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Lenin, Foucault, Poulantzas

Pròleg de L'État, le pouvoir, le socialisme

Per Razmig Keucheyan, traducció de Ferran Martínez

«El Estado no es un bloque monolítico, sino un campo estratégico. ​ » (Nicos Poulantzas)

Rescatar los acontecimientos desconocidos del pasado de la «inmensa condescendencia de la posteridad». Así es como E.P. Thompson definió el rol de la historia crítica. La historia oficial es siempre la de los vencedores, el olvido de las clases subalternas es inherente al registro de los hechos históricos. Ya sea porque la casta de los historiadores ha pertenecido tradicionalmente al campo de las clases dominantes, o más fundamentalmente porque la escritura de la historia es a menudo un juego de suma cero, donde quien gana se lo lleva todo. El historiador crítico, por su parte, debe operar desde el interior de la «tradición de los vencidos». No por el gusto morboso por la derrota o por el martirio revolucionario, sino para demostrar que lo real y lo posible son siempre tiempos disociados, que otras realidades además de las que han acontecido son concebibles. Producir una historia de los posibles: tal es el objetivo último del historiador crítico. 
 
No es posible imaginar una condescendencia de la posteridad mayor, y más injusta también, que en el caso de Nicos Poulantzas. Ahora bien, hay que precisar de inmediato que dicha condescendencia concierne a Francia. En el extranjero, en el mundo anglosajón, en América Latina o en Alemania por ejemplo, Poulantzas es considerado frecuentemente como uno de los principales teóricos del Estado de la historia reciente[2]. De hecho, hoy son importantes en Francia corrientes extranjeras del pensamiento crítico influenciadas por Poulantzas habiendo olvidado a Poulantzas. Así pues, no se puede comprender nada en la obra de Stuart Hall, uno de los fundadores de los ​cultural studies ​ hoy estudiados en todas las universidades francesas, si no queda claro lo que éste debe a Poulantzas. Hall es, por otro lado, el autor de una célebre entrevista con Poulantzas, publicada en julio de 1979 en la revista británica ​Marxism Today ​ unos meses antes de su suicidio, en la que repasa el conjunto de su trayectoria política e intelectual[3]. En los años 1960 y 1970, las obras de Poulantzas se vendían sin embargo en Francia por decenas de miles de ejemplares, 40.000 por ​Poder político y clases sociales, su primer gran libro publicado en ediciones Maspero en 1968​[4]​ .


Poulantzas es el mayor teórico marxista del Estado tras Gramsci. Después de sus comienzos sartrianos y posteriormente althusserianos, su concepción del poder no dejó de aproximarse a la del autor de los Cuadernos de la cárcel, incluso pese a los desacuerdos -o sobretodo malentendidos- que continuaron hasta el final​[5]​. La obra de Poulantzas es el punto culminante de un siglo de debates sobre la cuestión del poder y del Estado en el seno de la tradición marxista. Sintetiza esos debates y abre nuevas pistas para proseguir en contacto con un capitalismo en mutación constante. Contiene igualmente una discusión de las principales teorías no marxistas de la época sobre el poder, aquellas de Michel Foucault, Pierre Clastres, Claude Lefort, Gilles Deleuze, Raymond Aron o Talcott Parsons, y reconoce la especial importancia de algunas entre ellas, particularmente la de Foucault. 
 
El Estado, el poder, el socialismo (​EPS), el último y el mayor libro de Poulantzas, que hemos reeditado, no ha acabado de revelar todo su potencial crítico. Debe ser leído por una nueva generación de militantes y de intelectuales radicales. La crisis del capitalismo que atravesamos, cuyo origen se sitúa en la quiebra del banco Lehman Brothers en septiembre de 2008, no es una crisis puramente financiera. Se trata, como diría Gramsci, de una «​crisis del Estado en su conjunto», que ha contaminado el conjunto de las esferas sociales, y en particular a las instituciones políticas. La fuerza de la teoría marxista del Estado, la que encabeza Poulantzas, nos ayuda a comprender la forma en que las diferentes dimensiones de la crisis interactúan las unas con las otras. Nos permite también concebir escenarios de salida de la crisis, lo que Poulantzas denomina, en la conclusión de ​EPS, una «​vía democrática hacia el socialismo». A la vista de la devastación social y ecológica que genera el capitalismo, no hay tarea más importante en estos momentos que explorar esta vía de nuevo. 
 
Coyuntura 
 
EPS ​ es una obra de una gran sofisticación teórica pero es también un texto de intervención en una coyuntura política, la segunda mitad de los años 1970. «La urgencia, en el origen de este texto, dice la primera frase de la obra, concierne, en primera instancia, a la situación política en Europa: si la cuestión de un socialismo democrático no está en el orden del día en todas partes, se plantea no obstante en muchos países europeos»

El libro se publicó en 1978. La Unión de la izquierda se había quebrado algunos meses antes, cinco años después de la firma del programa común en 1972[​6]​ . Poulantzas escribe entonces que ese programa estaba todavía en vigor. Quienes sabemos el festival de renuncias que representó el mitterrandismo, podemos estar tentados de no ver en la década que precede a su ascenso al poder más que un preludio de esas renuncias. Eso sería ceder a la condescendencia de la posteridad. Para Poulantzas, la cuestión del socialismo se plantea en Francia en la segunda mitad de 1970. Mayo del 68 no queda lejos y sigue persiguiendo su realización política. En muchos aspectos, ​EPS ​busca responder una única cuestión: ¿en qué condiciones una Unión de la izquierda llegada al poder podrá llevar a cabo un proceso de transformación social radical? 
 
En esa época, la cuestión del socialismo no se plantea sólo en Francia. En Chile, el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, llegada al poder en 1970 es derrocado por el golpe de Estado de Pinochet en septiembre de 1973. La experiencia de la Unidad Popular afectó enormemente a la generación de Poulantzas, y una serie de referencias a Chile figuran en ​EPS ​ en los momentos clave de su razonamiento. Allende accede al poder por la vía de las urnas y encabezando una coalición, lo cual es un modelo posible para Francia. Está flanqueado a su izquierda por el MIR, el «Movimiento de la Izquierda Revolucionaria», que muchos en la extrema izquierda francesa toman como ejemplo​[7]​ . El final trágico de la Unidad Popular demuestra sin embargo, a los ojos de Poulantzas, que si el respeto hacia las instituciones representativas es una condición para el socialismo democrático, no basta. Un gobierno de izquierda radical debe poder contar con las movilizaciones extraparlamentarias, no solo para llegar al poder, sino a lo largo de la transición hacia el socialismo. Sea para contrarrestar las fuerzas conservadoras que actúan en la sociedad, pero también para combatir sus propias tendencias a la burocratización, eso que Poulantzas llama el «tecnocratismo de izquierdas», del que ya observa manifestaciones en el aparato del Partido Socialista Francés. 
 
