© 2019 Agón, Cuestiones políticas

La formación de una clase dominante y otros textos de E.P. Thompson

Nadal Perales Oliver

Kim Traynor, Thenation.com

Esta obra de E.P. Thompson (1924-1993), influyente historiador marxista británico, es una recopilación de artículos seleccionados por el colectivo editorial Libros del Marrón que giran en torno al lugar de lo popular, a las relaciones entre la multitud y las clases altas, el papel del conflicto y la lógica de la dominación y la emancipación en la sociedad inglesa previa al siglo XX. En un momento histórico como el actual en el que la narrativa hegemónica nos cuenta de un mundo donde tanto las clases sociales como los conflictos verticales parecen haberse desvanecido para dejar paso a colisiones menos comprometidas con la transformación social, rescatar una obra que se centre en las clases sociales y sus conflictos me parece una tarea de rabiosa urgencia. En su génesis, esta escrupulosa investigación histórica tuvo como objetivo refutar aquellas descripciones históricas que pretenden explicar los elementos que forman una sociedad sin considerar las funciones que cumplen y su posición en el conjunto de interrelaciones que hacen posible la vida social.  De ella se pueden extraer valiosas lecciones acerca de las clases sociales, su formación, así como de la interacción entre lo popular y las relaciones de clase y de poder propias de la época en cuestión. Lecciones que también pueden ayudarnos a organizar una respuesta más adecuada a la coyuntura que se vive actualmente en el Reino de España.

En el primero de los artículos (“La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?”) el autor denuncia el uso y la instalación en la práctica histórica de nociones que presentan una visión -supuestamente cientificista- de las sociedades como órdenes autorregulados (a lo que Margaret Thatcher añadiría que sólo existen los individuos, no las sociedades). Una de estas nociones es el “paternalismo”, que se presenta como una categoría analítica útil para describir ciertos procesos históricos, pero, en último término, imprecisa para referirse al conjunto de las condiciones de vida y a las relaciones de poder que atravesaban a la población inglesa de antes de 1840. Sí que es cierto que el conjunto de actitudes y relaciones nacidas en el seno de la unidad doméstica del siglo XVII inglés, renovadas continuamente en diferentes instancias como en el pequeño taller gremial, pueden considerarse patriarcales y acabaron asimismo por permear a la totalidad de la sociedad, inhibiendo la confrontación de clase (que no los “protoconflictos” propios de la época) hasta la industrialización. Sin embargo, la existencia de cierta concentración de autoridad económica y cultural que se podría denominar de tipo “paternalista” es insuficiente teóricamente puesto que ofrece una descripción parcial de las relaciones sociales, vista desde arriba, que hace pensar en una “sociedad de una sola clase”.

Dicho concepto formaría parte, entonces, de un mito o ideología más amplia instalada en la historiografía inglesa que trataría de ajustar el pasado a unas premisas previamente establecidas, así como ocultar otras. Según Thompson, términos como feudalismo o capitalismo recogen mucho mejor la especificad del momento histórico al recoger de forma más exhaustiva el conjunto de interrelaciones que construyen una sociedad. La expresión institucional de las relaciones sociales de la época ratificaría la imprecisión del término para capturar un momento en la que el dinero era el eje estructurador: las clases altas (gentry) rurales se estratifican según rentas y no por nacimiento; las libertades se convierten en propiedades y los derechos de aprovisionamiento se cosifican en mercados de acceso restringido e, incluso, los cargos públicos y los cargos titulares de prestigio tales como guarda forestal o agente de policía son susceptibles de compra-venta. Ello dibuja “una fase depredadora del capitalismo agrario y comercial” en el que el estado mismo se convierte en objeto de presa y, consecuentemente, la influencia en los órganos del estado en un elemento vital para la maximización de los beneficios y la consecución de derechos y privilegios.

