.000 moriscos en 1609. Eran una minoría, pero lo más curioso es que, según los últimos descubrimientos, no era una minoría de sangre, el ADN era prácticamente el mismo en todos, pero una minoría cultural, lingüística, económica, social. Por lo tanto, creo que si valencia quiere constituirse como un nuevo sujeto político, por supuesto tiene que superar el fusterismo, y tiene que ir a una idea de pueblo integrador, de unidad, que mire al futuro de un modo completamente diferente del que hemos tenido. Esa idea de pueblo creo que, como sujeto político, en el caso de valencia, tampoco se puede edificar contra la propia historia. La historia es demasiado dura, demasiado fuerte, ha organizado demasiado el afecto de los valencianos como para imaginar un pueblo que rompa con esa tradición. Por lo tanto, tenemos que ir a algo que este país [España] no ha sabido hacer: imaginar sujetos políticos con fusión de pueblo. Es un demos con fusión de heterogeneidades, de elementos heterogéneos. En este sentido va a ser muy difícil, por una parte, que ese demos de fusión pierda su seña de identidad del valenciano, pero va a ser muy difícil que esto sea parte de un proyecto político de un demos superior. Esto no lo veo.

Yo creo que ese demos de fusión de heterogeneidades, tiene que construirse sobre un sentimiento que unos aportaran de la historia, y otros aportaran de la naturaleza, de la ecología, del paisaje, de la realidad de la tierra, de la defensa de una tierra que en cierto modo no puede estar más destruida de lo que está. Por lo tanto, creo que ese elemento de fusión podría dar un horizonte de gente que ha venido de la inmigración, oleadas de los años 60, que se ha instalado en un paisaje que ama con total seguridad, gente que ha venido después pero que quiere tener esta seguridad de no iniciar una inmigración permanente, de no ser desplazada por planes urbanísticos nuevos, o no ser desplazada por imaginarios de no integración, intolerante, etc. Y creo que desde este punto de vista, el problema para los países que tienen historia muy fuerte es estar en condiciones de reconciliar la dimensión histórica con la dimensión de la naturaleza ecológica, y estoy bien convencido que seremos una fusión que permita hablar de una construcción nacional-popular en territorio valenciano, que tiene que identificar otro elemento que va a ser muy importante a la hora de la incorporación de esos  elementos de migración, que es incorporarse a un movimiento de igualdad que en determinadas posturas tiene que intensificarse para normalizarse entre nosotros.

Esto no puede sostenerse sobre una base solo, esto tiene que sostenerse sobre una mezcla muy peculiar de afecto, de sentimiento, y de virtudes intelectuales. Mezcla de sentimientos tan diferentes como el sentimiento que uno tiene por su historia, que a veces es diferente de los sentimientos que le produce el presente, pero para eso tiene que mediar una inteligencia de saber que tenemos una pertenencia política, específicamente política, republicana en ese sentido, de voluntad de una res pública común, en la que cada cosa que nosotros hagamos por separado, solo se puede atender si lo queremos conjuntamente. Solo vamos a querer nuestra historia si definimos un demos valenciano capaz de hablar claro en Madrid. Y solo podemos hacer eso si introducimos a poblaciones que posiblemente de entrada no se sientan étnicamente valenciana pero que van a saber que sus hijos van a poder ir mejor al hospital, o a pasear al bosque de su ciudad, si constituye la voluntad popular. Y de esa función de la inteligencia, no es lejana al sentimiento Es la capacidad de elaborar un sentimiento común, cívico, que sabe lo hemos dicho antes, que solo podemos conquistar lo que queremos cada uno si lo conquistamos todos a la vez. Y esto yo creo que es la esencia del republicanismo. Yo no veo que al nivel en el que al federalismo le gusta moverse, que es el nivel de la ciudad y la nacionalidad, el sentimentalismo juega a imponerse por encima de cualquier cosa Fundamentalmente porque son niveles pequeños que requieren inteligencia para poder exigir a los niveles grandes aquello que les pertenece, desde el punto de vista histórico. Y esta es mi visión de las cosas.

