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Reflexiones en cuarentena (I): Paul Lafargue tenía razón

Jordi S. Carbonell

Siempre había leído en todos lados que Karl Marx tuvo un cuñado que fue muy inteligente y que se llamaba Paul Lafargue. Siempre me había llamado la atención su figura, pero no fue hasta que leí la última reflexión de Carlos Fernández Liria cuando decidí que, sí o sí, debía hacerme con su famoso libro Derecho a la pereza físicamente para guardarlo en la estantería junto al resto de mis libros de cabecera. En esta reflexión, Liria resumía a la perfección el pensamiento de Lafargue: “la acción revolucionaria debía ser el método para conseguir que los avances de la técnica se transformasen en ocio y en descanso, en lugar de en paro y sobreproducción”. Para Liria, esta aseveración se complementa con una frase que dijo Aristóteles mucho tiempo atrás: “si las lanzaderas se tejieran solas, no harían falta esclavos”. Las lanzaderas, amigos, ya se tejen solas desde hace muchos años, y el trabajo no deja de precarizarse en las sociedades contemporáneas.

 

Justo antes de que comenzase esta cuarentena a la que nos vemos abocados colectivamente —a veces me da por pensar "¡Cuánto tiempo llevábamos sin hacer algo colectivamente, valencianos!"— pasé por La Repartidora en Benimaclet y pude hacerme con una edición preciosa y muy bien comentada del libro en cuestión, de la editorial catalana Virus. No son pocas las reflexiones que hace la gente a través de las redes sociales, en las que ejercen de expertos en absolutamente todos los campos imaginables (a veces incluso en los inimaginables). Yo —como cantaba Robe Iniesta— más humilde soy y sólo vengo a transmitiros un reflexión que me viene rondando desde que, hace unos días, decidiera comprar el libro y devorar gustosamente sus poco más de 85 páginas.

 

En estos días de convulsión todos sentimos incertidumbre ante lo que está por pasar: no podemos salir de casa, los centros educativos están paralizados, muchas empresas han enviado a los trabajadores a sus casas...en fin, un verdadero caos. Los ingresos de miles de familias trabajadoras penden ahora de un hilo y, confusos anuncios por parte de autoridades, profesores, patrones, gurús varios y periodistas mantienen expectante a una población que tiene que vivir entre aplausos y discursos de toda índole. No obstante, la peor incertidumbre es la de quienes deben ir a trabajar todos los días a su puesto de trabajo, viéndose expuestos al virus y sin ningún tipo de protección estatal ni de cobertura. 

Ahora bien...también he estado pensando estos días en quienes tenemos la “suerte” de no tener que exponernos a un virus que, sabemos, puede matar a nuestros mayores y a nuestros familiares más vulnerables. He estado pensando en nosotros, aquellas personas que, por primera vez desde hace tiempo, tenemos tiempo para poder leer ese libro que tanto tiempo llevábamos deseando, ver esa serie que “era demasiado larga”, ese momento con familiares que, por motivos académicos o laborales llevábamos tanto retrasando, o tener esa conversación con un amigo que llevábamos tanto tiempo sin poder tener, siempre cansados ante la frenética vida que este capitalismo sin frenos nos obliga a llevar. 

 

Como ya teorizaba Jorge Moruno en su libro No tengo tiempo. Geografías de la precariedad o en La fábrica del emprendedor: trabajo y política en la empresa mundo esta sociedad avanza a un ritmo tan grande que no tenemos tiempo de plantearnos algunos fundamentales para entender nuestra vida en sociedad. Según apunta, acabar con la negativa de los obreros a trabajar de sol a sol en condiciones infrahumanas es un largo proceso cultural que ha tenido lugar durante los siglos XIX y XX. Así, el gran éxito del capitalismo se produjo cuando la empresa transformó “lo que antes era sentido como una losa y una vergüenza en un objeto de orgullo y un eje vertebrador de la sociedad” —y, añado yo, favorecido por la ética del trabajo anglosajona que se nos ha impuesto a sangre y fuego desde el Reino Unido y los Estados Unidos y normalizado a través de Hollywood—. 