La Revolución de los Claveles de 1974 en Portugal es otra de las experiencias en las que Poulantzas apoya su pensamiento. Esa revolución tiene de particular que las fuerzas armadas fueron su principal motor. De un modo más preciso, el impulso inicial provino del seno del ejército, el cual a continuación convergió con un movimiento y unas aspiraciones populares profundas. Los militares han estado implicados de un modo u otro en todas las revoluciones modernas. La diferencia, en el caso portugués, reside en el hecho de que las primeras dislocaciones que dan lugar al proceso revolucionario se desarrollan en el ejército. Que una revolución de esa envergadura pudiera encontrar su origen en el «aparato del Estado» -ese concepto althusseriano es retomado por su cuenta- en principio, el más conservador y represivo, no deja de impresionar a Poulantzas. Su crítica de la estrategia leninista de la «dualidad de poderes», que ve en el enfrentamiento con el Estado y el ejército un momento inevitable de todo proceso revolucionario, encuentra en la experiencia portuguesa una de sus fuentes. Esto testimonia que los elementos favorables a la revolución pueden en ocasiones estar presentes en el ejército. 
 
Si hay un país europeo que sirvió de repositorio a Poulantzas cuando escribió ​EPS ​ , es Italia. El mayor partido comunista de Europa del Oeste, que sumaba hasta dos millones de miembros en los años 1960, el Partido Comunista Italiano (PCI) -el partido de Bordiga, Gramsci y Togliatti- fue una fuente de inspiración y de análisis inagotable para los marxistas de posguerra. Desde 1969, Enrico Berlinguer se situó a la cabeza del PCI. En la misma época, en pleno «Maggio strisciante» italiano, una parte de la izquierda del partido, reagrupada en torno al periódico ​Il Manifesto, fue expulsada. Tomó forma entonces la estrategia del «compromiso histórico», concebida para permitir el acceso al poder del PCI sobre la base de un acuerdo con la democracia cristiana (DC). La experiencia trágica de Chile jugó un rol determinante en la puesta en marcha de esta estrategia por Berlinguer. A sus ojos, la izquierda italiana no podría jamás disponer de una mayoría electoral en el país, por razones sociológicas profundas. Un compromiso con la DC se imponía en consecuencia. El asesinato de Aldo Moro -un demócrata cristiano favorable al acuerdo con el PCI- por las Brigadas rojas en 1978, así como la oposición del Vaticano y de la embajada americana, acabarían finalmente con el compromiso histórico. 
 La coyuntura política en la cual se elabora ​EPS ​es, como se ve, ambivalente. Es una coyuntura fluida, que manifiesta potencialidades revolucionarias tanto como conservadoras, y que requiere en ese sentido el despliegue de un pensamiento estratégico renovado. Otras coordenadas de la época están igualmente presentes en el objetivo de Poulantzas. El debate sobre el «totalitarismo», por ejemplo, relanzado con ocasión de la publicación de Archipiélago Gulag ​de Soljenitsyne en 1973, y de la llegada al centro de la escena mediática de los «nuevos filósofos». Es también la época del fin de las dictaduras en Europa: en el Portugal de Salazar, pero también en España, donde Franco muere en 1975, y en la Grecia natal de Poulantzas, donde la dictadura de los coroneles instaurada en 1967, es derribada en 1974. 
 
El compromiso político de Poulantzas había empezado antes de su llegada a Francia, en el Partido Comunista llamado «del interior» que buscaba emanciparse de la tutela de Moscú, y del que algunos de sus protagonistas se encuentran hoy en día en el seno de la coalición de la izquierda radical Syriza (el Instituto de Investigación de Synaspismos, uno de los principales miembros de Syriza, se llama por cierto «Instituto Poulantzas»). Poulantzas dedicó en 1975 un libro a ​La crisis de las dictaduras[8]​ . Cuando las dictaduras se extinguían en el continente europeo, empezaron a proliferar en otras partes, en América Latina, en África y en Asia. 
 
Las teorías críticas actuales no nos han habituado a un pensamiento tan firmemente anclado en las cuestiones estratégicas de su época como el de Poulantzas. Leer a Poulantzas hoy nos permite medir hasta qué punto la ​política ​ está ausente de la mayor parte de esas teorías​[9]​ . En ese sentido, Poulantzas pertenece a un ciclo de elaboración crítica profundamente diferente del nuestro. 
 
El Estado capitalista
 
Desde el final de la II Guerra Mundial hasta la primera mitad de los años 1970, el capitalismo atravesó un periodo de prosperidad sin precedentes que no se ha conocido desde entonces. El compromiso fordista permitió redistribuir los frutos del crecimiento económico e hizo posible que los sectores de la población hasta entonces relativamente pobres accedieran a los bienes de consumo. En el plano de las instituciones políticas, este periodo es el del Estado intervencionista y de una cierta estabilidad del orden social hasta la segunda mitad de los años 1960. El crecimiento generaba ingresos fiscales que daban al Estado los márgenes de maniobra necesarios para organizar la economía y edificar sistemas de protección social eficaces. 
 
Con la crisis surgida en la primera mitad de los años 1970, marcada especialmente por la aparición del paro estructural, el Estado perdió rápidamente sus medios. Es lo que el marxista estadounidense James O’Connor -cuyo trabajo recorre ​EPS​ denominó la «crisis fiscal del Estado», en una obra publicada en 1973​[10​]. El Estado referido en ​EPS ​es un Estado en crisis. Los primeros análisis poulantzianos del Estado se remontan a mitad de los años 1960. Preceden por tanto al punto de inflexión de los años 1970. Pero a partir de éste, Poulantzas reevaluó su aproximación al Estado hasta elaborar una teoría general del Estado capitalista como Estado en crisis. A sus ojos, el Estado es indisociablemente factor de crisis y de solución a la crisis. 
 
La teoría del Estado de Poulantzas se apoya sobre un conjunto de ideas firmemente articuladas. La primera es la de la ​autonomía relativa ​ ​del Estado con respecto a las clases dominantes​[11]​ . El Estado capitalista, dice Poulantzas, es autónomo con respecto a los intereses de la burguesía, pero sólo relativamente. Esta tesis de la autonomía relativa del Estado ha sido a menudo mal comprendida. Lo ha sido por ejemplo por Pierre Bordieu, quien la cita en repetidas ocasiones en sus cursos sobre el Estado en el ​Collège de France del periodo 1989-1992, recientemente publicados bajo el título ​Sobre el Estado[12]​ . En un curso de enero de 1991, Bourdieu se preguntaba: «El Estado es dependiente, como dicen los marxistas, incluso, ¿Aunque se trate de una dependencia relativa, como decía Poulantzas​[13]?» Más tarde en el mismo curso, planteaba la «encrucijada Skocpol/Poulantzas». Theda Skocpol es una politóloga estadounidense conocida por su sociología de las revoluciones modernas y por su teoría neoweberiana del Estado como actor autónomo en relación a los diferentes sectores de la sociedad. La «encrucijada Skocpol/Poulantzas» remite a la alternativa -que Bordieu considera falaz- entre la tesis de la dependencia del Estado en relación a las clases dominantes (supuestamente sostenida por Poulantzas), y la de su independencia respecto a estas últimas (supuestamente sostenida por Skocpol). 
 
