Posfordismo y acción colectiva: repensar la estrategia

Raul García Carro

Como adelantó ya Paolo Virno en Grámatica de la multitud (2000), en la sociedad posfordista, toda distribución de trabajo asalariado deja traslucir su no-necesidad, su carácter de costo social excesivo. Pero esta no-necesidad se manifiesta como perpetuación del trabajo asalariado precario o flexibilizado. Esta afirmación, que en apariencia presenta un dilema contradictorio, no lo es en realidad. Más bien dibuja, con precisión quirúrgica, el escenario sobre el que, a nuestro juicio, debemos pensar hoy en día los diferentes retos que atañen a la cuestión del empleo en la sociedad de producción posfordista.

 

Si la primera parte nos invita a pensar sobre las transformaciones socio-culturales del empleo y su articulación frente a la tensión, o fusión, posfordista entre producción y consumo en la economía mundializada, la segunda nos habla de la necesidad, cada vez más imperiosa, de construir nuevas y efectivas garantías que, apoyándose en las viejas, conviertan de nuevo a los derechos laborales en una realidad material. Es en la articulación política de estas dos tendencias donde deben, desde nuestra perspectiva, centrarse los esfuerzos que busquen repensar el marco táctico y estratégico de acción política de los trabajadores para el presente, y para el complejo futuro que viene.

 

El devenir flexible

 

Son diversos los autores que han apreciado el papel neurálgico de la actividad del consumo en el capitalismo cognitivo (Fumagalli, 2010) y es que, consumo y producción, si en algún periodo del capitalismo pertenecieron a esferas separadas, en la actualidad se encuentran más entremezclados que nunca. Parece evidente aceptar que el consumo, entendido como actividad individual, viene determinado por los impulsos que, construidos sobre la base de la cooperación social, nos predisponen a consumir una determinada cosa y no otra. En la sociedad del capitalismo cognitivo, nos construimos como consumidores potenciales. 

 

De esta manera, el sistema de producción fordista asentaba sus fundamentos organizativos sobre una premisa que en ocasiones puede parecer imperceptible, pero que resulta de gran relevancia una vez traída a la centralidad del análisis. El fordismo se caracterizó, entonces, por una razonable previsibilidad de la demanda. Al enmarcarse las preferencias de las personas, potencialmente consumidoras, en sistemas de valores de carácter racional-secular, es decir, aquellos basados en la supervivencia y la seguridad material, esto permitía a las empresas, encargadas del diseño productivo, realizar una previsión de sus preferencias, organizando a medio plazo la organización de la producción y el empleo en función de éstas.

 

Como identifica Robert Inglehart (1990), a partir de los años setenta del siglo pasado, comienza a producirse, en las sociedades industriales, una deriva en los sistemas de valores que, influida por diversos factores, comienza a inclinarse hacia sistemas sociales donde se tornan hegemónicos valores vinculados a la autonomía, la autoexpresión y la libertad. Este proceso de transformación cultural, que va instaurándose gradualmente y a diferentes ritmos, comenzará a definir las pautas de conformación de las relaciones laborales que seguirán reproduciéndose, con cada vez mayor respaldo legal y menos capacidad de acción colectiva de los trabajadores, hasta nuestros días.

 

En la transición posfordista, la colocación en el centro de la vida social de aquella orientación de valor dirigida a la autoexpresión y la emancipación supondrá un cambio en la disposición de las sociedades frente al consumo. La adaptación del capital a esta transformación en las pautas de consumo de las sociedades occidentales (coherentemente, el capital, ni de manera homogénea ni concertada, se adapta para sobrevivir), que empiezan a sostenerse sobre esquemas de valores que exaltan la autonomía como liberación, la autonomía frente a la autoridad, se realizará transformando el consumo en una experiencia vital diferenciada. Así, el consumo debe significar una suerte de resistencia frente a lo establecido, de irónica rebeldía en un marco de superación personal y tratamiento individual de problemas que debieran articularse políticamente a través de respuestas colectivas.

 

Si la producción funciona bajo las directrices marcadas por el consumo y se configura en función de las preferencias de los consumidores, el acto de consumir, y la subjetividad que lo construye, se constituye como eje central, no fuera, sino dentro del sistema productivo. Por tanto, la producción semiótica se inserta hoy como una materia prima fundamental en la cadena productiva, y el consumidor es productor en sí mismo cuando busca recoger del producto aquellos valores, en forma de imaginarios y anhelos emocionales, que no son sino producto de la cooperación social.