Ahora que comentabas el elemento histórico, hay una figura que es muy importante, sobre todo para la ciudad de València, que es la figura de Blasco Ibáñez, y el blasquismo. ¿Qué opinión te merece el papel que jugó Blasco Ibáñez a finales del siglo XIX y principios del siglo XX? ¿Cómo valorarías al blasquismo en tanto que identidad política?

Es una pregunta importante. Por supuesto que Blasco es una figura humana excepcional, en la medida en que es un político ambivalente, esquizoide, y muy valenciano, pero vive en Madrid o en Argentina. Un político plebeyo, un político cuyo capital político es la lucha contra los consumos. Los consumos era la última manifestación del feudalismo, la última forma de un sistema completamente injusto, de nutrirse de la fiscalidad de los ayuntamientos. Era la vieja alcabala musulmana. En sumo era la necesidad de pagar impuestos a todos lo que entren bienes de consumo en la ciudad, esto produjo la hambruna y en la I Guerra Mundial cuando hay una verdadera alza de precios, el consumo genera un verdadero movimiento popular extraordinariamente fuerte.

Blasco se pone al frente de eso y verdaderamente es la base de su capital político. Era el hombre que se ponía luego en la procesión de la Geperudeta como el primero. Un hombre que estaba en condiciones de rellenar el imaginario de contradicciones de un pueblo. Yo creo que desde ese punto de vista hay en Blasco algo de arcaico. De la Riva, cuando analiza el blasquismo, lo que dice que es el blasquismo ha separado a València de la gran hermana Cataluña por una diferencia racial. Porque en el fondo los semitas, en general, eran muy fuertes en València y no reconocían al gran hermano catalán. Es una cosa muy sorprendente. Por eso yo creo que Blasco, como modelo de pensador republicano, es un poco arcaico. Desde el punto de vista valenciano es un tipo que se pone al frente de intereses populares, plebeyos, que moviliza a las capas más pobres o medias pobres, pero luego su vida en Madrid es la de un aristócrata. Es la vida del hombre que se enrola detrás de las cantantes de ópera y desaparece un mes. Es la vida del hombre que es el único que gana dinero con la literatura y le da dinero a Azorín, a Maestu, a Baroja. Hace los premios de novela para darle dinero a Trigo y a los que se están muriendo en Madrid. También se rodea del gran pintor, Soroya y constituye algo así como el reino valenciano en Madrid. Pero no lucha por una política federal en Madrid. Se deja integrar en la vida de corte, siendo lo que es, un valenciano que mira por encima del hombre a todos los plumillas de Madrid que en el fondo se están muriendo de hambre.

 

Desde ese punto de vista, la capacidad de tener un proyecto político general para València y para España, yo no creo que lo tuviera. Él tiene un capital político impresionante y se lo cobra en Madrid. Este es el gran problema. Es el problema de Joan Lerma, que tenía un capital político aquí, que no tenía por qué haberse ido a Madrid y al final se lo cobra yéndose a Madrid y dejando la Generalitat a manos de Zaplana. Y lo mismo de Zaplana que lo engañan con un ministerio y se va a Madrid. Genera verdaderamente un déficit de idea política valenciana en Madrid. Porque Madrid es goloso, porque si aquí tienes un capital político aquellos te lo quieren comprar. Esto hay que cambiarlo. Es preciso tener un capital político aquí para ir a Madrid no para que te lo compren a ti sino para que Madrid te lo pague. Baldoví tenía ciertamente esta imagen, pero curiosamente ha bajado en las elecciones. Lo cual demuestra que Compromís tiene que acabar de definirse. Porque entre su doble alma, una vieja alma fusterista y un alma que no es fusterista, tendrá que decidir hacia dónde quiere ir. Pero yo creo que mientras que esa doble alma este ahí, mucha gente valenciana no va a confiar plenamente en Compromís. Las malas lenguas dicen, por ejemplo, que el PSPV ha mantenido en el poder al consejero de educación para mantener el conflicto lingüístico más o menos abierto, para que no crezca Compromís. Yo no creo que Ximo Puig esté en condiciones de hacer eso, pero nos da una idea de cómo lo ve el electorado.