Bordieu era a veces un lector apresurado. Al leer a Poulantzas con una concentración mínima, se aprecia que su trabajo está enteramente dedicado al objetivo de salir de la «encrucijada» que Bordieu cree haber sido el primero en identificar. La «autonomía relativa» del Estado -una expresión que Bourdieu empleará también él mismo, a propósito de los campos sociales- tiene como objetivo responder precisamente a ese problema. En un régimen capitalista, el Estado es siempre un Estado de clase. Sin embargo, es autónomo en relación a las clases dominantes, y lo es por dos razones. La primera es que las clases dominantes no son homogéneas, nunca lo han sido y no pueden serlo. La división del trabajo es el fundamento del capitalismo y afecta a todos los sectores de la sociedad, incluso a las clases dominantes. Éstas se dividen, en otras palabras, en ​fracciones del capital ​ : el capital industrial, el capital financiero, el capital comercial, el ejército, el personal político, los intelectuales dominantes… Los intereses de esas fracciones no coinciden necesariamente. Con el fin de asegurar su dominación y de constituir eso que Poulantzas llama un ​bloque de poder ​ , deben poder contar consecuentemente con un instrumento lo suficientemente flexible que, a menudo bajo la hegemonía de una de ellas (por ejemplo, en la época neoliberal, el capital financiero), coordine sus intereses. Ese instrumento no es otro que el Estado. Éste obra en favor de la dominación burguesa, pero es independiente de los intereses de tal o cual fracción del capital. La autonomía relativa del Estado, en suma, es una consecuencia del carácter plural, diferenciado, de las clases dominantes. 
 
A menudo se le ha reprochado al marxismo -Claude Lefort ha basado toda su carrera en esa idea- no disponer de una teoría de la política. Ese reproche, como demuestra el pensamiento de Poulantzas, es profundamente erróneo. El marxismo explica por qué no puede no haber política, por qué la política es necesaria. Allí donde otras corrientes de pensamiento postulan de forma abstracta la existencia de la política, el marxismo demuestra que la política es el producto de la no-congruencia de intereses de las fracciones de las clases dominantes, y de las relaciones de fuerza que les oponen las fracciones de las clases subalternas. Es en ese espacio social no determinado en el que se aloja la política. 
 
Una segunda explicación de la autonomía relativa del Estado capitalista reside en que la burguesía no es siempre la mejor situada para defender sus propios intereses. Las clases dominantes carecen a menudo de lucidez sobre sí mismas. Es frecuente que busquen satisfacer sus intereses a corto plazo en detrimento de sus intereses a largo plazo. Esta es sin duda la norma, y los escritos políticos de Marx evocan numerosos episodios en los que la burguesía comete ​errores ​ , algunos graves. La crisis del capitalismo actual y la incapacidad de los Estados europeos de resolver el impasse institucional de la Unión Europea, son ejemplos contemporáneos. La existencia de un Estado relativamente autónomo es una forma de contrarrestar esa tendencia de la burguesía a cometer errores. El Estado organiza los intereses a largo plazo de las clases dominantes, incluída la necesidad de reprimir su tentación de satisfacer sus intereses inmediatos. Al menos es lo que un Estado que funcione normalmente debe hacer. Porque una característica de la crisis del Estado es que es cada vez menos capaz de organizar racionalmente y de forma duradera la hegemonía de las clases dominantes, en parte, como sugiere Poulantzas, porque ya no es lo suficientemente autónomo con respecto a éstas. 
 
Esa capacidad organizativa del Estado (es importante señalarlo), es independiente de la cuestión de si el Estado está dirigido o no por los representantes de las clases superiores. En una controversia opuesta a Poulantzas -una de las grandes controversias del marxismo- Ralph Miliband sostuvo que contrariamente a lo que sostiene la ciencia política dominante, el Estado capitalista no es neutro, es un Estado de clase​[14]​ .El argumento en el que apoya esa tesis es que la clase política y la alta administración están fundamentalmente compuestas por representantes de la burguesía. Poulantzas no responde a ese punto, pero para él, lo que hace del Estado capitalista un Estado capitalista no tiene que ver con el origen de clase de sus dirigentes. Ese Estado podría estar enteramente dirigido por obreros y no por ello dejaría de ser un Estado capitalista. Lo que hace capitalista al Estado capitalista es que ejerce una función de cohesión y reproducción del sistema. Esa es la razón por la cual Miliband reprocha a Poulantzas su «funcionalismo», es decir el hecho de que para él, el Estado capitalista se reconoce por la función que ejerce. Poulantzas reprocha a su vez a Miliband su «instrumentalismo», es decir, que a sus ojos, el Estado es un instrumento en manos de la clase dominante. En suma, para Poulantzas, el Estado no es útil para la clase capitalista salvo si es autónomo. Si la distancia en relación a ella se reduce demasiado, la situación se hace peligrosa para el sistema en su conjunto. 
 
El Estado como relación
 
Es sobre esa base que Poulantzas formula su definición del Estado como «condensación material de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase» (​EPS, p.191). Se trata de una de las más célebres definiciones del Estado de la tradición marxista. Leer a un autor supone quizás ante todo estar atento a las metáforas que emplea. En el marxismo clásico, desde el propio Marx a Gramsci, la doctrina militar ha sido un vivero de conceptos y de metáforas casi inagotable. Esa generación de marxistas estaba compuesta de lectores asiduos de Clausewitz, Jomini, Delbrück y otros estrategas militares del siglo XIX[​15]​. Por no poner más que un ejemplo, la distinción gramsciana entre la «guerra de movimiento» y la «guerra de posición», que permite al autor de los ​Cuadernos de la prisión ​ concebir una estrategia revolucionaria adaptada a Europa del oeste, se remonta a ​De la guerra ​ de Clausewitz. 


Con la transición del marxismo clásico al marxismo «occidental» en los años 1930​[16]​, la doctrina militar pierde su estatus de proveedor de metáforas. Éstas provienen actualmente de fuentes diversas. Esa diversidad se observa en Poulantzas. La idea de «condensación» que emplea en su definición de Estado corresponde a la química. La condensación es el tránsito de un gas o de un líquido al estado sólido. En ese sentido, el Estado es el producto de la «solidificación» de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase. Eso lleva a Poulantzas a utilizar una metáfora anatómica, cuando evoca por ejemplo la «osamenta» o el «esqueleto» del Estado capitalista. Aprovecha igualmente un vocabulario arquitectónico, refiriéndose en particular al «armazón» o a la «arquitectura» del Estado. Química, anatomía y arquitectura permiten a Poulantzas pensar la «materialidad» del Estado, es decir, asimilar el hecho de que éste se encarne en «aparatos» -represivos, ideológicos u otros- que se encajan los unos con los otros, y permiten que la lógica estatal al mismo tiempo refleje y defina el cuerpo social. 
 
¿Cómo comprender entonces la definición poulantziana del Estado? Que el Estado moderno sea un Estado de clase no significa que sea un bloque monolítico enteramente bajo control de la burguesía. El Estado es un ​campo estratégico ​ , en el que clases y fracciones de clase libran una lucha constante. En el fondo, la cuestión importante es ésta: «¿Por qué la burguesía ha recurrido generalmente, con el propósito de su dominación, a ese Estado nacional-popular, a ese Estado representativo moderno con sus instituciones propias, y no a otro?» (​EPS ​ , p.43). La respuesta es que no es la burguesía quien ha escogido esa forma de Estado, y que si hubiera podido hacerlo, hubiera elegido otra. Aun siendo capitalista de un extremo al otro, el Estado nacional-popular le fue impuesto a la burguesía por las clases subalternas: proletariado, campesinado, clases medias, mujeres, colonizados… Ese modo de concebir el Estado tiene implicaciones estratégicas importantes. La tesis marxista del «declive del Estado» se apoya en la idea de que el Estado es un instrumento de dominación, y que el derrocamiento del capitalismo conllevará la obsolescencia de ese instrumento. Si en cambio, cómo piensa Poulantzas, el Estado capitalista está moldeado por las luchas populares, la necesidad de su desaparición en la transición hacia el socialismo se hace menos evidente. 
 
