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Sanos y controlados
Covid-19: la ocasión perfecta para legitimar el control de la población

Raül Nuevo Gascó

Hace poco más de una semana, el 11 de marzo del 2020, el periódico ElDiario publicaba un artículo titulado Las medidas de China contra el coronavirus son efectivas, pero ¿se podrían aplicar en España? Más abajo, en el hilo de comentarios, un usuario respondía a la pregunta: “La respuesta inmediata es no... Y a continuación, matizar que afortunadamente no sería posible.”

 

Para evitar la propagación del virus, las autoridades chinas tomaron medidas drásticas. Entre ellas, el 23 de enero bloquearon la ciudad de Wuhan, con 11 millones de habitantes, bloqueo que más tarde se extendió a otras partes del país hasta dejar aisladas a más de 60 millones de personas. Estas medidas, junto con otras muchas, como la construcción de hospitales a velocidad relámpago, la rápida detección de los focos de contagio, la movilización de personal sanitario, etc., le han valido al país halagos de parte de la comunidad internacional, tanto a nivel de sociedad como gubernamental. Parece que hay consenso: los chinos y su gobierno han estado a la altura. La gestión china ha sido tan eficaz que, en poco más de un mes, en Europa hemos pasado del racismo viral (“si eres chino, eres contagioso”), al reconocimiento (“en verdad han actuado muy bien”). 

 

Un ejemplo de este reconocimiento a la respuesta china es la declaración que emitió el 30 de enero el Comité de Emergencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la que el Comité “aplaudió el liderazgo y compromiso político del Gobierno de China en los niveles más altos, su compromiso con la transparencia y los esfuerzos por investigar y contener el brote actual.” La misma OMS mandó entre el 16 y el 24 de febrero a un grupo de 25 expertos internacionales para que analizaran la situación en profundidad. En el informe que redactaron apuntan que “la valiente estrategia china para contener la difusión de este nuevo patógeno respiratorio ha cambiado el curso de una epidemia mortífera que aumentaba rápidamente.” 

 

La imagen post-crisis que queda de China es evidentemente positiva, y no es de extrañar. Y es que China no solamente ha afrontado la situación con transparencia, rigor y contundencia, sino que además está ayudando al resto de la comunidad internacional con acciones como, por ejemplo, el envío a Europa de 1,8 millones de mascarillas y cien mil reactivos para realizar pruebas de detección del virus, el suministro de 30 toneladas de material médico a Italia, la movilización de grupos de expertos sanitarios a distintos países afectados, etc. El 18 de marzo, cuando se cumplía casi un mes del informe elaborado por la OMS, China anunciaba que no ha había habido ningún nuevo contagio durante las últimas veinticuatro horas, mientras que España, con una población muchísimo menor, anunciaba en el mismo día más de dos mil nuevos casos. La conclusión lógica de esto es que la estrategia china había sido increíblemente eficaz y que, por tanto, países como Italia o España deberían apresurarse a imitarla de inmediato. 

 

Sin embargo, hay elementos de la estrategia de contención china que han sido pasados por alto o que, cuando menos, no han recibido la atención mediática necesaria. Uno de ellos es la privacidad ciudadana o, mejor dicho, el impacto que tendrán sobre ella las medidas utilizadas para paliar la propagación del covid-19. En este sentido, el informe de la OMS antes mencionado afirma que “se usaron nuevas tecnologías tales como el uso de big data y de inteligencia artificial (IA) para reforzar el seguimiento de contactos y la gestión de poblaciones prioritarias”. En términos reales, esto significa que se utilizaron los datos de millones de personas para rastrear a la población y determinar quiénes eran portadores (reales o potenciales) del virus. Es decir, se usaron sistemas de vigilancia masiva en aras de un objetivo justificado: frenar el contagio.

 

Cuando hablamos de datos personales, nos referimos a todas las acciones que un ser humano realiza durante el día: dónde estuvo, con quién, durante cuánto tiempo, en qué establecimiento compró, qué compró, dónde durmió, durante cuánto tiempo estuvo en casa, etc. Esto no es ciencia ficción: es presente. Después, combinando los datos del teléfono móvil con los del resto de la población, programas especializados sacan “conclusiones”. Claro está, no hay un agente secreto detrás de un monitor siguiendo nuestra huella. De hecho, el factor humano apenas interviene. Más bien se trata de una serie de computadoras que rastrean y combinan millones de datos a la vez y que sacan conclusiones basadas en algoritmos. Estas conclusiones se convierten en información que luego se envía a instituciones como la policía o los gobiernos y que genera situaciones como la relatada en el artículo de ElDiario: “(…) la policía se presentó en su casa para pedirle una cuarentena de dos semanas cuando los agentes identificaron su coche circulando cerca de una ciudad foco de infecciones. Tras 12 días salió de casa y tanto la policía como su jefe se pusieron en contacto con él. Había sido identificado por una cámara de reconocimiento facial.”

 

El artículo afirma que el gobierno chino contactó con varias empresas tecnológicas nacionales para pedirles ayuda y colaboración frente a la crisis. Como afirman los autores, “una de las medidas que más dudas ha generado es el uso de una aplicación que determina el riesgo de contagio de cada ciudadano. El sistema asigna a cada usuario un código QR de color verde, amarillo o rojo que determina si debe estar en cuarentena, si puede viajar en metro o si puede entrar en otros espacios públicos.” En este vídeo se pueden ver a los usuarios del metro de Hangzhou mostrando sus códigos para poder acceder al transporte público. Otras de las tecnologías que han sido recientemente desarrolladas y usadas en China son las cámaras de vigilancia de la empresa Megvii, capaces de realizar al mismo tiempo reconocimiento facial y térmico de precisión (es decir, reconocer a cada ciudadano y saber su temperatura casi exacta); las cámaras desarrolladas por SenseTime, capaces de reconocer a una multitud de personas simultáneamente, aunque lleven mascarilla; o la aplicación desarrollada por el gobierno, capaz de saber si un usuario ha estado cerca de una persona infectada.