De dónde está el techo.

 

Claro. «Mientras estos estén aquí empeñados con esta cuestión, no van a crecer». Yo creo que se debe ir hacia un nuevo sujeto político valenciano verdaderamente nacional-popular con una capacidad de esquivar estas cuestiones. Por supuesto, como he dicho, no habrá posibilidad de generar un demos valenciano que implique romper el afecto a la lengua. Al mismo tiempo es preciso dar plenas garantías de que se está formando un sujeto político, que es un sujeto político autónomo.

Yo tengo otro héroe valenciano al que le he dedicado una monografía de 800 páginas: Jaume I. Jaume I es un rey valenciano. El único rey inteligente que ha habido en este país. El único que ha tenido una idea de España, el único que ha tenido una idea de la Corona de Aragón. El único que se ha muerto feliz y contento. El único que ha podido escribir una autobiografía, El llibre dels fets. Esto es una cosa tan única que, si las élites centrales tuvieran una puñetera idea de la historia de España, tendrían que llenar Madrid de estatuas de Jaume I. Porque su capacidad, su inteligencia, su criterio, su mirada, es de tal índole, que no ha existido un rey en toda la historia hispana tan grande como él.

Es el rey que ha constituido València frente a las exigencias de Aragón de que esto fuera un territorio feudal de Aragón. Y es el primer rey que pacta con su pueblo una Constitución. Su pueblo le paga una contribución por constituirse, pero esto es derecho natural. La Constitución que firma Jaume I con los valencianos, no solo con la costumbre de València, sino la generalización de la costumbre de València a todas las ciudades valencianas es un acto eterno. Desde el punto de vista de sus mentalidades es un pacto eterno porque ha mediado derecho natural, lo que hace que el Reino sea un reino que tiene una dependencia directa de la corona, del jefe de la corona, pero ninguna dependencia de los otros reinos.

Unifica el poder.

 

Claro. Aquí puede venir un virrey que tiene que ser el hijo del rey, pero nunca puede ser gobernado por un gobernado de la Generalitat catalana o zaragozana. Aquí, inmediatamente después del Llibre del Repartiment, los principales cargos son electos, son anuales. Tenemos toda una estructura de cargos republicana según el modelo italiano, según el modelo romano. Es el primero que genera una estructura de propiedad que ha determinado la estructura específica económica valenciana. Nada de latifundios: «lo que pueda buenamente un padre de familia cultivar». Esa es la unidad que se le da repartir a un mesnadero, no se la da a repartir a un rico hombre. Se la da a repartir a un mesnadero, a un soldado medio, que va a tener en cuenta a los soldados medios, que por lo tanto va a tener unidades productivas que generan la pequeña propiedad valenciana: el milagro valenciano. El único campo que ha sobrevivido al abandono de los musulmanes. Allí por donde los musulmanes han abandonado, la agricultura se ha hundido, aquí en València no. Aquí en València se ha mantenido una agricultura con moriscos y sin moriscos, por esa distribución de la propiedad que ha generado la pequeña propiedad agraria y esa menestralía. Porque una pequeña propiedad agraria tiene como consecuencia generar una menestralía, esto es, un propietario de una pequeña propiedad agraria digna, que tiene excedente, es capaz de producir un mercado para comprarse vestidos, comprarse zapatos, y producir un artesanado que es lo que da la estructura menestral a la ciudad. Desde ese punto de vista, València es arquetípica. Cuando Jaume I gana Murcia, porque esto los murcianos no quieren no oírlo, pero quien realmente gana Murcia es él, en nombre de Alfonso X el Sabio, cuando va a hablar con su yerno le dice «ni se te ocurra meter aquí señores, haz como yo en València, genera aquí varios centenares de pequeños propietarios que te serán fieles hasta el final de sus días». Ese reparto de tierras ecuánime para los modestos generará una población cívicamente vinculada a este monarca.