Poulantzas elabora una teoría relacional del Estado. A sus ojos, el Estado no es una sustancia sino una relación. Consiste, más precisamente, en un conjunto de relaciones enmarañadas, en ocasiones de un modo conflictivo, en otras de manera más funcional. Según los regímenes políticos -democracia, dictadura, «totalitarismo»-, esas relaciones cambian de naturaleza. La concepción del Estado de Poulantzas es cercana a la teoría de las clases sociales de E.P. Thompson. En ​La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), Thompson sostiene que las clases sociales no son esencias, sino procesos. Se construyen en función de las experiencias que tienen los individuos y los grupos concernidos, y se constituyen oponiéndose, es decir, que la identidad de unos se forja en contacto con la identidad de otros. Eso que dice Thompson de las clases sociales, Poulantzas lo afirma con respecto al Estado. Esa aproximación es interesante en tanto que implica que el poder no está jamás completamente concentrado en el Estado. Dicho de otra forma, las fronteras del Estado son móviles. Eso implica también que todo Estado está empotrado en unas «matrices» espaciales y temporales, la principal en la época moderna es la nación. 
 
El Estado que Poulantzas observa en los años 1970 no es solo un Estado en crisis. Es un Estado en transcurso de mundialización. En 1973, Poulantzas pública en ​Temps modernes de Sartre -una revista en la que escribía regularmente- un sonado artículo titulado «La internacionalización de las relaciones capitalistas y el Estado-nación». Ese texto será objeto de una reedición en el recopilatorio ​Las clases sociales en el capitalismo hoy [17]​. Contiene una de las mayores contribuciones a la teoría del imperialismo tras los debates clásicos entre Kautsky, Lenin, Rosa Luxemburgo, Rudolf Hilferding… Ese artículo es una referencia fundamental para los teóricos contemporáneos que buscan elaborar una aproximación crítica a las relaciones internacionales. Leo Pantich en Canadá y Alex Demirovic en Alemania, entre otros, han desarrollado las tesis que adelantaba Poulantzas. 
 
En el seno del marxismo, la cuestión del imperialismo deriva a dos problemas ligados pero distintos. Primero, ¿cuál es el vínculo entre el centro y la periferia del sistema, es decir entre los países primeramente industrializados y las regiones víctimas del desarrollo desigual y combinado? En particular, ¿en qué medida la industrialización de los primeros es deudora del no (o del mal) desarrollo de los segundos? Por otra parte, ¿qué relaciones tienen entre sí las potencias imperialistas? En su texto ​El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), Lenin sostiene que el imperialismo implica una rivalidad entre las potencias del centro por el reparto del mundo, susceptible de desembocar en guerras. Lenin se opone a Kautsky, quien afirma que la cooperación entre países imperialistas es posible e inevitable, más precisamente que la emergencia de una «santa alianza de los imperialistas», o «ultraimperialismo», es la tendencia a finales del XIX y a comienzos del siglo XX. 
 
Esas dos posiciones clásicas -conflictos interimperalistas o ultraimperialismo- son objeto de reformulaciones en las décadas siguientes. En la época de Poulantzas, el economista trotskista Ernest Mandel retoma la posición de Lenin. Mandel ve particularmente en la construcción europea la aparición de un capital competidor del capital estadounidense, lo que podría comportar una nueva rivalidad interimperialista​[18]​. Al contrario, los tercermundistas como Paul Sweezy, Immanuel Wallerstein, o André Gunder Frank perciben
la oposición entre centro y periferia como determinante en el capitalismo de su tiempo. Esa es una de las dimensiones de la noción de «capital monopolista» empleada por Baran y Sweezy en su obra de 1966​[19]​. 
 Poulantzas considera esas dos posiciones como igualmente erróneas, e insuficientemente creativas en relación al marxismo tradicional. Pasan por alto lo que constituye el hecho fundamental después de la II Guerra Mundial: la naturaleza inédita de la hegemonía americana. Esa hegemonía se ejerce sobre el Tercer Mundo, América Latina, Oriente Medio o Asia. Se ejerce también sobre Europa. Sin embargo, no del mismo modo en ambos casos, ya que el viejo continente no se encuentra ni en una relación neocolonial con los Estados Unidos, como lo están los países del Tercer Mundo, ni es completamente independiente. Después de la II Guerra Mundial, el capital americano se instala en Europa con el beneplácito de las élites europeas. Debido a la devastación de las dos guerras mundiales, el Viejo Continente está en ruinas y abrirle la puerta al capital americano es para las élites un modo de rehacerse en el plano económico y político. Es también un modo de defender los intereses del capital en general, frente a la consolidación del campo soviético y el progreso de las luchas de liberación nacional en el Tercer Mundo​[20]​ . 


 Las inversiones directas americanas en Europa aumentan de manera vertiginosa. Conciernen a los sectores productivos más dinámicos del capitalismo americano. Lo más frecuente es que los beneficios producto de dichas inversiones no sean repatriados a los Estados Unidos, como se daría en una relación imperialista clásica entre una metrópolis y sus colonias. Son reinvertidas en Europa, donde las multinacionales estadounidenses disponen de filiales. Se asiste a una fusión creciente -desigual según los sectores- del capital US y del capital europeo mientras los Estados europeos están a cargo de la intendencia: transformación de los marcos jurídicos, fiscalidad ventajosa, negociaciones salariales, represión sindical… Es en ese contexto en el que arranca la construcción europea, de la que no se entiende nada si no se observa que opera bajo la hegemonía americana. Los problemas que atraviesa la Unión Europea hoy se remontan en parte a esa configuración inicial. El rol del Tesoro americano, y en particular de su secretario Timothy Geithner, en la resolución de la crisis actual de la UE, así lo ilustra​[21]​ . Para Poulantzas, la mundialización del capital, lejos de debilitar a los Estados, opera bajo su égida, y bajo el de un Estado en particular, el Estado americano. 
 
Es entonces cuando Poulantzas avanza uno de sus conceptos más fecundos: el de burguesía interior ​ . La teoría marxista del imperialismo reconoce tradicionalmente dos tipos de burguesía: las burguesías nacionales y las burguesías «​compradoras ​ ». Una burguesía nacional es independiente, posee unos intereses y una cultura propios y su existencia está ligada a un Estado-nación. Una burguesía compradora, por el contrario, está subordinada al capital extranjero, para el cual no constituye a menudo más que un simple intermediario respecto a un territorio dado. Es un fenómeno típico de los países colonizados. La burguesía compradora logra su posición dominante por su capacidad de comerciar con el extranjero. 
 