 

En este contexto, el capital ha tenido que construir fórmulas para capturar esta materia prima y utilizarla como base de la producción y del empleo. Las redes sociales y la gestión y venta de los datos personales, como una de las principales formas de generar riqueza en la actualidad, pueden ser la principal muestra de ello. Consecuentemente, el capital tuvo que adaptar al empleo a las exigencias competitivas, culturales y económicas, que las sociedades iban planteando, lo que tuvo lugar fundamentalmente a través del marketing. El empleo debe volverse, a partir de ese momento, flexible; y el trabajador, por tanto, debe ser un trabajador elástico, tolerante al cambio, capaz de integrar en su proceso de trabajo esa serie de habilidades mentales y capacidades cognitivas que permiten generar una marca comercial que vincule subjetivamente el consumo a la autoexpresión y la emancipación.

 

El objetivo fundamental consiste en generar un entorno de trabajo amable, donde la condición de trabajador se ve mutada a condición de cooperante. Esta cooperación se realiza tanto dentro como fuera del espacio de trabajo, y la relación laboral impregna, en consecuencia, todos los rincones de la vida. En la disolución de uno de los pilares del sistema de organización fordista-taylorista, que era la férrea distinción entre tiempo de trabajo y tiempo de no-trabajo (Virno, 2000) se encuentra uno de los núcleos de la descomposición de las formas de acción colectiva, desde el punto de vista tradicional, en nuestro tiempo.

 

A esto nos remite la primera parte de la idea de Paolo Virno. El capital no necesita trabajadores, más bien precisa cooperantes, o incluso militantes, como han advertido algunos autores. Exige cada vez de una mayor vinculación subjetiva entre trabajador y empresa, un mayor compromiso y arraigo, pero destierra, cada vez con mayor fuerza, la vinculación jurídica a un papel irrelevante, en muchos casos, inoperante. Toda distribución de trabajo asalariado se percibe, pues, como superflua, innecesaria, pero esta tensión se expresa en la realidad laboral a través del empleo precarizado o flexibilizado.

 

 

 

La construcción política de la excepcionalidad

 

La adaptación de las empresas a un mercado global en constante movimiento, a partir de parámetros de completa imprevisibilidad, impone sobre ellas la necesidad de flexibilizar técnicamente el empleo y adquirir fácilmente mano de obra en los picos altos de demanda y desprenderse de ella en los picos más bajos. Como afirma Jorge Moruno: adaptarse al tiempo cambiante implica despojarse de toda carga innecesaria, de toda rigidez que impida el dinamismo y la flexibilidad que facilitan actuar con soltura ante los vuelcos y cambios de una producción pensada desde la subjetividad del consumo con el marketing como piedra angular (Moruno, 2015).

 

Hasta este punto nos lleva la segunda parte de la cita de Virno. El trabajo se presenta como costo social excesivo en la medida en que la empresa debe someterse, en estos términos, a las constantes fluctuaciones de la demanda en un mercado mundial hipercompetitivo, pero se manifiesta en su forma más precarizada, con la flexibilidad como sustrato ideológico. La consecuencia de este modelo de relaciones productivas para los trabajadores es un efecto de presión a la baja sobre los derechos laborales que, sentadas sus bases durante los últimos treinta años, se manifiesta hoy con una fuerza innegable en aquellos países atravesados por la transición posfordista. La mundialización de la economía, y su financiarización, obliga a las empresas a compartir mercado con otras empresas con las que, sin embargo, no comparte ordenamiento jurídico. No les queda otra opción, a causa de este modelo de relaciones productivas, que rebuscar los entresijos de la legislación vigente a través de diferentes fórmulas de ingeniería social y jurídica, para acercarse, en términos competitivos, a las empresas que operan en lo que de burda manera podríamos denominar economías low-cost.

