Reseña de "Camino a la anarquía. La CNT en tiempos de la Segunda República (1931-1936)" de Ángel Herrerín

Mario Aráez

Gobierno republicano-socialista (1931-1933)

La Segunda República llegó. No sin antes despertar el repudio de la derecha española que había visto como las fuerzas republicanas se alzaban con la alcaldía en las elecciones municipales el 1931 en la mayoría de las capitales de provincia[1]. El cambio de régimen fue visto para muchos cenetistas como una nueva forma de fomentar la ansiada justicia social, aunque también es cierto que se mostraban escépticos tras la estrepitosa caída que sufrió la Primera República. Pese a ello, la mayoría de los republicanos, independientemente de su afiliación, compartían el distintivo federalista que tenía la palabra república en España. No separaba en exceso a los anarquistas y a los federalistas la perspectiva del poder tal y como Pi i Margall la entendió:

“La constitución de una sociedad sin poder es la última de mis aspiraciones revolucionarias; en vista de este objetivo final, he de determinar toda clase de reformas […] El poder, hoy por hoy, debe estar reducido a su menor expresión posible […] ¿le da fuerza la descentralización? Debo descentralizarlo […] ¿Se la dan el principio religioso y la actual organización económica? Debo destruirlo y transformarla. Entre la monarquía y la república optaré por la república; entre la república unitaria y federativa, optaré por la federativa […]. Ya que no puedo prescindir del sistema de votaciones, universalizaré el sufragio [… ]. Dividiré y subdiviré el poder, lo movilizaré y lo iré seguro destruyendo.”[2]

Aun así, sería un error indicar que la CNT era un ente homogéneo. La pugna anarquista-anarcosindicalista fue una constante. Dentro había grupos de militantes intransigentes que reivindicaban el anarquismo ante todo y que no permitían ni un ápice de concesiones. Ni siquiera buscar algún tipo de alianza. Siempre se sintió el ambiente antipolítico que caracterizaba al anarquismo de corte bakunista. A esto hay que sumar que la FAI -donde se agrupaban estos sectores- siempre actuó como un grupo de presión dentro del sindicato, buscando desplazar a anarcosindicalistas para hacerse con el control de la CNT.

Por otro lado, la tendencia anarcosindicalista (cuyas posturas eran mayoritarias en el II Congreso Extraordinario de la CNT) se mostraba más abierta a entablar diálogos con otros actores políticos distinguiendo lo que era la táctica de la estrategia. Partían de un análisis de la realidad concreta y de una comprensión de que la relación de fuerzas justo en ese momento impedía llevar a cabo la revolución social, cosa que los sectores más aventuristas de los anarquistas reclamaban al proclamarse la Segunda República.

Al inicio de la II República, la CNT no estaba igual que en 1923. Los años de dictadura junto a una constante represión habían debilitado al sindicato, pese a que seguía agrupando a grandes sectores de la clase trabajadora. En el sindicato no eran todos anarquistas o anarcosindicalistas, sino muchos eran simples afiliados con vocación de mejorar su situación de vida con la herramienta que aportaba el sindicalismo.

Si dentro de la CNT la disputa entre sectores era tensa, más tensa era la relación entre CNT y la UGT. Los socialistas veían a los cenetistas como perturbadores, como elementos que solo se dedicaban al pistolerismo y que eran contraproducentes para la causa obrera. La militancia de la CNT mostraba recelos hacia los ugetistas por motivos que eran obvios: habían sido cómplices de la persecución hacia cenetistas por parte de la dictadura Primo de Rivera. La UGT y el PSOE se habían mantenido neutrales durante la dictadura, y tampoco ayudó la política en favor de la UGT que se hizo desde el Ministerio de Trabajo que ocupaba Largo Caballero (también líder de UGT).

Si alguna crítica se podía hacer a la CNT era su rechazo total a los comités paritarios y jurados mixtos como instrumento de negociación colectiva. La UGT fue mucho más pragmática, permitiéndose participar en esos órganos. Pero claro, hay que contar que la ideología cenetista era antiestatista, y no reconocían los beneficios de la negociación y la participación en órganos del Estado, una postura algo sectaria y aislacionista. Aun así, desde algunos plenos regionales de la CNT se hicieron ligeras excepciones y se llegó a participar en comités paritarios promovidos por las alcaldías.