El gran éxito de las —cada vez más grandes— multinacionales, que han acabado sometiendo a los Estados, es haber hecho de nuestros dispositivos móviles “la nueva cadena de montaje, que te conecta al trabajo las 24 horas al día y te sitúa siempre en una posible oficina (...) de manera que deja de existir un tiempo separado entre la vida y el trabajo”. Me da que algo se olía el estudioso de la comunicación Marhsall Mcuhan cuando afirmaba en los 60 que “cualquier tecnología es una extensión del cuerpo humano”.

 

Y esta es nuestra realidad: algunas de las sociedades más ricas cuentan con índices de desigualdad cada vez mayores en regímenes (los del “primer mundo”) donde, según Moruno, impera un socialismo exclusivamente para los ricos, al que llamamos comúnmente neoliberalismo. Este no es más que (en palabras de los franceses Steve Vieux y James Petras) “el aprovechamiento por parte de los países del primer mundo (a los que llamaremos los “centros”) de los países de las periferias” a los que, si bien “han integrado en el sistema mundial con reflejos macroeconómicos positivos”, “han devastado socialmente, destruyendo su tejido productivo y han hecho descender su salario real, afectando a grandes porcentajes de la población”. De esta manera, en un mundo ultracompetitivo donde las empresas juegan como nexo vertebrador (Moruno usa el concepto de empresa-mundo en La fábrica del emprendedor), tal y como apuntaba el economista Destutt de Tracy, citado en Derecho a la pereza, “las naciones pobres son aquellas en las que el pueblo vive con comodidad; las naciones ricas son aquellas en las que, por lo regular, vive en la estrechez”. 

 

Estos días están sirviendo para que podamos, al fin, pararnos y contemplar el mundo que estamos construyendo: un mundo que es ecológicamente insostenible, donde las grandes compañías destrozan las PyMES y aumentan, de manera sistemática su poder y, donde, además, se imponen organismos supranacionales como la Unión Europea que aminoran la soberanía de los Estados y que, al menos hasta el momento, no parecen decididos a acabar con el poder de las grandes multinacionales (y, cuando lo decidan, quizás sea demasiado tarde). Un mundo en el que, hasta ahora,  las teorías que apelaban a la intervención del Estado en la economía como la de Keynes que puso en marcha el presidente Roosevelt en los años 40 con su New Deal de manera exitosa, se habían olvidado.

 

El Gobierno de España ha anunciado recientemente la gigántica cuantía que pretenden destinar, así como su programa para paliar los efectos de la epidemia del COVID-19. Estas medidas, leninistas en comparación de las que se aplicaron respecto a la crisis de 2008 dejan entrever que se pudo hacer mucho más, pero el dogma neoliberal impidió que se siguiera hacia adelante. Ahora tenemos una gran oportunidad para reivindicar una vida donde los trabajadores estén protegidos; nuestra oportunidad dorada para hacer que los riders de Glovo y las kellys que limpian en hoteles tengan cobertura social y derechos laborales; nuestra oportunidad de oro para avanzar en conciliación y teletrabajo; nuestra oportunidad de oro para reivindicar un Estado que nos cuide y garantice unos derechos mínimos; nuestra oportunidad para defender la vivienda digna como un derecho real e inalienable; nuestra oportunidad para reivindicar una renta básica que garantice que, pase lo que pase, podremos seguir adelante y sin pasar penurias, porque el progreso no sirve de nada si deja a millones de personas atrás.

 

Acabo esta reflexión poniendo en mi boca palabras del genio de Paul Lafargue, quien acabara suicidándose reivindicando el “ocio creador” como un privilegio de la burguesía que debía hacerse extensible a toda la sociedad. En tiempos difíciles pero apasionantes como los que vivimos “es necesario que el hombre vuelva a sus instintos naturales, que proclame los Derechos de la pereza (...); que se obligue a no trabajar más de tres horas diarias, holgazaneando y gozando del resto del día y de la noche”. Esa es una de mis principales reflexiones de estos días de cuarentena: si no es para vivir mejor, no es mi lucha. Como decía el presocialista germano Lessing “seamos perezosos en todas las cosas, excepto en amar y beber; excepto en ser perezosos”. 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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