La burguesía interior designa a la burguesía europea de posguerra en su relación con los Estados Unidos. Por un lado, se aleja cada vez más del ideal tipo de burguesía nacional, perdiendo su autonomía frente al capital americano. Como dice Poulantzas, «debido a la reproducción del capital americano en el seno mismo de esas formaciones, (...) está imbricada en múltiples lazos de dependencia, en el proceso de división internacional del trabajo y de concentración internacional del capital bajo la dominación del capital americano​[22​].» Por otro lado, la burguesía interior no es una burguesía ​compradora ​ , que habría perdido toda su independencia. Las contradicciones persisten y pueden manifestarse periódicamente entre el capital americano y el capital europeo. Este último puede también haber conservado en ciertos casos -la Francia de De Gaulle por ejemplo- una cierta autonomía política. Burguesía «interior» que ha ​interiorizado ​ en su propio cálculo económico-político los intereses de un capital extranjero, en este caso el capital de USA. Éste, dice Poulantzas, fuerza al capital europeo a reestructurarse, lo que supone también una reestructuración de la forma del Estado. Si la mundialización opera bajo la égida de los Estados, ésta influye a cambio sobre la naturaleza de los últimos. 
 
Estatismo autoritario 
 
La mundialización del capital se acompaña de un autoritarismo estatal cada vez más marcado. La cuarta parte​ de EPS ​ se titula "El declive de la democracia: el estatismo autoritario".  Esta última noción, junto con la de burguesía interior, es una de las más interesantes propuestas por Poulantzas, y también una de las más adaptadas al mundo en el que vivimos hoy. En ​El Estado y la revolución ​ (1917), Lenin sostiene que la democracia es la mejor forma política posible para el capitalismo. Una vez que el capital se ha enraizado, ese régimen es en efecto el más estable. El capitalismo que los revolucionarios tratan de derribar, desde ese punto de vista, está incrustado en las instituciones democráticas. 

 La intuición de Poulantzas es que, desde del último tercio del siglo XX, hemos salido de esa alianza entre el capitalismo y la democracia identificada por Lenin. La democracia se convierte en un handicap para el capitalismo, sobretodo porque permite unas demandas sociales (sanidad, pensiones, seguro de desempleo…) que siempre reclaman ser escuchadas, que son costosas y ejercen una presión a la baja sobre la tasa de beneficio. El capitalismo evoluciona hacia una forma no democrática, que se acompaña actualmente de lo que Poulantzas llama un estatismo autoritario. Poulantzas se sitúa aquí, una vez más, en la estela de Gramsci. En los ​Cuadernos de la prisión ​ , éste sostiene que, en un período de crisis, las instituciones menos democráticas -ejército, finanzas, burocracia, iglesia- ocupan el centro de la escena en detrimento de las instancias democráticas, especialmente el parlamento. «Cesarismo» es el nombre que Gramsci da a esa tendencia.
 
Poulantzas distingue el estatismo autoritario de lo que llama «Estados excepcionales». Esa noción designa los regímenes no democráticos, fundamentalmente en el siglo XX las dictaduras militares y los regímenes «totalitarios». Estos tienen fundamentos distintos de los regímenes democráticos. El estatismo autoritario es una tendencia endógena de las democracias representativas. No hay nada de excepcional, es el destino común de todos los regímenes democráticos después de los años 1970, es decir, desde que surge la crisis del capitalismo. De un modo más preciso, como dice Poulantzas, hay elementos normales y elementos excepcionales que coexisten actualmente en la estructura de los Estados democráticos. 
 
Paradójicamente, los Estados autoritarios no son Estados fuertes, sino débiles. Es precisamente porque son débiles que se convierten en autoritarios. Un Estado fuerte se apoya sobre una hegemonía sólidamente constituida, una «hegemonía acorazada de coerción» para decirlo como Gramsci. Cuando la hegemonía pierde su vigor, la coerción se sitúa por delante. La debilidad de los Estados autoritarios explica que las políticas que llevan a cabo son a menudo poco coherentes. El autoritarismo avanza en proporción inversa a la consistencia ideológica. Cuando ésta escasea, la línea política se hace vacilante y contradictoria. Eso es lo que hoy se constata en el marco de la gobernanza de la Unión Europea, pero también a la escala de cada Estado-nación, y particularmente en Francia. Como dice Poulantzas en una frase penetrante, que deberían meditar los presidentes de la República pasados y presente: «Esas contradicciones atraviesan forzosamente el punto focal que representa el jefe supremo del ejecutivo: no hay ​un presidente, ​sino muchos en uno solo ​ .» (​EPS ​ , p. 321) 
 Con el estatismo autoritario, el peso del parlamento entra en declive y el del ejecutivo aumenta en proporción. El parlamento actúa como un mero trámite de sus decisiones, que tienden a tomar la forma de decretos y a ser adoptados en los gabinetes ministeriales. El poder de la burocracia se acrecienta igualmente. La administración se convierte en el lugar en el que se elaboran los acuerdos entre fracciones del capital, y entre el capital y las clases subalternas. El problema, dice Poulantzas, es que la burocracia no es suficientemente flexible y reactiva para que la coordinación de los intereses de las clases dominantes se efectúe en buenas condiciones. Eso agrava todavía más la inconsistencia de las políticas llevadas a cabo. Como vemos, Poulantzas está lejos de considerar el Estado capitalista como una entidad todopoderosa. Incluso aunque continúe disponiendo de importantes recursos, y si conserva una cierta unidad, la crisis obstaculiza su acción y acentúa las contradicciones que le subyacen, contradicciones que en tiempos normales es capaz de asumir. 
 
A medida que el capitalismo se desarrolla, el Estado avanza en la sociedad. Se inmiscuye en la gestión de las condiciones de producción y de reproducción del capital: transportes, educación, sanidad, urbanismo, protección de los recursos naturales… Eso implica que, en caso de crisis, es parte de la solución tanto como del problema. El Estado en sí mismo no es exterior a la crisis sino que produce la crisis. Interviniendo para resolverla, es susceptible de agravarla, por ejemplo subvencionando ciertos sectores poco productivos de la economía, o estando obligado a pagar los seguros de desempleo que pesan sobre su presupuesto y sobre los tipos de interés a los que podrá endeudarse en el futuro. El Estado está en jaque mate: no intervenir es imposible e intervenir tiene el riesgo de profundizar la crisis. El autoritarismo es la consecuencia de esta contradicción. 
 
Contra la dualidad de poderes 


 Poulantzas se lanza en ​EPS ​ a realizar una crítica a la «dualidad de poderes». Ese concepto aparece en el contexto de la Revolución rusa. Sin embargo, conduce a los marxistas que lo elaboran, en primer lugar Lenin y Trotsky, a releer a través de él toda la historia de las revoluciones modernas desde la revolución inglesa. La versión más sofisticada de ese concepto se encuentra en la ​Historia de la revolución rusa ​ de Trotsky, cuyo primer volumen contiene un capítulo dedicado a él. Lenin se refiere a la dualidad de poderes en tres textos: las ​Tesis de abril ​ (1917), un artículo igualmente publicado en 1917 en Pravda titulado «Sobre la dualidad de poderes», y en el panfleto ​Las tareas del proletariado en nuestra revolución ​ , con fecha abril-mayo de 1917. Lenin reflexiona sobre ese problema bajo el fuego de la acción, entre las dos revoluciones -febrero y octubre- de 1917, eso es lo que le confiere a sus escritos un carácter menos elaborado que el de Trotsky, que redacta la Historia de la revolución rusa en su exilio en Turquía, a comienzos de los años 1930. 
 