Claro, Jaume I no era un novelista como Blasco Ibáñez, tenía una idea, allí donde pasaba tenía una estructura social extraordinariamente moderna, pero no iba al rey de España a cobrárselo, al contrario, estaba la idea de meter en cintura a Alfonso X en todos los momentos importantes de su vida.

Se olvida que cuando Alfonso X quiere ir a ver al Papa para fundar una orden que se llame Santa María de España, una orden militar, Jaume I le dice que de eso nada, que «Santa María de Castilla», si quiere, pero no Santa María de España porque parte de España también es él. Estamos hablando de un tipo que tiene una idea de España. En un momento determinado se ve muy bien. Cuando la tradición de Jaume decide ir más allá de Córdoba, tomar toda Andalucía para impedir más oleadas, el acuerdo que se hace es muy sencillo: un tercio Portugal, un tercio Aragón y un tercio Castilla. Ellos se dan cuenta de que ahí hay una estructura de reparto del poder peninsular que no puede ser hegemónica. Desde ese punto de vista es mi héroe político, no porque yo sea valenciano, que he vivido toda mi vida adulta en València ciertamente, pero mi forma de vincularme afectivamente a València es a través de esta figura. Es una forma de vincularte a ella por razones que podía hacer valer en el presente. No me vinculo afectivamente a Jaume I porque sea una figura muy grande, sino porque estaría en condiciones de activar muchas de sus actitudes, de sus percepciones, o de sus miradas, porque responden a la ratio profunda de la península ibérica.

València y Madrid han sido las puntas de lanza del neoliberalismo en España. ¿Cómo explicarías los factores que nos permiten comprender su éxito y su crisis?

Esto es importante. El PP madrileño y valenciano estaba muy unidos por la participación en una empresa común propia del liberalismo español. A diferencia de los liberales de cualquier país decente que producen riqueza con la conciencia de que no deben nada al Estado, el liberalismo español, desde la desamortización, no es sino la forma de apropiarse y privatizar energías, recursos y capacidades que produce el Estado, es un liberalismo parasitario, incompetente, y ahí hemos visto la punta de lanza de ese acuerdo. Ese liberalismo requiere tres campos fundamentales de actuación: obras públicas para las grandes empresas constructoras; sanidad para dar entrada a la inversión internacional que es la inversión guía de los inversores españoles -los inversores españoles están siguiendo los caminos de la inversión internacional porque saben que tienen más capacidades coactivas y porque saben que se van a imponer más a las estructuras de Estado de ellos; y educación. Educación es una parte importante, primero porque siguen flujos internacionales, y el ámbito no universitario tenemos toda la educación que sigue todavía en manos de las órdenes religiosas. En ese sentido el modelo era ese. Aquí y allí. Es un modelo que afortunadamente en València se ha reparado un poco por la implicación de Compromís, de la señora Mónica Oltra en la cuestión de la dependencia, pero la forma en la que está la dependencia en Madrid es completamente tercermundista.