Aunque la llegada de la manufactura y del mercado libre hizo que ciertas formas de esta corrupción se percibieran como odiosas y perniciosas para la salud del territorio, de ningún modo se puede dejar de hablar del poder político como suelo fértil del laissez-faire, como un mercado en el que obtener e incrementar el poder económico o el prestigio social. Aun cuando Thompson se resiste a considerarlo en estos términos (y en contra de la tesis sostenida por Skocpol en su obra Los estados y las revoluciones sociales), parece justificado hablar, al menos en lo que respecta al siglo XVIII inglés, del estado como un órgano de poder complementario para satisfacer las demandas de una determinada clase social, aunque mediante algunas restricciones o frenos se tratara de inmunizar este parasitismo de las clases altas: en primer lugar, alguna parte de la gentry poseía intuiciones democráticas; en segundo lugar, un mayor alcance de la prensa gracias a la extensión de la alfabetización promovió cierto espíritu por conservar y ampliar las libertades de la población; la ley, en tercer lugar, otorgaba  una serie de defensas y reglas de juego que, aunque insuficientes para contener la situación, proporcionaba cierto grado de orden y estabilidad sociales. En cuarto lugar, “la omnipresente resistencia de la multitud” y su relación con la gentry fueron tal vez los factores más influyentes a la hora de determinar el curso de los acontecimientos. Thompson habla aquí de una reciprocidad en la relación gentry-plebe que se sostuvo principalmente por dos razones: en primer lugar, por el resurgimiento de una cultura plebeya independiente de controles externos gracias a la escasa autoridad espiritual de la Iglesia y, en segunda instancia, por la debilidad de los órganos del estado y el recelo de las clases altas hacia el mismo. Lógicamente el ejército permanente, la extensión de poderes disciplinarios sobre toda la mano de obra, así como las multas y penas a los “licenciosos y alborotadores” fueron recursos que trataron de contener las acciones y revueltas de una multitud.  Para Thomspon, dicha multitud manifestaba una conciencia “vertical” del oficio más que una conciencia “horizontal” de clase cuando se examinan a la luz de los acontecimientos históricos tanto las formas características de revuelta (como el ultraje de los símbolos de la autoridad) como el origen las mismas.

Ello no implica, sin embargo, que se puedan explicar dichos acontecimientos sin recurrir al concepto de clase. Una noción de “clase” entendida como categoría histórica dinámica inseparable de la noción “lucha de clases”, concepto prioritario para Thompson en la medida en que es más universal. En el caso concreto del siglo XVIII se hallan evidencias -después de descifrar las conductas y encontrar sus reglas invisibles- en el terreno de la cultura que conducen a utilizar la terminología del conflicto de clases por sobre de la identidad de clase. (Si rescatar esta terminología de conflicto puede contribuir a la movilización social en estos días de fatuas apariencias e identidades dispersas es una cuestión importante a discutir, aun cuando se escapa del objeto de este trabajo). Durante el siglo XVIII este conflicto se hizo patente en dos antítesis: en la dialéctica entre lo que se consideraba cultura y lo que no y, en segundo lugar, en la polarización que existía entre cultura plebeya y cultura refinada. El terreno en el que se reproducen las prácticas y las normas de la cultura plebeya del siglo XVIII es siempre la costumbre, el uso consuetudinario, razón por la que aquellas se definen y se sostienen ajenas al dominio ideológico de los poderosos.

Esta cultura transmite conductas ritualizadas que no se refieren únicamente al esparcimiento o la recreación sino también a formas de protesta, como el “fijar el precio” en los motines de subsistencia, cuyo alcance acababa por extenderse por todo el país. Los atributos de dicha cultura dibujan una cultura plebeya tradicional (que no conservadora) y rebelde. Una cultura rebelde cuyos rasgos tradicionales emergen de “un campo de fuerza” determinado por la oposición de clases y que se evidencian, por ejemplo, en la resistencia a las innovaciones y racionalizaciones económicas. Esta resistencia no se debe a un conservadurismo (en este caso de la fuerza de trabajo humana) propio de la plebe de la época, sino que está motivada por el hecho de que en la mayoría de las ocasiones estas innovaciones las experimentaban en forma de expropiación de derechos y más explotación; una experiencia que, por su parte, guarda cierto paralelismo con la actual robotización y digitalización de los procesos tecnológicos e industriales.  Thompson se sirve de otro ejemplo excepcional del historiador Peter Linebaugh para plantear la posibilidad de descifrar tendencias y conductas de clase en escenarios que hasta ese momento la historiografía había concebido como neutrales o -según algún clérigo inglés de la época” ignorancia popular”: los motines populares que durante siglos vivió la localidad inglesa de Tyburn, donde tuvieron lugar ejecuciones públicas durante más de seis siglos. Como en el caso anterior, habitualmente se presenta la resistencia de la plebe a que los cuerpos fueran cedidos a médicos o estudiantes de medicina para diseccionarlos como una superstición, como un elemento de un modelo de pensamiento arcaico propio de la plebe. Sin embargo, estos continuados motines revelan, además de todo el conjunto de representaciones culturales y creencias de la época, tanto la solidaridad con la víctima y sus parientes como la hostilidad a la comercialización de valores tan primarios que practicaban las clases altas.