 

Con esta tecnología disponible, el gobierno chino instauró un sistema de control ultrariguroso que le permitió obligar a la población a no salir de casa. Los ciudadanos chinos, como en el Panóptico de Jeremy Bentham, sentían que estaban vigilados en todo momento (salvo que, en este caso, lo estaban), y por ello cumplían a rajatabla las indicaciones del gobierno. Y, pese a que solo se mencionó de pasada en el informe de la OMS, esto ha sido crucial para frenar el avance del virus. 

 

Sin querer en absoluto menospreciar los esfuerzos sanitarios y logísticos realizados, ambos elementos indispensables en la gestión y superación de la crisis en China, lo que ha marcado la diferencia en este país ha sido la capacidad del gobierno para controlar a su población y asegurarse de que no se movía. Y ha sido capaz de desplegar este control porque disponía de la tecnología necesaria para hacerlo. Porque es imposible que 60 millones de personas acepten quedarse en casa en aras del bien común. Siempre habrá miles y miles que decidirán no participar y que se saltarán las reglas en cuanto puedan. Y, precisamente, estas personas son las que hubieran mandado a pique todo el plan de contención. Pero no ocurrió. Y no ocurrió porque, detrás de la autoridad moral (“me quedo en casa por responsabilidad, porque es lo correcto”) y de la autoridad real (leyes que prohíben la movilidad, policías en la calle, etc.), había una tecnología puntera que aseguraba su cumplimiento y porque la población china sabía que esa tecnología existía. En España, pese a que se ha declarado el estado de alarma y se han prohibido los desplazamientos que no sean de fuerza mayor, lo que mantiene a la población en casa es principalmente la responsabilidad moral. Porque, pese a haber sanciones, podrían salir de casa si quisieran. Y habrá muchos que saldrán, sin lugar a dudas. En cualquier situación de crisis, los buitres salen a flote. Deberán ir con cuidado de no cruzarse a un policía, cierto, pero no será complicado ingeniárselas para no ser visto. En China esto no fue posible. En cuanto alguien se saltaba las medidas impuestas, era identificado en cuestión de minutos. Por tanto, no salía. 

 

Pese a que el control ciudadano no es una práctica nueva por parte de los gobiernos, es importante recordar que, hasta ahora, estas acciones de vigilancia masiva siempre han sido rechazadas por el grueso de la población mundial, que las ha repudiado por ser profundamente antidemocráticas. Un ejemplo paradigmático es la reacción que hubo tras las filtraciones de Edward Snowden, quien desveló los métodos de espionaje ciudadano perpetrados por la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Lo paradójico es que, ahora que China ha llevado un paso más allá su sistema de control ciudadano, estas mismas acciones parecen estar justificadas a ojos del gran público. ¿Por qué? Porque la población no asume estas acciones como medidas de control masivo, sino como medidas de seguridad necesarias. En pocas palaras, la vigilancia masiva ha dejado de controlarnos; ahora nos salva. Para la población, la situación extrema provocada por la propagación del virus justifica con creces que los gobiernos lleven a cabo casi cualquier acción, por más que esta atente contra nuestros derechos. O, dicho de otro modo, se ha atemorizado tanto a la población que ahora estamos dispuestos a lo que sea con tal de seguir vivos (¿quién no ha pensado que puede morir por el covid-19, pese a que sigue muriendo más gente por gripe común?). Como anticipaba Naomi Klein en su Doctrina del shock, en situaciones extraordinarias la población se arrodilla y acepta lo que se le diga. ¿Cuántas horas de pensamiento diarias le dedicamos al covid-19? ¿Una? ¿Dos? ¿Ocho? ¿Cómo vamos entonces a reflexionar sobre otros temas? 

 

Sin embargo, hace apenas tres meses el covid-19 no ocupaba ningún segundo de nuestro pensamiento, no existía en nuestra mente. Por eso mismo no hay que olvidar que, pese a que la situación que vivimos es grave y el futuro próximo impredecible, llegará el día en que todo esto será pasado. Entonces, quizás, comenzaremos a reflexionar con más profundidad y, quizás también, lamentaremos no haber actuado de otro modo.

 

Porque el virus será pasado, pero las tecnologías desarrolladas y aplicadas durante estos meses seguirán existiendo. Y la tecnología, una vez desarrollada, necesita y quiere ser utilizada. ¿Quién dirá al gobierno chino que no las siga usando? ¿Quién dirá a otros gobiernos que no traten de imitar su estrategia de control? La justificación por parte de las autoridades será sencilla: “gracias a esta tecnología nos salvamos de la crisis más grave de los últimos tiempos. ¿Por qué habría entonces que dejar de emplearla?” Una respuesta así parece verdadera por sí misma, y eso es lo más grave. En tal caso, ni siquiera será necesario un factor externo o un enemigo común para justificar el uso de la vigilancia, ya que su uso habrá sido legitimado y aceptado por la población. El control masivo, edulcorado y transformado en el rey justiciero que nos salvó de la crisis, dejará de ser el medio y se convertirá en el fin. Si nos salvó, nos salvará. La vigilancia, ya sin velo, será positiva en sí misma.

 

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