 

En nuestra opinión, el término clave en este asunto, para identificar cómo operan, en mayor medida, esta serie de mecanismos técnicos de regulación del empleo es la excepcionalidad. A ella nos remite la literatura más potente en materia de relaciones laborales cuando clasifica las formas laborales surgidas en el periodo fordista como relación de empleo típica, aquel empleo con contrato indefinido, estable y con garantías sociales, y la relación de empleo atípica, aquellas conformadas por contratos temporales o eventuales. Existe, por tanto, una legislación prevista para la ordinariedad. y otra prevista para situaciones que podríamos denominar excepcionales por diferentes motivos (contratación parcial, temporal o eventual). En la actualidad, esta distinción tiene cada vez menos sentido, y es que la organización de la producción, en tanto está sujeta a la imprevisibilidad de la demanda, ha convertido la excepción en la norma. Y vuelta la excepcionalidad ordinaria, aquella regulación prevista para situaciones excepcionales tiene cabida ante situaciones laborales ordinarias. Cualquiera que haya trabajado en una Empresa de Trabajo Temporal sabe que, en la mayoría de los casos, las empresas demandan mano de obra para cubrir puestos de trabajo que corresponden al normal desarrollo de la actividad empresarial, bajo un barniz de histérica excepcionalidad. Ya no hay lugar para distinguir entre hora normal y hora extra allí donde todas las horas parecen ser extraordinarias.

 

En consonancia con lo afirmado, los datos nos muestran como el número de empleos temporales sigue aumentando mientras la duración media de los contratos se sitúa hoy en España en poco más de 50 días. Pongamos un ejemplo: una empresa de lácteos que produce para una cadena de supermercados firma un contrato con esta por la que, durante 1 año, además de la leche que ya le suministraba, va a comenzar a suministrar también yogur. Este aumento de la actividad de la empresa es cubierto a través de contratos no indefinidos pese a que, sin embargo, no representan ninguna situación que podríamos entender como excepcional, sino que son parte de la normal actividad de la empresa. De esta manera, una persona podría firmar un contrato indefinido (independientemente de que se rescinda después de ese año, o siga después)  mientras que lo que probablemente observemos sea la concatenación de contratos semanales, o diarios, durante un año, lo que reducirá sus días de cotización, su derecho a vacaciones, o su derecho a indemnización por despido, ya que el prorrateo mensual anula el componente coactivo de la indemnización por despido, que es su contenido esencial. El trabajo por proyectos, por pedidos, por horas efectivas de trabajo realmente productivo, no son más que las diferentes caras de la misma moneda, recursos jurídicos y sociales que trascienden las previsiones legales creadas bajo el paraguas fordista e inhabilitan los mecanismos de protección y garantía de los derechos.

 

El capital ha logrado, a partir de los ordenamientos jurídicos laborales nacionales, en connivencia con las diferentes legislaciones internacionales en materia de comercio y libertad de circulación de capitales, crear estructuras productivas que basan todo su funcionamiento en la excepcionalidad como criterio ordinario de organización y trabajo. El trabajo es innecesario, en la medida en la que es excepcional, y por lo tanto, temporal. La excepcionalidad supone la completa disponibilidad del tiempo de vida del trabajador para el empresario, ya que la reducción de costes implica fundamentar la maximización de la productividad flexibilizando tanto la jornada laboral que el trabajador solo es trabajador en aquellos momentos (y sólo en esos) en los que es efectivamente productivo, y para los que debe estar disponible todos los días de su vida, como una oportunidad excepcional de trabajo. La excepcionalidad actúa, de esta manera, como principio de conformación y ordenación de la relación laboral y somete al trabajo desde su redundancia, relegando la vinculación jurídica a un papel crecientemente residual.

 

 

Repensar la estrategia

 

Las prácticas de flexibilización del empleo han destrozado por completo las viejas dialécticas que caracterizaron al periodo fordista poniendo sobre la mesa un escenario innovador que impide responder utilizando únicamente las armas que nos legó la lucha obrera plasmada en el constitucionalismo social de posguerra. Estas nuevas realidades están significando una progresiva desvinculación entre el derecho del trabajo y los mecanismos regulativos reales de las relaciones laborales. El reto es re-colectivizar la relación laboral individualizada, y ello requiere de un viraje estratégico urgente.