Continuando, en 1932 se llevó a cabo el primer intento fallido de insurrección que se ha asociado historiográficamente a la CNT. Respecto a este punto, Ángel Herrerín muestra dudas de que fuera llevada a cabo por la CNT, porque como indica en su libro “[el movimiento insurreccional] no lo dirigió, planificó, ni organizó”. Además, los comités del sindicato en ese momento lo ocupaban los anarcosindicalistas, algo más moderados en las formas que los anarquistas y, por lo tanto, menos insurrecionalistas. Podríamos decir que esta insurrección fue más fruto de la espontaneidad de un grupo de mineros de Figols que de una acción conjunta revolucionaria liderada por un sindicato. Aun así, los sectores anarquistas cargaron contra la dirección anarcosindicalista achacándoles el fracaso de la insurrección.

A partir de este primer intento, el ascenso de los anarquistas en los comités de la CNT fue una constante. Parece que iban logrando su objetivo de ir haciéndose con las riendas del sindicato para evitar la traición que según ellos cometían los anarcosindicalistas. Finalmente, esto se materializó tras la dimisión de Pestaña en marzo del 32 y la ocupación de la secretaría general del sindicato por parte de Manuel Rivas, miembro de la FAI; a lo que continuó con expulsiones de treintistas y federaciones locales, entre ellos, el mismo Ángel Pestaña. Los faistas hacían una maniobra digna de los más fervientes seguidores de Stalin: coger el poder y “depurar” la organización.  

Otra insurrección sucedió en enero del 1933, conocida por el trágico suceso de Casas Viejas donde murieron 20 campesinos, 5 de ellos quemados vivos. Esta insurrección volvió a resultar fallida y nunca quedó clara la autoría, si de la CNT, la FAI o del anarquismo en abstracto. Fue convocada por el Comité de Defensa de la CNT cuando realmente este tipo de maniobras correspondía convocarlas al Comité Nacional. Herrerín López apunta que el aventurismo anarquista no era compartido por el conjunto del sindicato. Los faístas se habían hecho con el control de los órganos de dirección, pero la mayoría de los afiliados eran sindicalistas que luchaban por la mejora de su situación vital.

Gobierno radical-cedista

Si el voto cenetista en las elecciones municipales de 1931 a favor de los partidos republicanos y en las elecciones catalanas de 1932 en favor de la ERC de Macià fue determinante —pese a no hacer campaña por el voto, no podemos negar que los afiliados al sindicato votaron en sendas elecciones— también fue determinante en la victoria de las derechas la fuerte campaña por la abstención para las elecciones generales de 1933 que se realizó desde los órganos de la CNT. La represión por parte del gobierno de Azaña no había ayudado a que la CNT pudiese confiar en los partidos políticos, por lo no se vieron en las elecciones una forma de cambiar las cosas. Para ellos da igual quien estuviese en el gobierno, todo iba a seguir igual. Parece como si los anarquistas pretendiesen ganar las elecciones a través de la abstención, es decir, que la abstención fuese tan alta que legitimase el estallido revolucionario. Realmente no se puede hacer una comparación de la abstención con las elecciones precedentes porque para las elecciones legislativas de 1931 solo tenían derecho a voto 6 millones de personas, los varones mayores de 23 años. Aun así, tal y como explica Herrerín López en las zonas con gran implantación de la CNT la abstención fue la gran ganadora.

Frente a esta victoria de las derechas, la CNT respondió con una insurrección en solitario, aun siendo conscientes de que iba a resultar fallida y que tenía poco recorrido. Como consecuencias hubo detenciones de líderes de la CNT y varias decenas de civiles muertos. La represión contra militantes de la CNT fue elevada con altos niveles de tortura para hacerles confesar o declarar quienes eran los responsables. De este nuevo envite contra el régimen salió una CNT más debilitada. El nuevo gobierno estaba claro que no iba a ser amable con los anarquistas.

Pero durante esta etapa algo estaba cambiando en las bases del movimiento obrero. Cada vez había más diálogo entre ugetistas y cenetistas, llegando a plantear huelgas sectoriales y locales conjuntas. Esto se materializó en la región asturiana con la Alianza Obrera firmada en Oviedo entre líderes regionales de la CNT y UGT con el objetivo de alcanzar la ansiada revolución social. Esto no estuvo exento de discordia dentro de la CNT, lo que provocó que en otras regiones la CNT no se sumase a la alianza obrera.

En octubre de 1934, cuando empezó el movimiento insurreccional liderado por la UGT y el PSOE a causa de la entrada de miembros de la CEDA al gobierno, la CNT no sabía qué hacer. Era la primera vez que ellos no lideraban una insurrección durante la II República. Además, los socialistas en muchos territorios habían cogido la mala costumbre de los anarquistas de pensar que las revoluciones se podían hacer sin ayuda de nadie. Había disensión dentro de la CNT por el objetivo de los socialistas a la hora de iniciar al movimiento. Objetivo que podía ser doble: conquistar el poder político, o, en su defecto, forzar nuevas elecciones que les fuesen más favorables. Dos motivos que no gustaban a los anarquistas por el vínculo político que había entre la insurrección y los objetivos nombrados.