Esto ha generado que los lugares donde ha crecido más la desigualdad con motivo de la crisis y después de la crisis, haya sido Madrid. El éxito de esta política yo creo que depende fundamentalmente de lo que podemos llamar la «impresión de dinamismo», «imagen de dinamismo»: no se sabe muy bien dónde se va pero se va a algún sitio. Esta hiperestesia, que era acompañada por la actividad psíquica disparatada de alguno de los líderes, como el caso de Camps, daba la sensación de modernidad, de poderío, de energía, etc. Y yo creo que en buena medida el éxito ha dependido de la capacidad de generar esa fantasmagoría. Una fantasmagoría que era participada por la población en la medida que el flujo monetario llegaba. No es un azar que las universidades se vaciaran de estudiantes en esos años, no es un azar que los jóvenes abandonaran las escuelas en esos años, hay muchos azares que tienen que ver con esta fantasmagoría. Pero era una fantasmagoría destructiva como se vio cuando en València, no así Madrid, se puso todo su tejido productivo al servicio de la expansión urbanizadora. Esto determinó que la ruina no fuera como Madrid -la ruina de las urbanizadoras-, fue la ruina de las urbanizadoras y de todos aquellos que habían vendido sus negocios y sus sistemas productivos para enfocarlos a esto. Por lo tanto, una fantasmagoría que tuvo efectos materiales extraordinarios de desestructuración del sistema productivo valenciano. Solo aquellos que viven muy arropados por estructuras cooperativas con sus estructuras bancarias separadas, Caixa Popular, Consum, los centros educativos que se basaban en cooperativas... Solo aquellos que por una ley específica cooperativista tenían que ser muy cautos respecto de su conversón en estructures capitalistas, solo ellos han sobrevivido. Pero todos los autónomos que no se basaban en esto, han muerto. Por lo tanto, yo creo que el éxito fue un éxito de propagando sin par, muy bien estudiado porque supo atraerse a aquellos que podían haber sido críticos con él, como por ejemplo la Iglesia, que tenía ante sí un proceso disparatado y calló. Calló porque forma parte de ese dinamismo: la reconversión de su patrimonio monumental en capital turístico, eso lo compartió y no tuvo una conciencia de que se estaba destruyendo una sociedad.

La fragmentación social también perjudica a la Iglesia.

 

Claro, y que, por lo tanto, lo que iba a venir de ahí era un desconcierto moral muy grande que naturalmente no iba a tener ya como faro de seguimiento a la Iglesia. Por eso la Iglesia ahora tiene que ganar espacio y volver a luchar para reconstruir un liderazgo desde una sociedad que, en el fondo, cuando la necesitaba, no estaba allí. Esto podría resumirse así: un éxito de fantasmagoría, del tapiz del Retablo de las maravillas cervantino, y un fracaso íntegro, un fracaso de desestructuración radical de la sociedad de la que naturalmente todavía no hemos sabido, y del que será difícil salir sin fuerza política. No creo que Madrid conceda nada diferente del FLA [Fondo de Liquidez Autonómico] si no hay 15 diputados en Madrid diciendo «esto no puede ser». Una vez más volvemos a la necesidad de que haya un representante valenciano, y sabemos que el PSOE ya no lo es, el PSOE es un partido central, forma parte de las élites centrales, estabilizador, ciertamente, que no produce inquietud, pero no va a llevar políticas de cambio o progresistas.

Pareciera que el momento de hegemonía expansiva que protagonizó el 15M, las Mareas, Podemos y las confluencias, Compromís, etc., se ha cerrado, y no encontramos en un momento de revolución pasiva protagonizado por el PSOE. ¿Cuál crees que es el papel que juegan en el País Valencià Compromís y Podem para no tener una integración subordinada en este proceso?