La clase pasa a integrar de este modo todas estas prácticas, actitudes y otros elementos de la antigua conciencia popular (como ocurre cuando la plebe se apropia de los símbolos de la quema de brujas) que hasta entonces permanecían desunidos y, en muchas ocasiones, se incluyen al arsenal de la protesta popular. La clase es, para Thomspon, una relación que se experiencia socialmente; podríamos decir, en línea con la tradición republicana, más como dominación y dependencia que como explotación económica (sin ignorar su relevancia). La fortuna o infortunio de esta tesis es un tema cuyo debate está abierto, pero parece cierto que tal categorización contribuye a una comprensión menos restrictiva y economicista de un fenómeno tan dinámico y multicausal como es la clase social. Así, por ejemplo, la categoría precariado- término acuñado por el economista británico Guy Standing con el que pretende capturar la incertidumbre laboral-vital y la incapacidad de cada vez más personas para emprender proyectos vitales- se corresponde más con esta noción de clase social relacional y “experiencial” que aquella clásica y estática que alude a la posición respecto a los medios de producción. En cualquier caso, la colisión (la relación en último término) entre clases es un elemento común a todas sus acepciones y es una colisión que se manifiesta (y debe ponerse siempre de manifiesto) en contiendas a distintos niveles. Uno de estos niveles es el de la contienda simbólica, cuyo sentido se encuentra siempre dentro del equilibrio determinado de relaciones sociales antagónicas: las definiciones de la cultura plebeya son, en muchas ocasiones, calcos antagónicos de las definiciones de la cultura educada. En ese sentido, la hegemonía de las clases altas marca los límites de lo que era políticamente posible, incluso lo que era posible intelectual y culturalmente. Con hegemonía se pretende apuntar, más que al dominio de los gobernantes a través de la imposición de una visión totalizadora de la vida sobre los gobernados, a la forma en la que estos últimos ven restringido su campo de visión, quedando a la vista algunos tramos en detrimento de otros. Sin embargo, parece que en esta relación recíproca los gobernados fueron capaces de imponer a la gentry algunos deberes y funciones tanto como a ellos se les imponía la deferencia. Ello sentó las bases de un modelo en el que la multitud no fue “la completa perdedora” de aquella relación y disfrutó de ciertas libertades que se vieron truncadas a partir de 1790.

En el segundo artículo de esta obra (“Algunas observaciones sobre clase y falsa conciencia”) puntualiza algunos aspectos tratados denunciando la inexistencia de categorías alternativas competentes para analizar un proceso histórico (extenso e intenso) como la formación de una clase social, así como las insuficiencias que se esconden bajo la categoría “clase obrera”. Para el autor inglés, a diferencia de buena parte de la tradición marxista, las clases no existen sin conciencia de sí ni como entes separados, sino que topan en una sociedad cuya estructura se fundamenta principalmente sobre unas relaciones de producción determinadas. Ello provoca que la gente que se encuentra en dicha realidad soporta (o promueve) la explotación, identifica sus intereses (y los antagónicos) y, en última instancia, acaba por descubrirse a sí misma como clase en este proceso de lucha en torno a esos intereses. Es a partir de este punto -en el que clase y conciencia de clase “terminan” un proceso histórico real- cuando emergen las instituciones de clase que posibilitan las condiciones para su formación y prolongación en el tiempo. Y en opinión de Thompson, es en este momento y no antes (después de que la población empiece a relacionarse y a comportarse con otros grupos bajo la forma de clase) cuando podemos hablar en términos de clase. E.P. Thomspon articula aquí una crítica a ciertas conceptualizaciones de la tradición marxista que guarda cierta relación con la reflexión del filósofo Manuel Sacristán cuando afirma que Marx viene teniendo más discípulos predicando sus palabras que alumnos.

El tercer artículo (“Modos de dominación y revoluciones en Inglaterra”) se ordena en torno a las formas de dominación de clase en la Inglaterra del siglo XVII, al análisis de las relaciones y las luchas de clase, a la cultura popular y sus funciones políticas en las relaciones entre clases y, finalmente, en torno a la manera en la que tanto las formas como los instrumentos de dominación pueden analizarse teóricamente. El texto empieza argumentando que los modelos propuestos para construir una historiografía marxista a menudo parten de una visión de la historia en forma de rupturas y de confrontaciones, una perspectiva que nace del modelo de desarrollo capitalista que Marx describe en El Capital, basado en el caso concreto de la Revolución Industrial en Gran Bretaña. Parece justificada, entonces, la necesidad de revisar, reconstruir o simplemente ajustar los modelos teóricos heredados de Marx. El esquema infraestructura-superestructura sería uno de aquellos que vale la pena reconstruir puesto que su reduccionismo económico no nos permite considerar la autonomía de los acontecimientos políticos o culturales; la tesis del aparato jurídico como instrumento a voluntad de la burguesía, por su parte, otorga escasa capacidad de agencia a las resistencias que llegan desde abajo y reduce la dominación de clase a la imposición absoluta de categorías o estructuras de dominación. La asunción de este marco de dominación absoluta no explicaría, por ejemplo, la evolución autónoma de una cultura popular, plebeya que escapa al control de la Iglesia y que, en ciertos momentos, es favorecida por las clases altas, quienes buscan el apoyo del pueblo en una reciprocidad “interesada”. Por otra parte, mediante el análisis y la clasificación de los motines populares (“autónomos” y “tolerados”, además de aquellos de complicada clasificación) que se sucedieron durante el siglo XVIII inglés podemos deducir el carácter particular de las relaciones entre las clases altas y la plebe.