Donde sí participó la CNT durante la insurrección fue en Asturias, cosa que le valió la reprimenda del comité nacional. En Asturias la insurrección cogió un cierto carácter revolucionario, a diferencia del resto del Estado que a los días de declarar la huelga poco quedaba de la insurrección. Como recordaba Joaquín Maurín en su ya clásico Revolución y contrarrevolución en España, en la revolución asturiana se gestó un conato de Comuna, una alianza obrera que puso en jaque al régimen del bienio negro gracias al frentepopulismo obrero que consiguió articular la CNT con otros grupos [3].

La insurrección asturiana fue finalmente sofocada, no sin el ensañamiento por parte del ejército español y la gran represión que le siguió con tres decenas de miles de encarcelados. Dentro de la CNT no se perdonaba a la regional asturiana haber participado en la insurrección de octubre del 1934 junto a los socialistas.

El día de reyes de 1936, Alcalá Zamora disolvía las cortes y, por consiguiente, se convocaban nuevas elecciones. Anteriormente, Largo Caballero había dimitido como Secretario General del PSOE y esto favoreció los contactos entre Azaña e Indalecio Prieto para formar un frente popular para derrotar a la derecha. El programa del Frente Popular, que fue firmado por muchas organizaciones políticas de izquierda, reconocía la amnistía para los encarcelados a raíz del octubre de 1934, pero dejaba de lado muchas cuestiones económicas y sociales que se planteaban desde la izquierda.

Para la CNT el programa del Frente Popular no suponía ningún avance llegando a calificarlo como reaccionario. Por eso desde el sindicato se promovía la abstención para las elecciones de febrero del 36, pero de una forma mucho más tímida de como se había hecho en el 1933 llegando en algunos casos a la ambigüedad. Pero la realidad en las bases cenetistas era diferente, había una predisposición a ejercer el voto y sacar a muchos camaradas de la cárcel, postura defendida entre otros por Durruti. Que desde las direcciones de la CNT se llamase a la abstención era fruto de una total desconexión con los sentires generales del proletariado y del pueblo de izquierdas. 

Finalmente, el Frente Popular ganó las elecciones legislativas gracias al voto de, entre muchos otros, afiliados a la CNT y simpatizantes. Como vemos durante las elecciones de la II República, la postura que tomasen las bases cenetistas era determinante para decantar las elecciones para un lado o para otro.

Victoria del Frente Popular (1936)[4]

Tras la victoria del Frente Popular, una sensación de alegría y respiro inundó las calles de varias ciudades del Estado español. La gente no podía esperar y presionaba al gobierno para tomar las medidas prometidas. Tanta era la presión que fueron varios los Decretos que se firmaron sin esperar a que el trámite pasara por las Cortes. Se revertieron reformas que había llevado a cabo el gobierno anterior, se repartió la tierra en una dimensión de siete veces más que en los 5 años anteriores y se amnistió a todos los presos políticos. No fue un gobierno revolucionario, pero sí que provocó avances en materia laboral, económica y social para los trabajadores gracias a, entre otras cuestiones, la presión de los trabajadores en las calles.

En este contexto se propiciaba la reunificación entre la CNT y los Sindicatos de Oposición escindidos a raíz del alejamiento de la central confederal del sindicalismo revolucionario y su abrazo a posturas insurreccionales intransigentes. En este momento se veía la unión como una necesidad para pasar a la ofensiva de nuevas conquistas sociales. En Cataluña, la reunificación no prosperó, pero en otros lugares como Levante sí que se hizo, cosa que provocó un ascenso de la afiliación.

También, tras la victoria del Frente Popular, se llevó a cabo el Congreso Nacional de la CNT en Zaragoza. Un dato curioso es ver cómo en este congreso se establecía una definición de comunismo libertario que pretendía abolir la propiedad privada, el Estado y la autoridad. Digo curioso porque respecto a la autoridad, los anarquistas no dudaban en crear comités revolucionarios dotados de total autoridad para dirigir las insurrecciones. Esa negación de la autoridad era más de palabra que real. Ni los anarquistas pueden escapar de lo complejo que es afrontar las formas de poder que surgen inevitablemente en toda sociedad. En general, el congreso de Zaragoza fue un congreso donde los anarcosindicalistas tuvieron que “tragar sapos” con el único fin de conseguir una unidad que no estaba sustentada por unos acuerdos base sólidos.