Trotsky define así la dualidad de poderes: «(...) la preparación histórica de una insurrección conduce, en el periodo prerrevolucionario, a que la clase destinada a realizar el nuevo orden social, sin haberse convertido en dominante en el país, concentre de modo efectivo en sus manos una parte importante del poder del Estado, mientras que el aparato oficial está todavía en manos de sus antiguos poseedores. Ese es el punto de partida de la dualidad de poderes en toda revolución​[23​].»


 La dualidad de poderes es una situación en la que dos poderes se disputan un mismo territorio: el poder existente, el zarismo en el caso de Rusia, y el movimiento revolucionario. Ese enfrentamiento tiene un carácter territorial, ya que cada antagonista ocupa una parte del espacio nacional (rural o urbano) y busca conquistar la otra por la fuerza. El Estado está del lado del poder existente, incluso aunque algunas de sus ramas, como sugiere Trotsky en ese pasaje, puedan pasar a estar bajo control de las fuerzas revolucionarias. La dualidad de poderes supone un ​clímax ​ -un punto culminante- en el enfrentamiento revolucionario más allá del cual es superada. Implica también que la identidad de los antagonistas esté claramente delimitada, incluso si cada campo es el fruto de alianzas entre distintos sectores de la sociedad.
 
Desde la Comuna de París a la revolución sandinista de 1979, pasando por las revoluciones rusa, china, vietnamita, cubana y argelina, el modelo de la dualidad de poderes ha sido determinante en el siglo XX, en la teoría y/o en la práctica. Por supuesto, esas revoluciones tienen características propias, pero cada una ha dado lugar a la fragmentación de un territorio, seguida de la basculación del poder de una a otra de las fuerzas (armadas) en lucha. En última instancia, la distinción entre la reforma y la revolución, que ha estructurado los movimientos de emancipación desde la segunda mitad del siglo XX, deriva de esa concepción del cambio social. Se denominará «reformista» a todo aquel movimiento que considere que el cambio no debe tomar el camino de la dualidad de poderes, y «revolucionario» todo aquel movimiento que preconice esa estrategia. 
 
Para Poulantzas, la dualidad de poderes es conveniente en todo caso para los países no democráticos, donde las instituciones representativas y la sociedad civil son frágiles. De hecho, la historia de las revoluciones en el siglo XX demuestra que esa estrategia no ha funcionado más que allí donde existen regímenes autoritarios​[24​] . En los países con una antigua tradición democrática, un movimiento que llevara a cabo una estrategia de ese tipo iría a la catástrofe. Eso es lo que había empezado a reconocer Gramsci, con las nociones de «Estado integral» y de «guerra de posición» que tratan de superar una concepción simplista de los procesos revolucionarios. Esa concepción no es por cierto la de Lenin y Trotsky, sino que resulta de la insuficiente contextualización y de la osificación de su pensamiento en las décadas que les siguieron. 
 
El Estado capitalista no es una «fortaleza», dice Poulantzas. No es exterior a los conflictos sociales, y en ese sentido, no se conquista como se conquistaría una plaza fuerte situada en territorio extranjero. En tanto que condensación de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase, el Estado está atravesado de contradicciones. Todos sus «aparatos» lo están en diferentes grados. En consecuencia, es erróneo representar al Estado como si estuviera situado de un lado, el lado conservador, de la dualidad de poderes. Se encuentra en una parte y en la otra de la línea del frente, hasta tal punto que esa línea del frente no es en realidad sólo una. De un modo más preciso, existen múltiples líneas del frente, de las cuales algunas pasan por el interior mismo del Estado. 
 
Esta constatación sitúa al marxismo en un camino inexplorado. En primer lugar, la revolución deja de ser sinónimo de enfrentamiento armado con el Estado. Éste permanece por supuesto como el garante del orden existente, si es necesario a través de la violencia. En ese sentido, toda revolución incluye momentos de contraviolencia. Pero esos momentos ya no son concebidos como decisivos, saliendo de una visión militar del cambio social. Se renuncia al mismo tiempo al clímax, a la idea de punto culminante del proceso revolucionario. El Estado no desaparece en la transición al socialismo, está presente también en el socialismo. Puesto que no es un simple instrumento en manos de los capitalistas, no hay motivo para eliminarlo con la desaparición del sistema. Los marxistas le han dedicado poca atención al problema de la forma del Estado en un régimen socialista, porque el socialismo abolirá el Estado. Ahora, según Poulantzas, esa cuestión debe incluirse en el orden del día de la investigación marxista. 
 
La democracia representativa también se mantiene. «El socialismo será democrático o no será», afirma Poulantzas en la conclusión d’​EPS ​ . Una crítica que Rosa Luxemburgo -una de las principales fuentes de inspiración de Poulantzas- dirige a Lenin en ​La Revolución rusa (1918) es la de haber suspendido la democracia representativa en provecho de los consejos obreros. La ausencia de vida democrática -prensa independiente, elecciones generales, libertad de conciencia y de reunión- asfixia el proceso revolucionario. La única instancia que logra mantenerse a flote en ese contexto de desaparición de la política es la burocracia. La burocratización de la URSS, que desemboca en el estalinismo, se explica en parte por la suspensión de las libertades democráticas. Como no deja de recordar Poulantzas, esas libertades son producto de conquistas populares pasadas y deben ser defendidas. 
 
La «vía democrática al socialismo» preconizada por Poulantzas combina la radicalización de la democracia representativa con experiencias de autogestión en la sociedad civil, especialmente -pero no solo- en los centros de trabajo, y en el sector industrial tanto como en los servicios o en la función pública. Intenta influir en las contradicciones del Estado capitalista desde el interior y desde el exterior, es decir, al mismo tiempo formando parte de las instituciones desde las que se pueden lograr avances y haciendo presión sobre los aparatos del Estado a partir de espacios que se les escapan, que se mantienen a distancia del poder del Estado. El «eurocomunismo crítico» del que Poulantzas se reclama en los años 1970 consiste en ese doble movimiento​[25​] . Para Poulantzas, la idea de un «interior» y de un «exterior» del Estado, sin desaparecer completamente, se convierte en relativo, una consecuencia del abandono de la dualidad de poderes.
 
La cuestión de las alianzas de clase es crucial en ese proceso. En los años 1970, Poulantzas dedica una serie de textos a la «nueva pequeña burguesía», eso que nosotros llamaríamos hoy en día las «clases medias»: funcionarios, técnicos, empleados de oficina, gerentes, profesores​[26​]… En esa época se desencadena un debate -Serge Mallet, Alain Touraine, Pierre Bourdieu, André Gorz, Erik Olin Wright toman parte- para saber si esa clase es una nueva clase social o si es un epifenómeno en la estructura de las sociedades capitalistas. Esa problemática se pone en relación con la emergencia de los «​managers ​ » o los «ejecutivos» en el capitalismo de la época, y con la disociación creciente de la propiedad y de la gestión del capital. 
 
Poulantzas es de los que sostienen que la «nueva pequeña burguesía» es una clase acabada. Es crucial, añade, que el movimiento comunista reconozca que tiene intereses propios, que no coinciden forzosamente con los de la clase obrera. Todo lleva a creer que las revoluciones que están por venir, en Europa y en otras partes, procederán de la alianza de la clase obrera y de esa nueva pequeña burguesía siempre susceptible de bascular del lado de la reacción, como lo demuestra el caso de Chile. Es por eso que la hegemonía en su seno de las organizaciones revolucionarias es una de las cuestiones estratégicas del momento. Sobre ese punto, la situación apenas ha cambiado desde la época de Poulantzas. 
 