Algunos de estos motines espontáneos se originaron contra los procesos de desposesión que practicaba la gentry sobre la plebe (contra los cercados de tierras o contra la introducción de nuevas tasas, por ejemplo, a la sidra o a la cerveza), invalidando de este modo la idea de “sociedad de una clase”. Los motines “tolerados”, en cambio, se refieren a cómo la plebe era animada y utilizada en algunas ocasiones por las clases altas para hacer frente a los enemigos de estas, como los disturbios contra los papistas en Londres. Aunque pueda parecer una paradoja el hecho de que los disturbios populares fueran alentados por la gentry, en esta relación mutua “el alboroto de la multitud” era el precio que la aristocracia y las clases altas tuvieron que pagar dada la debilidad tanto de la monarquía como del estado. El contrapunto a esta debilidad de las estructuras “típicas” de dominación lo ofrecieron las instituciones jurídicas y la ley, el derecho como una forma autónoma de mediación particular: por una parte, legítima a las clases dominantes mediante procesos legales y el ejercicio del poder constitucional y, por otra parte, consolida la autopercepción de ingleses libres que tienen las clases dominadas, lo que explica aquella aparentemente paradójica reciprocidad. En este sentido, el derecho no es únicamente un instrumento de dominación de la gentry, sino también la ideología que la sustenta, aun cuando también las clases oprimidas pueden servirse de las leyes para defender sus intereses. Vemos aquí la enorme capacidad de la obra de Thompson para la generalización histórica, también hasta nuestros días.

Los dos últimos artículos de la obra son comentarios a propósito de libros de otros autores, por lo que mi exposición será mucho más limitada. El primero de ellos (“La lucha de clases puesta a prueba”) es una reseña del libro de John Foster Class struggle and the industrial revolution: early industrial capitalism in three English towns con la que el autor critica los modelos “platónicos” de formación de conciencia de clase, en los que la evidencia se articula en torno a estos modelos y estos preceden a la evidencia. De forma inmediata, esto nos conduce a reflexionar sobre el idealismo de la tesis leninista del partido como vanguardia del proletariado en la medida en que sólo las gentes del partido estarían preparadas para descifrar las “verdaderas” necesidades históricas de las clases oprimidas, como si estas necesidades se ubicaran más allá de los cuerpos. En el último artículo (“La formación de una clase dominante”) Thompson polemiza sobre algunos aspectos del libro de Linda Cooley, Britons: Forging the Nation 1707-1837. Al compararlos con otras obras que también tienen por tema el pueblo británico en ese mismo período, Thompson cae en la cuenta de que cada uno de ellos describe a británicos muy distintos, una diferencia que estriba en desde dónde (arriba o abajo) se analizan los acontecimientos.

Esta y otras obras de E.P Thompson nos muestran que, más que una categoría o una estructura, la clase social es una relación y que esta relación viene marcada por los intereses antagónicos que tiene cada una. Otra lección imprescindible para las tradiciones emancipatorias y los movimientos sociales que tienen como objetivo la construcción de un nuevo sujeto revolucionario es que las clases se construyen y se forjan a sí mismas en un largo proceso histórico: siempre habrá una asamblea, una clase magistral, un bar o un teatro en el que se libra una batalla, una batalla en la que no podemos estar ausentes. En definitiva, E.P. Thompson es un activo vital para escapar de las interpretaciones y lecturas doctrinales que reducen el acervo de conocimientos y posibilidades que se desprenden de la tradición marxista.

Articles recomanats

Violència, impotència, sofriment a la convulsió mundial

Posfordismo y acción colectiva: repensar la estrategia

Spinoza reloaded. Estructures i politica en Frédéric Lordon

Entrevista a Daniel Raventós

  • Blanco Icono de Instagram
  • Twitter Icono blanco
  • Blanca Facebook Icono
  • Telegram-White-PNG

ReconÈIXER la tradició 

plurinacional i emancipatÒria

del nostre país 

es la condició de possibilitat

per A poder governar-nos

VOLS PUBLICAR

A AGON?