Si algo caracterizó este nuevo periodo político es la conflictividad social: huelgas y desobediencia patronal para aplicar la norma. También la violencia de ambos lados del espectro político, tanto de la izquierda como de la derecha, a lo que hay que sumar la violencia de las fuerzas del orden. Mientras tanto, la extrema derecha planificaba un golpe de Estado que como bien sabemos se materializó el 18 de julio del 1936 dando por finalizada la etapa de la II República e iniciando una sangrienta guerra civil.

Conclusión

El insurreccionalismo de los anarquistas dejó a la CNT en una situación de debilidad. La pérdida de militancia era una constante. A esto hay que sumar los problemas internos, las purgas y las escisiones totalmente legítimas frente a una visión sectaria de lo que debería ser el sindicato. Promover insurrecciones que están abocadas al fracaso fue -a mí entender- un error de los anarquistas. No se trataba de un juego para ver quién es capaz de desestabilizar más el sistema sin llegar a cambiarlo, sino de construir organizaciones de clase fuertes que fuesen capaces de superar la democracia liberal (aunque liberal y democracia sea un oxímoron) y construir una verdadera democracia popular. La función de un sindicato revolucionario debe ser arrancar mejoras sociales y laborales y preparar el terreno para la revolución. No hay antagonismo entre mejorar parcialmente la vida de los trabajadores y defender un modelo de sociedad distinto. Podemos decir que la conciencia de poder cambiar el mundo nace de una ligera acumulación de victorias que permite empoderar a una base social con una perspectiva de construir algo nuevo.

 

La máxima estalinista de “los principios vencen, los principios no se concilian” es realmente una falacia. Los principios solo vencen si los haces vencer, y para ello, a veces es necesario conciliar con otros actores políticos. Los sectarismos que plantean que solo una organización es la revolucionaria y las demás reformistas son, en la mayoría de los casos, contrarias a la verdadera democracia popular.

Hay que huir de los análisis simplistas que establecen que todos los regímenes son iguales. No se puede desarrollar de la misma forma la actividad sindical o revolucionaria en una dictadura de corte fascista que en una democracia liberal. Por ello, los revolucionarios deben preferir la forma de Estado que les facilite la autoconstrucción. Además, respecto a los gobiernos: no es lo mismo tener un gobierno derechista que reprima sin miramiento que un gobierno con el que se pueda dialogar y pactar ciertos aspectos. La política siempre está presente, huir de ella solo es regalarla a los que tienen poder sin participar en ella.

Lo que sí que hay observar del periodo de la II República es cómo la tibieza en las medidas para favorecer a los trabajadores provoca el ascenso de la derecha con el consiguiente desgaste de las izquierdas. Es imposible ganar la confianza de los trabajadores sin cambiar sustancialmente su modo de vida. El gobierno español actual (PSOE-UP) debería coger ejemplo y plantar cara de forma valiente a los poderosos si no quiere ser el caldo de cultivo para un futuro gobierno de la derecha como pasó en el 1933.

 

El Estado español necesita reformas de calado como acabar con las reformas laborales de 2010 y 2012 o la creación de una empresa pública de electricidad, esto comprendido como un programa de mínimos. Para ello necesitamos esa gimnasia revolucionaria de la que hablaba García Oliver; es necesario movilizarse y organizarse para arrancar mejoras a un gobierno liderado por un partido al que no le cuesta sucumbir ante las élites económicas del Estado y de Europa.

El libro de Ángel Herrerín López sirve para romper mitos sobre la CNT y el movimiento obrero durante la Segunda República. Merece una lectura atenta, pero no sin ello ser fluida. Contiene anécdotas y muestra perfectamente los puntos de disenso entre las dos tendencias mayoritarias en la CNT.

 

Notas y bibliografía

[1] http://www.historiaelectoral.com/e1931m.html

[2] Francesc Pi i Margall, La Reacción y la Revolución: estudios políticos y sociales, Antoni Jutglar (ed.), Barcelona, Anthropos, 1982 [1854], pp. 247-249. El énfasis es del autor.

[3] Joaquín Maurín. Revolución y contrarrevolución en España. París, Ruedo Ibérico, 1966 [1935], pp.145-165. Véase el apartado "La Commune asturiana".

[4] Hay que indicar que pese a ser conocido como gobierno del Frente Popular, el gobierno del 1936 fue compuesto por republicanos exclusivamente, ya que el PSOE se negaba a ser cómplice de otro gobierno que podría tener tintes represivos como en el primer bienio. Además, el Frente Popular como tal desapareció tras la victoria en las elecciones.

Mario Aráez

Estudiant de Ciències Polítiques la UV. Membre del consell editorial d'Agon