Tras Foucault
 
Las dos teorías críticas del poder más influyentes del siglo XX son las de Lenin y de Foucault. En el seno del pensamiento crítico contemporáneo, la aproximación foucaultiana ha destronado el leninismo -dominante hasta el último tercio del siglo- como teoría del poder más debatida. Esas dos concepciones están sobredeterminadas por el contexto en el que emergen. Lenin busca derrocar el zarismo, un régimen en que el Estado concentra lo fundamental del poder, y donde, como dice Gramsci, la sociedad civil es «primitiva» y «sin forma». Eso es lo que confiere a la teoría leninista del poder su principal característica: su estatocentrismo, es decir, el hecho de que está centrada en la toma del poder del Estado. Ese estatocentrismo no es integral. Lenin tiene, por supuesto, conciencia de la existencia de formas extraestatales de poder. Los trabajos recientes que le conciernen demuestran que la cuestión de la cultura, en su vinculación con la política, es crucial para él, en particular al final de su vida[​27​]. No es menos cierto que en un contexto absolutista, Lenin no puede hacer otra cosa que elaborar una concepción estatocéntrica del poder.
 
La aproximación foucaultiana se construye en oposición a Lenin, y más generalmente al marxismo[​28​]. Pone el acento en la parte del poder que escapa al Estado, dicho de otro modo, no sobre la concentración del poder en el Estado, sino sobre su dispersión en el cuerpo social. La «microfísica del poder» de Foucault supone una concepción difusa y reticular del poder. Pero Foucault ciertamente no ha descuidado el Estado. En cierto modo, no habla de otra cosa. En el curso del Collège de France de la segunda mitad de los años 1970 aparece el concepto de «gubernamentalidad». Por medio de él, Foucault trata de aprehender un tipo de poder que se manifiesta en el siglo XVII, y que toma el relevo del Estado «administrativo» de los siglos XV y XVI. La gubernamentalidad se ejerce ya no sobre un territorio, sino sobre las poblaciones, ya que busca preservar las condiciones de existencia -sanidad, trabajo, entorno- en función del poder y del beneficio. Es por eso que Foucault dice que se trata de una forma de «biopoder», de un poder que tiene por objeto la vida.
 
Si Foucault se interesa por el Estado es, sin embargo, bajo el ángulo de la dispersión y del descentramiento. La preservación de las condiciones de existencia de las poblaciones conduce al Estado a desarrollar saberes relacionados: demografía, economía política, estadística o sociología. Esos saberes moldean a los individuos, mediante la puesta en circulación de categorías (por ejemplo raciales) y la regulación de prácticas. El gobierno de las poblaciones se acompaña de un «gobierno de sí», por el cual las tecnologías del poder desencadenan procesos de subjetivación. Uno de los objetivos​ ​de la aproximación foucaultiana es la concepción «jurídica» del poder, presente al menos desde Hobbes en la filosofía política. Ésta hace del Estado una instancia centralizada, que deriva de la sumisión de los individuos a la ley.
 
Poulantzas es el primero en tomarse en serio el desafío que representa la obra de Foucault para el marxismo. Las referencias al autor de ​Vigilar y castigar ​ son numerosas en ​EPS ​ , hasta tal punto que constituyen prácticamente un libro dentro del libro. Poulantzas reconoce el valor de la aportación de Foucault y la aprovecha para hacer evolucionar el marxismo. El enfoque foucaultiano permite por ejemplo superar la idea de que el poder consistiría solamente en una dupla represión-ideología. Desde el punto de vista marxista, el poder reprime mediante la violencia o el poder engaña mediante la ideología. Lo que demuestra Foucault, es que existen más que esas dos operaciones, el poder produce lo real, tiene una dimensión ​performativa ​ . Esto se logra especialmente por la puesta en circulación de categorías ya mencionadas. Los marxistas siempre han asimilado -y subvertido- la perspectiva de pensadores no marxistas -la de Max Weber en el caso de Lukacs, la de Benedetto Croce en el de Gramsci-, y Foucault es, en cierto sentido, el Weber o el Croce de Poulantzas. Con el paso de los años la influencia del estructuralismo althusseriano no dejó de disminuir en Poulantzas en beneficio de una influencia creciente de la «filosofía de la praxis» de Gramsci, en parte por el hecho de que este último le permitía tener un debate constructivo con Foucault. 
 
Eso no impide a Poulantzas dirigirle a Foucault críticas radicales. La primera de ellas la de no haber superado una concepción metafísica del poder que hace de él una «sustancia». Para Foucault, el poder está disperso hasta tal punto que está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Existe el poder, sin que se sepa cuál es su origen, y hay resistencia al poder, sin comprender quien la desencadena. Sobre ese punto, el marxismo es más preciso y más analítico que el enfoque foucaultiano. En el capitalismo, la principal fuente de poder es la explotación. No es la única, pero es la que configura todas las demás, la que hace que el sistema capitalista sea justamente un sistema. La explotación nace en el dominio de la producción (el concepto de «economía» en su sentido actual es demasiado estrecho para definir eso que los marxistas llaman «producción»), dondequiera que el trabajo es acaparado por una clase que no lo desempeña. La explotación oprime a aquellos que son sus víctimas, pero les permite también resistir. El explotador necesita al explotado, su bienestar material y su estatus de poseedor dependen de él. Ese es el motivo por el cual la explotación tiene siempre un límite, y permite a los oprimidos crear un contrapoder. No diluye la explotación en una categoría abstracta de «poder», como hace Foucault, sino que se otorga los medios para pensar al mismo tiempo la dominación y la resistencia. 
 
Foucault omite el hecho de que muchos saberes elaborados para gobernar las poblaciones, después del siglo XVIII, aparecen no en la esfera del Estado propiamente dicha, sino en la de la producción​[29​]. El capitalismo profundiza permanentemente la división del trabajo, en la que la forma matricial es la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Como recuerda Poulantzas, «los intelectuales como cuerpo especializado y profesionalizado son constituidos en su funcionarización y mercenarización por el Estado moderno» (​EPS ​ , p. 99). Comprender la interacción entre el saber y el poder supone en ese sentido detectar los efectos de la división del trabajo sobre el cuerpo social, lo que Foucault no hace en ningún momento. 
 
Eso conduce a Foucault a subestimar la violencia del Estado contemporáneo, haciendo suyo el «gran relato» según el cual la historia de la modernidad es la historia de la pacificación de las relaciones sociales. Una versión influyente de ese gran relato en la época de Foucault y de Poulantzas se encuentra en ​La civilisation des moeurs ​ de Norbert Elias (publicado de manera confidencial en los años 1930, pero reeditado a finales de los años 1960). Para Poulantzas, «La violencia física monopolizada por el Estado subyace permanentemente a las técnicas del poder y los mecanismos del consentimiento (...), aun cuando esa violencia no se ejerce directamente.» (EPS, p. 129). La violencia del Estado es determinante, dice Poulantzas, lo que significa que actúa incluso -y puede que sobre todo- cuando no se actualiza. El componente represivo del poder no ha perdido en absoluto su importancia, ahora bien, esa violencia está concentrada en el Estado, un punto que Lenin -y Max Weber después de él- habían captado perfectamente. La incapacidad de Foucault para pensar la violencia colectiva, desde ese punto de vista, es un corolario de su incapacidad para pensar la centralización del poder por el Estado. 
 