Yo no estoy seguro de que la comprensión que tiene el PSOE de la estabilización se pudiera caracterizar como revolución pasiva. En este sentido, no me hago cargo de las reivindicaciones reales, fuertes, que esté dispuesto a integrar en su agenda, y a conceder, aunque fuera a su manera, que es lo propio de una revolución pasiva. Yo creo que la aspiración del partido socialista no está al margen de la aspiración del Estado. El PSOE en un partido de estado, y no reo que el Estado, en todas sus estructuras de inteligencia, esté inclinado a jugar algún tipo de revolución pasiva en el futuro. Personalmente creo que el Estado tiene un imaginario que se ha visto, en estos últimos años, en sus líneas rojas. Todo lo que ha venido con VOX, con esta reivindicación de un pensamiento nacional-católico, esencialista, españolista, muestra hasta qué punto el Estado se suponía que iba a entrar en un periodo de excepción. Porque esto es un pensamiento de excepción, es anticonstitucional y no tienen nada que ver con la Transición política, no tiene nada que ver con la Constitución, no tiene nada que ver con Europa. Las élites centrales estaban generando una tropa para la excepcionalidad. Por supuesto que su ideario es generar un sistema de estabilidad, sobre la base de un bipartidismo, por eso la presión sobre Ciudadanos es tremenda, y sin embargo la presión sobre el PP no, porque es evidente que el Estado aspira a salvar al PP como partido de la derecha y le dice a ciudadanos «tú sacrifícate porque ya has cumplido tu papel, ya has contenido a Podemos». Yo creo que Pedro Sánchez, que ha jugado sus bazas con mucha inteligencia y mucho arrojo, sobre todo arrojo, tiene una aspiración de restauración, no de revolución pasiva. Aquí en València, sin embargo, la situación es tan grave y tan difícil que Puig es consciente de que no se puede aspirar a una estabilización en el momento que estamos, puesto que eso implica un déficit fiscal intolerable y una asfixia para cualquier tipo de política. Por lo tanto, yo creo que aquí Compromís y Unidas Podemos tienen una misión cierta a escala de la Generalitat de seguir presionando sobre el hormigón que es el PSOE, para ver si logran hacer algún tipo de mueca, algún tipo de apertura en su política. Yo creo que Ximo Puig es sincero en asumir que esto es mucho más fácil hacerlo con Unidas Podemos y Compromís que vinculándose a Ciudadanos y demás. Ximo Puig, desdeese punto de vista es una persona que es muy consciente de los equilibrios españoles, no es monje (el de Castilla la Mancha) o el de Extremadura.

Ahora en València, desde el punto de vista valenciano, yo creo que la función de Unidas Podemos y Compromís tiene que ser muy clara: lograr que el PSOE supere su espacio de restauración para avanzar a un espacio de progreso o de revolución pasiva, porque esto implicaría inevitablemente la plena conciencia de la inseparabilidad de intereses agrarios y medioambientes –no se puede mantener esta revolución agraria sin políticas ecológica adecuadas, políticas de bosques, políticas de saneamientos de flujos de ríos, ordenaciones turísticas, política sanitaria avanzada, etc.- junto con el avance en cuestiones de dependencia –vamos a una sociedad de mayores, esto tiene que empezar a tratarse de otro modo y es necesario ordenar la posibilidad de una sociedad civil de mayores eficaz, de voluntariado- y, por supuesto, es preciso centrarnos en la cuestión de la educación, dando por concluido, como lo ha dicho el Tribunal Superior, la cuestión del valenciano como referente de la problemática educativa.

Yo creo que, desde el punto de vista de las concertadas, es completamente necesario convencerlas de que su sector no puede crecer más. Que su sector, si crece más, es un atentado a la igualdad de oportunidades. Es preciso proponer una revisión de la normativa de los concertados, porque hay mucho falso concertado; y es preciso garantizar que las energías y los recursos públicos de ahora en adelante van a ir a la educación pública. Una educación pública que en muchos casos significa no solo educación pública, sino un sistema de control de dependencia. En muchos casos la educación pública está dando duchas y comidas a gente que si no se ducha y come en el colegio no lo hace en casa. Yo creo que el PSOE tiene que ser sensible a esto, porque lo que está demandando la gente no es una regeneración del mapa político desde el bipartidismo, sino que estemos en condiciones de mantener el impulso de una sociedad que quiere ser más igualitaria de lo que es, y que ha salido de la crisis, sobre todo en València, más debilitada de lo que entró.

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