 

La forma adquirida por los movimientos sociales en el contexto posfordista debe construirse en forma de red, con características flexibles, en la buena acepción del término, e inclusivas, y a partir de estrategias de mediatización y viralización como soporte de la legitimidad y efectividad de la protesta. El capital ha adquirido la destreza, a través de los mecanismos flexibilizadores del empleo, de desactivar la protesta económica, unido a su capacidad para administrar coercitivamente sus decisiones de inversión (Luque y González, 2017), que hace más difícil aún si cabe la respuesta organizada de los trabajadores. En muchos casos, será necesario, según parece, compensar la pérdida de recursos de poder estructural (Garcia Calavia i Rigby, 2016) con la búsqueda de la legitimidad social. Estas tendencias han hecho mella en España durante el ciclo de protesta poscrisis, donde la ocupación del espacio público ha sido la tónica habitual, destacando la convocatoria de manifestaciones y concentraciones en detrimento de la huelga y el repertorio clásico de acción colectiva.

 

De esta manera, alrededor del sector público terciario han emergido formas mixtas de movilización laboral-civil a partir de la colaboración entre trabajadores de la Administración y usuarios, que en España han recibido el nombre de mareas (Pastor y Sánchez, 2013; citado en Luque y González, 2017). La pregunta debe ser, entonces, si estas formas sociales surgidas en el sector público pueden servir de base para la construcción de estrategias sindicales que atiendan las demandas y las luchas de una multitud cada vez más diversificada de trabajadores. Esto nos obliga a pensar cuáles pudieran ser los criterios discursivos que permitieran significar la protesta laboral como una defensa del común, como formas de recuperación del común expropiado, sirviendo de columna vertebral para la promoción tanto de formas de autoejecución participativa de los derechos (que acompañen a la debilitada huelga) como de un refuerzo de la institucionalidad republicana y sus garantías constitucionales sobre el empleo.

 

Decía Revelli (1996) que la innovación organizativa a experimentar no podrá asumir, en exclusiva, un solo ámbito. No podrá emplazarse solamente en el terreno de la fábrica, ni sólo en el terreno social, sino que deberá intentarlo en un terreno intermedio: en el umbral entre producción y reproducción. Es este el marco de acción que deben tener en cuenta las nuevas formas organizativas sindicales que pretendan incidir en la realidad laboral actual. Si como recuerdan los postulados ecofeministas, resumidos de forma magistral por Nadal Perales en un reciente artículo en la presente revista, el capital ataca directamente los fundamentos de sostenibilidad de la vida, o de, como acuña Amaia Pérez Orozco, una vida que merezca la pena ser vivida, entonces las líneas maestras de actuación sindical deben dejar de basarse en las viejas distinciones de trabajador fijo/trabajador temporal, empleado/desempleado y empezar a poner el foco de acción sobre la defensa de la vida, proyectada laboralmente, y de las condiciones que garantizan una vida digna.

 

¿Cómo unificar? ¿Cómo recomponer, guardando al mismo tiempo la diferencia de singularidades, la multitud contra los dispositivos de discontinuidad y dispersión que sufre continuamente la relación productiva y el conflicto político que atraviesa la metrópolis? se pregunta Toni Negri en un artículo titulado La metrópolis y la multitud. Este es la tarea  fundamental: definir nuevas estrategias de actuación sindical que rebasen el propio centro de trabajo como sede donde empieza y acaba la protesta y construyan redes sindicales desterritorializadas que presionen colectivamente en favor de una adaptación de la realidad jurídica a la realidad material del trabajo en nuestras sociedades.

 

Bibliografía:

Fumagalli, A. (2010). Bioeconomía y capitalismo cognitivo. Hacia un nuevo paradigma de acumulación. Traficantes de sueños

 

Garcia Calavia, M. A. y Rigby, M. (2016). Recursos de poder de los sindicatos en España. Su examen a través de la negociación colectiva. Nº 87. pp. 7-24

 

González, S. y Luque, D. (2017). Declive de las huelgas y cambios en el repertorio de protesta en España. Arxius de sociologia, Nº 36-37, pp. 97-10

 

Inglehart, R. (1991). El cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas. Volumen 121 de Monografías. Centro de investigaciones sociológicas

 

Moruno, J. (2015). La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo.  Ediciones Akal.

Revelli, M. (1996). Ocho tesis sobre el posfordismo. Le due destre, Torino, Bollati Boringhieri. Traducción al español disponible en: https://grupomartesweb.com.ar/textos/textos-prestados/revelli-marco-8-tesis-sobre-el-postfordismo/

Virno, P. (2003). Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Traficantes de sueños

Raul García Carro

Politòleg per la UV. Membre del consell editorial d'Agon

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