Lenin, Foucault, Poulantzas. Esa secuencia teórica contiene una genealogía de la cuestión del poder en el siglo pasado. Su tercer término, Poulantzas, ofrece un punto de equilibrio fecundo entre las contribuciones de los otros dos. Un día quizás el siglo XX será poulantziano. Eso dependerá de que la contribución de Poulantzas sea desarrollada en el curso del próximo siglo. 

 

 

Referencias:

1. Profesor en la Universidad Paris-Sorbonne. Ha recopilado recientemente una antología de textos de Antonio Gramsci: ​Guerre de mouvement et guerre de position ​ , París, La Fabrique, 2012; y una obra consagrada al pensamiento crítico contemporáneo: ​Hemisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques ​ , Paris, La Découverte/Zones, 2010.  

2. En Francia, algunos representantes de la escuela de la regulación, como Bruno Théret, Bruno Amable y Stefano Palombarini, se referencian hoy en Poulantzas. Ver por ejemplo Bruno Amable y Stefano Palombarini, «A Neorealist Approach to Institutional Change and the Diversity of Capitalism», en ​Socio-economic Review ​ , 7, 2009.  

3. Ver Stuart Hall y Alan Hunt, «Interview with Poulantzas», en ​Marxism Today ​ , julio de 1979. A leer igualmente la entrevista de Poulantzas con Henri Weber, «L’État et la transition au socialisme», en ​Critique communiste ​ (revista de la Liga Comunista Revolucionaria), núm 16, junio de 1977. 

4. Ver François Dosse, ​Histoire du structuralisme ​ , t. 2, Paris, La Découverte, 1992, p. 205. 

5. Sobre la relación entre Gramsci y Poulantzas, ver Peter Thomas, «Conjuncture of the integral State? Poulantzas’s Reading of Gramsci», en Alexander Gallas y otros, Reading Poulantzas, Londres, Merlin Press, 2011. Dicho volumen contiene excelentes debates sobre las principales cuestiones de la obra de Poulantzas. Señalamos igualmente la antología de textos de Poulantzas, publicada por ediciones Verso: James Martin (dir.), ​The Poulantzas Reader. Marxism, Law and the State ​ , Londres, Verso, 2008.

6. Sobre ese periodo, ver Alain Bergougnioux y Gérard Gérard Grunberg, «L’Union de la gauche et l'ère Mitterrand (1965-1995)», en Jean-Jacques Becker y Gilles Candar (dir.), ​Histoires des gauches en France ​ , t. 2, Paris, La Découverte, 2005. Ver también Alain Bergougnioux y Danielle Tartakowsky (dir.), L’union sans unité. ​Le programmecommun de la gauche, 1963-1978 ​ , Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2012. 

7. Sobre la importancia del modelo chileno en Francia en esa época, ver Daniel Bensaïd, ​Une lente impatience ​ , Paris, Stock, 2004.

 8. Nicos Poulantzas, ​La crise des dictadures. Portugal, Grèce, Espagne ​ , Paris, Maspero, 1975. 

9. Ver a ese respecto Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche, op. cit.

10.James O’Connor , The Fiscal Crisis of the State, New York, Transaction, 2001. 

11.La noción de «autonomía relativa» es de origen althusseriano, se encuentra por ejemplo en el artículo dedicado a los «aparatos ideológicos del Estado»: Louis Althusser «Idéologie et appareils idéologiques d’État (Notes pour une recherche)», en ​La Pensée ​ , núm 151, junio de 1970, o en la contribución de Althusser a ​Lire le capital ​ (1965), titulado «L’objet du “Capital”», Paris, Maspero, 1965. 

12.Pierre Bourdieu, ​Sur l’État. Cours au collège de France, 1989-1992 ​ , Paris, Seuil, 2012. 

13.Ibid., p. 175. 

14.Sobre el debate entre Poulantzas y Miliband, al que se suma la toma de posición de Ernesto Laclau, ver por ejemplo Elisabeth Nash y William Rich, «The Specificity of the Political: The Poulantzas-Miliband Debate», en ​Economy and Society ​ , vol. 4, núm 1, 1975. Ese debate tuvo lugar principalmente en las páginas de la ​New Left Review ​ . El gran libro de Miliband sobre el Estado es ​El Estado en la sociedad capitalista ​ (primera edición inglesa: 1969).

15.Ver Bernard Semmel (dir.), ​Marxism and the Science of War ​ , Oxford, Oxford University Press, 1981. 

16.Ver a ese respecto Perry Anderson, ​Consideraciones sobre el marxismo occidental ​ . Poulantzas, teórico de la mundialización

 17.Nicos Poulantzas, ​Les classes sociales dans le capitalisme ajourd’hui ​ , Paris, Seuil, 1974. 

18.Una posición particularmente defendida por Mandel en «International Capitalism and “Supra-Nationality”», ​Socialist Register ​ , vol. 4, 1967. La oposición entre Poulantzas y Mandel ha estructurado los debates marxistas sobre la naturaleza de la construcción y de la crisis europeas hasta hoy, como testimonia Magnus Ryner, «Financial Crisis, Orthodoxy and Heterodoxy in the Production of Knowledge about the EU», ​Millenium: Journal of International Studies ​ , vol. 40, núm 3, 2012. 

19.Paul Baran y Paul Sweezy, ​Le capitalisme monopoliste ​ , Paris, Maspero, 1970. 

20.Leo Pantich y Sam Gindin se inspiran explícitamente en Poulantzas sobre ese punto en The Making of Global Capitalism. The Political Economy of American Empire ​ , Londres, Verso, 2012. 

21.Ver a ese respecto Jean Pisani-Ferry, «Tim Geithner and Europe’s phone number», informe del instituto ​Bruegel ​ , 4 de noviembre 2012, disponible en: www.bruegel.org/nc/blog/detail/article/934-tim​-geithner-and-europes-phone-number/  

22.Nicos Poulantzas, Les classes sociales dans le capitalisme aujourd’hui, op. cit, p. 71.

23.León Trotsky, ​Historia de la revolución rusa ​ . 

24.Ver a ese respecto la constatación sin apelación de Jeff Goodwin, ​No Other Way Out, States and Revolutionary Movements ​ , 1945-1991, Cambridge, Cambridge University Press, 2001. 

25.Ver Stuart Hall y Alan Hunt, «Interview with Poulantzas», op. cit., p.196. Étienne Balibar retoma la oposición entre el eurocomunismo crítico de Poulantzas y su «neoleninismo» de la época en «Communisme et citoyenneté: sur Nicos Poulantzas», en ​La proposition de l’égaliberté ​ , Paris, PUF, 2010. 

26.Ver Nicos Poulantzas, ​Les classes sociales dans le capitalisme ajourd’hui ​ , op. cit.
 27.Ver Lars Lih, ​Lenin ​ , Londres, ​Reaktion Books ​ , 2011.
 28.Sobre la relación de Foucault con Marx, ver el capítulo que Isabelle Garo le consagra en Foucault, Althusser, Deleuze & Marx ​ , Paris, Demopolis, 2011.
29.Ver sobre esa cuestión Bob Jessop, «Pouvoir et stratégies chez Poulantzas et Foucault», en ​Actuel Marx

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